El otro día me llevé a Allen de compras.
Bueno, en realidad me llevo él.
Por lo visto cambié la marca de algo muy importante y no alcancé a darme cuenta en el momento. Una semana después, sigo sin saber qué coño compré que no era lo que debía ser, pero el cabrón psicótico se niega a decírmelo.
Así que allí estábamos, yo con el carrito, dando vueltas por las estanterías mientras Allen cogía las cosas y me las daba para que las metiese ordenadamente. A veces olvido que no es un adulto.
A veces tengo que darle lo que acaba de coger y decirle que lo deje donde estaba, porque es muy caro y no quiero permitírmelo.
-Deja eso a no ser que quieras que el casero nos eche- le digo.
Y él dice:
-Si no te ha echado por pegar tiros a las tres de la mañana.
Y yo le quito la puta chocolatina de la mano y la dejo en la estantería. Él la coge y la pone todo lo detrás que puede, y me dice:
-Por si volvemos luego a por ella.
Mi parte favorita es cuando me toca comprar los condones. Allen me mira con los ojos fruncidos bajo las cejas, esa mirada que pone cuando cree que le estoy mintiendo. Allen cree que escondo o tiro los condones para seguir comprando más y hacer como que mi vida sexual no está muerta.
Puto sociópata reprimido.
Estoy mirando las cajitas de preservativos de tantos colores como el arcoiris y de tantos sabores como los chicles. Creo que no tienen la marca que me gusta.
Giro la cabeza y veo a Allen mirando fijamente a un niño de unos cinco años que está enfrente de él. El niño le ofrece un caramelo de fresa. Allen lo acepta. Se agacha frente al niño y, ¿adivinas qué le da? la puta chocolatina. La que dejó antes en el estante, o eso me hizo creer. Va y se la da. Sin papel, sin nada, directa para que se la coma. El niño la coge, le sonríe y se va con su madre mientras arranca la mitad de la chocolatina de un mordisco.
-¿Por qué no haces eso con los condones, también? -le digo-. Sácamelos de la caja, son caros.
Me dice que no, el cabrón. Me dice:
-Dame un caramelo.
Y le saco la lengua mientras me froto una mano en el paquete. Susurra algo así como cretino y desaparece al otro lado del estante.
Por fin he encontrado unas gomitas de mi gusto. No estoy muy convencido, pero las meto en el carro. No las voy a usar de todas formas.
Recorro la sección de cosmética/baño/esas cosas, en busca de Allen, que no debe de andar muy lejos. Voy arrastrando el carro por toda la sección con mis brazos apoyados en la barra y mi cabeza sobre los brazos. El cabrón paranoico no me dio tiempo a tomarme el café por la mañana y me caigo de sueño. Además, las ruedas están deformadas y el carrito gira hacia donde le viene en gana.
Cuando al final lo encuentro, está de cuclillas contemplando un par de tintes para el pelo, uno rojo y otro rubio. Los mira un poco, los pesa con sus brazos como si fuese una balanza, después deja el tinte rojo en el estante y coge uno moreno. Saca el tinte rubio de la caja y lo mete en la caja del tinte moreno, el cual mete en la caja del tinte rubio. Se levanta y deja los tintes en la estantería, en su lugar original. Me mira fijamente y me dice:
-¿Había excusas de tu talla?
Hijo de.
-¿Qué coño haces? -le digo-, ¿Sabes que eso se puede considerar terrorismo?
Levanta una ceja, me mira y luego vuelve a mirar otras dos cajas que ha cogido. Vuelve a pesarlas y a cambiarlas de caja y me dice:
-Hay una chica en la oficina que siempre se tiñe de rubio.
Me cuenta que uno de los imbéciles del laboratorio le tira la caña, y siempre le toca a él soportar sus estúpidas charlas de lo bien que se lleva con ella y lo bonita que es. Resulta que ella compra su tinte aquí. -Quiero saber qué pasa cuando ya no sea rubia -me dice.
-¿Y crees que va a coger una de esas dos cajitas?
-No. Por eso las he cambiado todas.
Se me queda mirando con las cejas levantadas, me mira a los ojos. Busca mi aprobación, o mi visto bueno, o lo que sea. Me muerdo el labio inferior mientras le guiño un ojo y le como con la mirada. Él se me queda mirando y suspira despacio, deja las cajas en la estantería y empieza a andar hacia el fondo del pasillo. Yo le sigo arrastrando el carrito y muerto de cansancio.
La parte de las galletas y el desayuno es mi menos favorita. De lejos. Desearía poder dejar que Allen hiciese esa parte de la compra él solo. Me gustaría que te lo imaginaras. Vale, imagínate un niño pequeño, no sé, de unos diez años. Ese niño es el típico niño que coge todos y cada uno de los productos que encuentra atractivos y te los enseña, te mira con ojos de cachorrito y espera a que le des tu aprobación. Si no se la das, los ojos de gatito degollado se intensifican y tu corazoncito te impide decirle que devuelva a la estantería esas putas galletas de cuatro dólares que más vale que tengan pepitas de oro incrustadas en la masa.
Bueno, Allen es más o menos así. Solo que en vez de mirarte con ojos de gatito degollado, te mira como si fuese a ti mismo a quien va a degollar. Es escalofriante.
Así que coge las putas galletas de cuatro dólares. Me asesina con la mirada incluso antes de decirle nada, pero yo le niego con la cabeza. Baja la cabeza y sigue mirándome. Ni siquiera parpadea. Articulo un gentil "cómeme la polla" con mis labios, sin emitir sonido alguno. Allen mete las galletas en el carrito de todas formas. Yo las saco y las dejo donde estaban.
De repente Allen se levanta un poco y mira por encima de mi hombro con los ojos lo bastante abiertos como para indicar sorpresa. Me extraño, me parece muy raro. Me giro, pensando que habrá visto a alguien conocido, tal vez a Dave. Pero no hay nadie.
Noto un tirón en mi cara y veo a Allen correr y desaparecer tras el último estante del pasillo con mis gafas en su mano.
Puta ruina humana.
Todo por las putas galletas, pienso mientras le busco por todo el supermercado. No será capaz, pienso. No, más bien espero que no sea capaz.
No me cuesta mucho encontrarle. Está en el estante de bollería, pan y todo eso. Se gira hacia mí y ya no tiene mis gafas en la mano. Intento no parecer enfadado, pero no me da resultado. Me acerco a él y me contengo para no cogerle del cuello y partirle la cara.
-Coge las galletas y te devuelvo las gafas -me dice.
Le digo que valen muy caras, que son cuatro jodidos dólares. Le digo que coja las que come siempre, y me dice:
-La semana pasada no cogiste las que como siempre.
¡Pero si estaban ricas igualmente!
-Pero a mí no me gustan.
Le digo que lo siento y relaja la expresión de psicópata que tiene cuando no consigue lo que quiere. Se rasca detrás del cuello, se ajusta el suéter gris alrededor de la cintura y aparta la mirada.
Solo por esta vez, me dice mientras mete un par de barras de pan en el carrito. Y te devuelvo las gafas, me dice. Me asegura que nunca las rompería.
Le digo que no se separe de mí, que no veo una mierda. Me dice que ya lo sabe y creo que sonríe.
Así que termino cogiendo las galletas de chocolate de cuatro dólares.
Cuando llegamos a la pescadería me doy cuenta de su plan. Su puto plan. No veo nada. No puedo elegir bien el pescado. Soy muy selecto con el pescado. Así que nos vamos sin pescado. Allen odia el pescado.
Jodido genio psicópata.
Por lo menos he cogido algo de panceta y unos huevos para desayunar. Como Allen estudió anatomía o biología o algo así, le dejo escoger la carne. Además, lo único que quiero en esos momentos es recuperar mis gafas y largarme de una vez.
Allen me coge la cartera y paga él la compra. Me parece ver que me roba un par de pavos, pero dile algo.
Enfrente del coche saco las llaves y abro el maletero. Dame las gafas, le digo.
Él me pregunta si quiero una galleta.
Me dice:
-Coge una, joder. Has pagado cuatro dólares por ellas.
Me da la caja. Saco la navaja que llevo en el bolsillo interior de la chaqueta y abro la caja en canal. Destrozo la puta caja. Putas galletas.
¿Y adivináis qué hay dentro de la caja?
Mis gafas.
-¿Cómo coño? -le digo.
Allen sonríe y se encoge de hombros. Me quita la caja de las manos y se sienta en el asiento del copiloto, dejándome a mí con toda la compra por meter en el maletero. Saca un paquete de galletas, lo abre y las devora con placer. No tanto por lo buenas que están sino por lo bien que ha ido su plan.
Se gira hacia la luna trasera y me mira con una sonrisa. Se mete una galleta a la boca y se da la vuelta, riéndose.
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