lunes, 21 de octubre de 2013

- Teaser -

 Esto es un teaser de una historia que todavía está en proceso, ni siquiera tiene título. Gracias por leer.


Una mujer embutida en un abrigo de piel, con el pelo rizado rubio cayéndole sobre los hombros y un vestido negro bajo el abrigo de crías de foca sale de una pequeña tienda local de comestibles. Se para a mirar su bolsa, asegurándose de que todo está correcto. Un hombre alto sale disparado del local y la empuja hacia adelante, haciéndola caer de boca contra el pavimento.
La mujer grita exasperada y se esfuerza por levantarse inútilmente, como una tortuga que ha caído de espaldas sobre su caparazón.
El hombre alto de la cazadora de cuero y los pantalones vaqueros roídos sigue corriendo calle abajo con una bolsa que aprieta contra su pecho y unos fajos de billetes que sobresalen de cada uno de sus bolsillos.
Por detrás le sigue el dueño de la tienda, un hombre moreno y canijo, gritando que atrapen al tipo que le acaba de robar toda la caja. Y el destino provee.
Un alma desafortunada se cruza con el ladrón, tratando de contenerle para que no huya. Lo rodea con los brazos. El ladrón saca una navaja del bolsilo interior de su cazadora y, acorralado por el miedo, apuñala a su captor. Lo deja caer y sigue corriendo calle abajo, todavía con la navaja ensangrentada en la mano.
La gente grita y se arremolina alrededor del cadáver desangrado. El asesino había clavado la navaja de forma tan profunda que al zafarse de su víctima le había desgarrado el vientre y sus intestinos apenas se mantenían dentro del cuerpo.
La gente lo rodeaba, tapándose la boca, cerrando los ojos y apartando la mirada. Algunos llamaban a una ambulancia, otros a la policía. Otros sólo cotilleaban. Nadie se atrevía a arrodillarse junto a él para comprobar si seguía vivo.
La señora del abrigo de pieles no se había quedado a contemplar la escena, pero sería atropellada por un camión cisterna tan sólo unos metros más adelante. Quedaría tan espachurrada como las pequeñas focas que los cazadores habían desollado vivas para hacerle un abrigo.
Algunos lo llamarían justicia, otros karma, otros destino.
Muerte sabía que ninguna de estas palabras eran las correctas, pero eran las primeras que venían a la mente. Muerte simplemente lo llamaba muerte.

Observaba la escena mientras sorbía su batido de chocolate, sentada junto a la ventana de una cutre cafetería, justo en la acera de enfrente. Había sido testigo de toda la escena, pero ya sabía lo que iba a ocurrir. Esas cosas eran como ver los capítulos repetidos de una serie antigua que no dejan de poner en el único canal que puedes captar con la televisión del motel. Al fin y al cabo, su trabajo era ese.
Pero no ese día.
Ese día era su día libre. Su día humano.

Los policías y los médicos de la ambulancia trataban de hacer espacio para poder comprobar el estado del cadáver. Los morbosos se apretujaban a un lado de la calle para no perder ni un solo detalle.
Uno de los policías tomaba declaración mientras otro cubría el cuerpo con un plástico plateado. Sandwich fue lo primero que le vino a la mente.
Un policía amenazaba a un civil que grababa la escena con su teléfono. La carretera estaba medio cortada por los coches de policía y la ambulancia, así que los otros coches y la otra ambulancia que tenían que llegar a la señora espachurrada del abrigo de foca tuvieron que dar un rodeo significativo.
Tanto esfuerzo por un montón de sesos sobre el asfalto, pensó Muerte. Le dio otro sorbo a su batido sin dejar de contemplar la escena.

Una persona, no sabrías decir si hombre o mujer, presumiblemente alto y de pelo castaño claro intentaba entrar en la cafetería. Abrió la puerta y entró. Una de las correas de su uniforme militar se enganchó en el pomo. Miró a Muerte con una sonrisa forzada y cuando logró recuperar su correa, todavía le costaba entrar.
Dio un par de pasos hacia la izquierda, empujó su cuerpo en esa dirección y se enderezó, después hizo lo mismo hacia la derecha y suspiró de alivio, como si acabase de entrar por un hueco diminuto. Caminó en lateral hasta que se sentó frente a Muerte, todavía con esa falsa sonrisa en su cara redonda.
Ella lo miraba con una ceja levantada y sin dejar de tomar su batido. Tragó lo que había sorbido y se reclinó en su asiento acolchado de falso terciopelo rojo.
-Bonito baile. -le dijo al chico.
-No tanto como el de ahí fuera. -respondió, mirando por la ventana. Apoyó sus brazos en la mesa y se encorvó. Sus ojos azules tomaban un brillo metálico a la luz del sol.
-¿A qué has venido? -preguntó Muerte, secándose el agua de las manos con una servilleta.
-Quiero pedirte algo.
Muerte se inclinó hacia él con el ceño fruncido. Sonrió y le señaló con el dedo.
-Ya me debes muchas cosas. -dijo, enfatizando en la palabra muchas.
-Puedo devolvértelas. -susurró como respuesta, muy convencido de sí mismo.
-¿Y por qué no lo has hecho ya?
Muerte sabía devolverle los golpes. Él o ella se echó hacia atrás pero sin acabar de apoyar la espalda en el respaldo del asiento. Ya no sonreía. Miró una vez más hacia el otro lado de la calle. Después volvió a mirar a su compañera de mesa y dijo:
-Sólo un par de días. Como mucho.
La Muerte revolvió la espuma de su batido con la pajita y suspiró.
-Está bien. ¿Qué quieres?
El otro no contestó enseguida. Muerte se colocó el pelo tintado de rosa detrás de la oreja y se inclinó hacia él, sabiendo que no quería decirlo demasiado alto. Él apoyó los codos en la mesa, se sostuvo la barbilla en sus manos por un segundo. Se tapó la boca, miró hacia todas partes y finalmente respondió.
-Quiero a Remus. Un par de días, como mucho. Te lo prometo. -Muerte apartó la mirada y no dijo nada. Creyendo que había metido la pata, siguió hablando. -Sé que tiene que estar en algún sitio importante... cuidando de un humano o algo así, eso he oído. Pero escucha, son sólo un par de días. Si lo hacemos bien, el humano ni se dará cuenta. O podemos borrarle la memoria, cualquier cosa me sirve.
Muerte seguía sin responder.
-¿Muerte?
Muerte cogió aire y no lo soltó. Miró a su compañero directamente a los ojos con la boca entreabierta, como queriendo decir algo. Soltó el aire muy despacio y se echó todo el pelo hacia atrás. Su compañero la miraba con un deje de preocupación en su rostro.
-No tengo a Remus. -dijo Muerte finalmente.
-¿Qué?, ¿Qué? -pronunció más el segundo qué, como si no lo hubiera exclamado lo suficientemente alto la primera vez.
-Que no tengo a Remus, Mayhem. No lo tengo. -espetó en un tono seco.
El susodicho Mayhem miró de nuevo a los coches de policía del otro lado de la calle. Se estiró y respiró profundamente.
-¿Qué pasó? -preguntó sin dejar de mirar a través de la ventana.
-Eso fue lo que pasó. -respondió Muerte, señalando al cadáver envuelto en plástico de aluminio que trataban de subir a una camilla.
Muerte cruzó las piernas bajo su vestido de seda negro. Tenía un poco de frío.
-Alguien me robó a Remus. -comenzó, mirando fijamente las burbujas de la espuma en lo que quedaba de su batido. -Después, un cuatroalas vino para perseguir al ladrón. El ladrón lo pilló y lo quemó vivo. Y quedó como el señor Harris, calcinado, destripado y envuelto en papel de bocadillo.
Muerte señaló de nuevo el cadáver. Después miró a su amigo, apretando sus labios. Éste parecía no creérselo.
Y no lo habría hecho, de no ser porque ella era la Muerte. Y Muerte no le mentía.
-¿Me acompañas al motel, y lo hablamos? -dijo ella.
Mayhem se levantó y se sacó un par de billetes del bolsillo de su chaqueta. Se los dio a Muerte y señaló la copa de batido vacía.
-Pídeme uno de esos para el camino. -dijo.

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