Esto es un teaser de una historia que todavía está en proceso, ni siquiera tiene título. Gracias por leer.
Una mujer embutida en un abrigo de
piel, con el pelo rizado rubio cayéndole sobre los hombros y un
vestido negro bajo el abrigo de crías de foca sale de una pequeña
tienda local de comestibles. Se para a mirar su bolsa, asegurándose
de que todo está correcto. Un hombre alto sale disparado del local y
la empuja hacia adelante, haciéndola caer de boca contra el
pavimento.
La mujer grita exasperada y se esfuerza por
levantarse inútilmente, como una tortuga que ha caído de espaldas
sobre su caparazón.
El hombre alto de la cazadora de cuero y los
pantalones vaqueros roídos sigue corriendo calle abajo con una bolsa
que aprieta contra su pecho y unos fajos de billetes que sobresalen
de cada uno de sus bolsillos.
Por detrás le sigue el dueño de la
tienda, un hombre moreno y canijo, gritando que atrapen al tipo que
le acaba de robar toda la caja. Y el destino provee.
Un alma desafortunada se cruza con el
ladrón, tratando de contenerle para que no huya. Lo rodea con los brazos. El ladrón saca una
navaja del bolsilo interior de su cazadora y, acorralado por el
miedo, apuñala a su captor. Lo deja caer y sigue corriendo calle
abajo, todavía con la navaja ensangrentada en la mano.
La gente grita y se arremolina
alrededor del cadáver desangrado. El asesino había clavado la
navaja de forma tan profunda que al zafarse de su víctima le había
desgarrado el vientre y sus intestinos apenas se mantenían dentro
del cuerpo.
La gente lo rodeaba, tapándose la
boca, cerrando los ojos y apartando la mirada. Algunos llamaban a una
ambulancia, otros a la policía. Otros sólo cotilleaban. Nadie se
atrevía a arrodillarse junto a él para comprobar si seguía vivo.
La señora del abrigo de pieles no se
había quedado a contemplar la escena, pero sería atropellada por un
camión cisterna tan sólo unos metros más adelante. Quedaría tan
espachurrada como las pequeñas focas que los cazadores habían
desollado vivas para hacerle un abrigo.
Algunos lo llamarían justicia, otros
karma, otros destino.
Muerte sabía que ninguna de estas
palabras eran las correctas, pero eran las primeras que venían a la
mente. Muerte simplemente lo llamaba muerte.
Observaba la escena mientras sorbía su
batido de chocolate, sentada junto a la ventana de una cutre
cafetería, justo en la acera de enfrente. Había sido testigo de
toda la escena, pero ya sabía lo que iba a ocurrir. Esas cosas eran
como ver los capítulos repetidos de una serie antigua que no dejan
de poner en el único canal que puedes captar con la televisión
del motel. Al fin y al cabo, su trabajo era ese.
Pero no ese día.
Ese día era su día libre. Su día
humano.
Los policías y los médicos de la
ambulancia trataban de hacer espacio para poder comprobar el estado
del cadáver. Los morbosos se apretujaban a un lado de la calle para
no perder ni un solo detalle.
Uno de los policías tomaba declaración
mientras otro cubría el cuerpo con un plástico plateado. Sandwich
fue lo primero que le vino a la mente.
Un policía amenazaba a un civil que
grababa la escena con su teléfono. La carretera estaba medio cortada
por los coches de policía y la ambulancia, así que los otros coches
y la otra ambulancia que tenían que llegar a la señora espachurrada
del abrigo de foca tuvieron que dar un rodeo significativo.
Tanto esfuerzo por un montón de sesos
sobre el asfalto, pensó Muerte. Le dio otro sorbo a su batido sin
dejar de contemplar la escena.
Una persona, no sabrías decir si
hombre o mujer, presumiblemente alto y de pelo castaño claro intentaba entrar en la cafetería. Abrió la puerta y entró.
Una de las correas de su uniforme militar se enganchó en el pomo.
Miró a Muerte con una sonrisa forzada y cuando logró recuperar su
correa, todavía le costaba entrar.
Dio un par de pasos hacia la izquierda,
empujó su cuerpo en esa dirección y se enderezó, después hizo lo
mismo hacia la derecha y suspiró de alivio, como si acabase de
entrar por un hueco diminuto. Caminó en lateral hasta que se sentó
frente a Muerte, todavía con esa falsa sonrisa en su cara redonda.
Ella lo miraba con una ceja levantada y
sin dejar de tomar su batido. Tragó lo que había sorbido y se
reclinó en su asiento acolchado de falso terciopelo rojo.
-Bonito baile. -le dijo al chico.
-No tanto como el de ahí fuera.
-respondió, mirando por la ventana. Apoyó sus brazos en la mesa y
se encorvó. Sus ojos azules tomaban un brillo metálico a la luz del sol.
-¿A qué has venido? -preguntó
Muerte, secándose el agua de las manos con una servilleta.
-Quiero pedirte algo.
Muerte se inclinó hacia él con el
ceño fruncido. Sonrió y le señaló con el dedo.
-Ya me debes muchas cosas. -dijo,
enfatizando en la palabra muchas.
-Puedo devolvértelas. -susurró como respuesta, muy
convencido de sí mismo.
-¿Y por qué no lo has hecho ya?
Muerte sabía devolverle los golpes. Él
o ella se echó hacia atrás pero sin acabar de apoyar la espalda en
el respaldo del asiento. Ya no sonreía. Miró una vez más hacia el
otro lado de la calle. Después volvió a mirar a su compañera de
mesa y dijo:
-Sólo un par de días. Como mucho.
La Muerte revolvió la espuma de su
batido con la pajita y suspiró.
-Está bien. ¿Qué quieres?
El otro no contestó enseguida. Muerte
se colocó el pelo tintado de rosa detrás de la oreja y se inclinó
hacia él, sabiendo que no quería decirlo demasiado alto. Él apoyó
los codos en la mesa, se sostuvo la barbilla en sus manos por un
segundo. Se tapó la boca, miró hacia todas partes y finalmente
respondió.
-Quiero a Remus. Un par de días, como
mucho. Te lo prometo. -Muerte apartó la mirada y no dijo nada.
Creyendo que había metido la pata, siguió hablando. -Sé que tiene
que estar en algún sitio importante... cuidando de un humano o algo
así, eso he oído. Pero escucha, son sólo un par de días. Si lo
hacemos bien, el humano ni se dará cuenta. O podemos borrarle la
memoria, cualquier cosa me sirve.
Muerte seguía sin responder.
-¿Muerte?
Muerte cogió aire y no lo soltó. Miró
a su compañero directamente a los ojos con la boca entreabierta,
como queriendo decir algo. Soltó el aire muy despacio y se echó
todo el pelo hacia atrás. Su compañero la miraba con un deje de
preocupación en su rostro.
-No tengo a Remus. -dijo Muerte
finalmente.
-¿Qué?, ¿Qué? -pronunció más el
segundo qué, como si no lo hubiera exclamado lo suficientemente alto
la primera vez.
-Que no tengo a Remus, Mayhem. No lo
tengo. -espetó en un tono seco.
El susodicho Mayhem miró de nuevo a
los coches de policía del otro lado de la calle. Se estiró y
respiró profundamente.
-¿Qué pasó? -preguntó sin dejar de
mirar a través de la ventana.
-Eso fue lo que pasó. -respondió
Muerte, señalando al cadáver envuelto en plástico de aluminio que
trataban de subir a una camilla.
Muerte cruzó las piernas bajo su
vestido de seda negro. Tenía un poco de frío.
-Alguien me robó a Remus. -comenzó,
mirando fijamente las burbujas de la espuma en lo que quedaba de su
batido. -Después, un cuatroalas vino para perseguir al
ladrón. El ladrón lo pilló y lo quemó vivo. Y quedó como el
señor Harris, calcinado, destripado y envuelto en papel de
bocadillo.
Muerte señaló de nuevo el cadáver.
Después miró a su amigo, apretando sus labios. Éste parecía no
creérselo.
Y no lo habría hecho, de no ser porque
ella era la Muerte. Y Muerte no le mentía.
-¿Me acompañas al motel, y lo
hablamos? -dijo ella.
Mayhem se levantó y se sacó un par de
billetes del bolsillo de su chaqueta. Se los dio a Muerte y señaló
la copa de batido vacía.
-Pídeme uno de esos para el camino.
-dijo.
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