miércoles, 31 de julio de 2013

Allen Bane - Capítulo 1

Gracias por leer.


Intro

Me observaba a mí mismo, como desde detrás de un cristal. Movía las manos nerviosamente, tecleaba la nada sobre mis piernas. Estaba mirando por la ventana.
Fuera no había nada. Sólo rojo, azul, sangre y oscuridad. A veces habían cosas extrañas que no lograba identificar. Detrás de mí había una cama, y dentro, una niña.
Duerme”, le repetía constantemente. No apartaba la mirada de esa horrible vista, de esa puta ventana.
Cuenta ovejitas, y duérmete de una vez.”
Tengo miedo”, me decía, con una vocecita dulce y temblorosa.
Oía gritos y gruñidos de fondo. Gemidos de dolor y tambores al unísono. Pero no en esa habitación, allí estábamos solos, allí estábamos... seguros.



1. Dos expedientes

Observó el libro con interés, acariciando la cubierta. Quería leerlo, pero le daba miedo hacerlo. No sabía por qué, no había ninguna razón para temerlo, pero las emociones que le producía ese cúmulo de páginas y, sobretodo, la dedicatoria en la primera página, que ahora observaba con dulzura, se sobreponían a su curiosidad. Sonrió cuando volvió a leerla y tocó la firma con sus dedos.

"Vivir es desviarnos incesantemente. De tal manera nos desviamos, que la confusión nos impide saber de qué nos estamos desviando." - Franz Kafka.
Para Hershel, de Val.

Permaneció así durante unos segundos, ensimismado, navegando por su mente, imaginándose cómo sería la persona que le había regalado ese libro. Le gustaba la forma en que “Val” entremezclaba los autores. Una cita de Kafka en un libro de Nietzsche... Aunque no tuvo tiempo de imaginarse mucho antes de que el estridente sonido del teléfono le despertase con un sobresalto. Descolgó y comenzó a ojear la contraportada y las páginas del libro.

-¿Diga?
-Hershel, soy Dave. -respondió una seria voz al otro lado.
-Oh. Hola, Dave, ¿ocurre algo? Te noto muy serio.
-No tengo tiempo para explicártelo ahora, tienes que venir a la oficina de Chicago. -mientras Dave hablaba, Hershel podía escuchar algún ruido de fondo. Trastos, una mujer y niños gritando y correteando.
-¿Qué haces? ¿no estabas de vacaciones con Juno?
-Estoy recogiendo, Shel, yo también voy para allá.
-Pero...
-Tengo que coger el avión, te veo allí en una hora.

Para cuando Hershel quiso despedirse, su hermano ya había colgado.

Comenzó a recoger sus cosas y a preparar su bolsa, aunque nunca sabía qué debía llevarse. Había estado pocas veces en la oficina del FBI de Chicago, principalmente para entrevistas y exámenes. Desconocía por completo lo que su hermano quería de él y le preocupaba su actitud. Nunca estaba tan serio, ni siquiera cuando un caso iba mal.
Se puso los zapatos a toda prisa, cogió algo de dinero y se dirigió a la estación de metro más cercana. Estaba entusiasmado por volver a la oficina de Chicago, pero al mismo tiempo le preocupaba lo que hubiera podido pasar.


Las oficinas de investigación del FBI se alzaban frente a una pequeña placeta adornada con jardines. Un par de escaleras que rodeaban un árbol joven y algunas flores subían hacia el edificio principal.
Por alguna razón se sentía como un niño entrando a una tienda de golosinas. Caminaba despacio, observándolo todo con atención. Ya había visto la recepción varias veces pero era como estar... eso, en una tienda de golosinas.
La chica de recepción lo saludó con una sonrisa, pero Shel no se dio cuenta. Estaba demasiado distraído y hasta parecía haberse olvidado de para qué había venido.
La muchacha descolgó el teléfono y marcó un par de números. No apartó la vista de Hershel mientras hacía su llamada. Cuando colgó, seguía mirándole. Cuando él por fin le devolvió la mirada y la saludó, se sonrojó tanto que cogió el teléfono rápidamente para intentar disimular.
A Shel no le dio tiempo a acercarse para saludarla pues a medio camino un hombre rechoncho se cruzó en su camino y le estrechó la mano forzosamente.
-¡Hershel, muchacho! ¡cuánto tiempo sin verte! -exclamó con un tono titubeante.
El hombretón, ya entrado en sus cincuenta, vestía una camisa con corbata, unos pantalones con tirantes y unos zapatos formales. No obstante su aroma y su espantoso peinado le dieron a entender a Hershel que hacía por lo menos dos días que no había salido de la oficina. Intentó evitarle, pero éste le dio un abrazo de cortesía y se lo llevó al ascensor sin que el chico pudiese hacer nada al respecto. Desde el mostrador, la recepcionista se despidió con una dulce sonrisa.

-¿Cómo estás? -trató de utilizar un tono más alegre, pero Hershel atisbó el cinismo desde el saludo inicial.
-Bien, ¿cómo estás tú?
-Eh, bueno... no me quejo.

Un silencio siguió a sus palabras. De pronto, el hombre se giró hacia Hershel y casi lo paralizó con la mirada.
-Escucha renacuajo, vamos a dejarnos de tonterías, esto es serio. Tenemos algo gordo y necesitamos tu ayuda.
-Sí, claro, ¿pero puedes decirme de qué se trata, Flynn?
-Vaya, pero si te acuerdas de mí.
-Claro que me acuerdo, tengo buena memoria.
-Buena memoria dice... podría matarte y quedarme con ese cerebrito sabelotodo tuyo, eh. Seguro que te acuerdas hasta de cómo me gusta el café.
-De importación, con un poco de leche pero que siga siendo oscuro, que arda pero que no te duelan los dientes y a veces le echas dos terrones de azúcar cuando tienes un mal día.
-No te jode. Eres un perro verde, chico.

Shel no pudo evitar una sonrisa ante las palabras del compañero de su hermano.
Ninguno dijo nada más en lo que quedó de trayecto. Flynn parecía muy tenso y con ganas de explotar, así que prefería estar callado. Le gustaba la compañía de Shel por eso, era poco hablador.

Conforme las puertas del ascensor se abrieron comenzó a oírse una sinfonía de pasos, papeles, colgar y descolgar de teléfonos e incluso algún que otro grito. El buró de investigación psicológica criminal del FBI bullía de actividad. Si entrar en recepción había sido como entrar a una tienda de golosinas, esa oficina era el paraíso.

-¡A ver, atención todo el mundo! -Flynn se adelantó sin que Shel se diera cuenta. Con un tono enérgico y alto, comenzó a explicarse.
-El hermano de Dave, Hershel, ha venido para ayudarnos. Dave llegará de un momento a otro, así que quiero que alguien le explique al renacuajo todo lo que necesite saber con pelos y señales. Quiero que alguien le enseñe las oficinas y que las conozca mejor que la palma de su mano y quiero el informe del último cuerpo para ayer, ¡venga, a trabajar, coño!

Sin siquiera despedirse de Shel, el hombretón puso rumbo a su despacho a pasos agigantados con prisa y cogiendo cada papel que sus empleados le daban por el camino.
Sin saber muy bien qué hacer o a dónde mirar, Shel se dedicó a escudriñar entre el revuelto de mesas y ordenadores que conformaban la oficina principal de la planta. Aferró su bolsa inconscientemente, un poco abrumado. Nunca había estado allí. Ahora el paraíso era un tanto estremecedor.

-Hershel, ¿verdad? -un hombre de mediana edad y un poco desaliñado aunque bien vestido le tendió la mano frente a él.
-Eh, sí, yo soy Hershel. -le devolvió el saludo con una sonrisa un poco forzada.
-Si no te importa te enseñaré las oficinas y te pondré un poco al corriente de todo. Tu hermano te contará el resto cuando venga.
-De acuerdo, eh...
-Alejandro. Alex, si lo prefieres.
-Ah, español.
-Chico listo. Sígueme, por favor.

Hershel sintió un gran alivio al abandonar el revuelo de la oficina principal. Siguió a Alex y lo escuchó con curiosidad, le gustaba su acento.

-Así que, ¿alguna vez has estado en España? -preguntó Alex.
-No, no, pero me gustaría visitarla algún día. Dave dice que es un país precioso.
-Sí, a Dave le entusiasma. Sobretodo las mujeres. No deja de comentarme la suerte que tengo por haber nacido en un país con unas mujeres tan hermosas. Ya lo conoces.
Hershel no estaba seguro de querer seguir la conversación, así que trató de cambiar de tema.
-¿Lleváis mucho trabajando juntos?
-Unos tres años más o menos. Es un buen jefe de departamento, me alegro de estar a su cargo. Es brillante. A ver, por aquí están los laboratorios.

Tres años.
Dave llevaba más que eso trabajando para el FBI como jefe del departamento de investigación psicológica y aún no sabía gran cosa sobre cómo su hermano trabajaba exactamente. Se sentía un poco apartado. Tal vez un poco miserable, incluso.
Él era el genio de la familia, el más brillante, el mejor en todo, y sin embargo su hermano se las había arreglado para avanzar rápidamente en su carrera y conseguir en poco tiempo más de lo que él había conseguido hasta ahora. No era envidia, sin embargo. A veces pensaba que estaba malgastando su vida, que no podría alcanzar ni una cuarta parte de lo que su hermano había conseguido. Su deseo era trabajar para el FBI, y sin embargo conocía muy pocas cosas de éste. En ocasiones sentía que sus estudios eran una auténtica bobada.

-Y este es el despacho de tu hermano.

Alejandro le abrió la puerta y le hizo un gesto para que entrase él primero. Mientras Hershel curioseaba los libros que su hermano amontonaba de adorno, Alejandro rebuscaba entre una montaña de expedientes y papeles desordenados.

-Ya, a ver. Toma, este es el expediente del caso -dijo mientras le tendía una carpeta enorme sin apartar la vista del montón de ficheros.- y... bueno, no sé qué es esto, tu hermano dijo que te lo diéramos personalmente, es confidencial, creo. Quería que lo leyeses y luego él te lo explicaría mejor.
-Vale. Y... ¿entonces estoy aquí para investigar un caso?
-Es un asesino en serie. -comenzó Alex mientras apartaba papeles para sentarse encima de la mesa.
-Al principio mataba a sus víctimas al instante y se llevaba objetos personales. Ha ido evolucionando, ahora las secuestra, las mantiene vivas durante unos cinco días y luego las mata. Ha empezado a desollarlas y a algunas les faltan incluso órganos. Pensamos que los objetos personales son trofeos, pero no sabemos qué hace con la piel o los órganos.
-Tal vez se los come. Puede ser un caníbal.
-Puede ser. Pero, ¿para qué las mantiene cinco días con vida? Además, la última víctima tenía algo distinto.
-¿Qué?
-Le había arrancado los ojos y en su lugar había puesto unos ojos falsos de cristal.
-Qué raro.
-Sí, bueno.
-Ha evolucionado mucho.
-Además cada vez hay un margen de tiempo menor entre los secuestros. Tememos que vaya reduciendo el tiempo que las mantiene con vida y que las mate antes.
-Pero no creo que suceda. Si pasó de matarlas al instante a dejarlas con vida cinco días, es por algo. Tiene una razón para ello.
-Sí, supongo.
Con un suspiro, Alex se dejó caer de la mesa y dedicó a Shel una sonrisa que se le antojó bastante falsa.
-Bueno, Hershel... tu hermano debe de estar al caer. Asegúrate de haberlo leído todo para cuando llegue, no podemos perder ni un segundo. Hay que atrapar ya a este cabrón. Si necesitas algo ya sabes donde estamos.
-Gracias, Alex.

Con un gesto de despedida, Alejandro salió por la puerta.
Shel comenzó a ojear el expediente del caso. Las fotografías de las víctimas eran estremecedoras y le revolvían el estómago aun sabiendo que, si algún día trabajaba ahí, lo más probable es que viera docenas de ellas cada día.
Una en concreto le provocó un desagradable nudo en la garganta. Miró hacia otro lado y cerró los ojos con fuerza, apretando un puño contra su boca y tratando de tragar saliva sin que le dieran arcadas.
La mayoría de las víctimas eran niñas pequeñas de entre tres y ocho años y presentaban quemaduras, signos de tortura, extremidades dislocadas...
Decidió apartar los papeles para tratar de recomponerse un poco cuando el otro expediente se le resbaló y se le cayó al suelo. Vaya, no se acordaba de él.
“Allen Bane, expediente nº 277”, rezaba en la portada. ¿Por qué querría Dave que sólo él leyese ese expediente? ¿otro caso, tal vez?
Shel comenzó a ojearlo. Un perfil psicológico de un paciente que residía en el Hospital Psiquiátrico Saint Briggs, en una pequeña isla llamada Honey Breeze, en el lago Hurón, Michigan. Curioso, muy curioso.
El expediente del Coleccionista podía esperar. Allen parecía, de lejos, más interesante.
Junto al perfil de la primera página se adjuntó una foto. Un chico joven, veinticuatro años. Incluso más joven que él. Shel pasó las páginas con rapidez y leyó algunos párrafos que parecían interesantes.

Insomnio crónico, terrores y pesadillas recurrentes. Alucinaciones frecuentes e intensas. Presenta desórdenes obsesivos graves. El número de brotes ha disminuido desde la última revisión psiquiátrica. No obstante sigue mostrando fuertes signos de paranoia. Su consciencia oscila entre lo real y lo que él piensa que es real.

... sigue sin poder contar hasta diez sin romper el cristal del espejo. No ha mejorado su actitud, no hay ningún cambio en su estabilidad.”

Pasó tres días bajo la mesa porque creía que, en cualquier momento, su almohada se abalanzaría sobre él y lo devoraría. Pasó esos tres días sin comer ni dormir, únicamente dibujando lo que veía en su cabeza. Tuvimos que cambiarle la almohada y hacerle una según sus peticiones.”

Enero, 22
Pidió un gato por Navidad. Al negársele, pasó cerca de tres semanas sin mediar palabra con nadie, ni siquiera consigo mismo. Colgó papeles en blanco por toda la habitación y, cuando el doctor Steven le preguntó qué eran los papeles, Allen respondió: son dibujos de mi gato, a lo que el doctor preguntó, ¿qué gato?, el que no tengo, respondió Allen.”

Agosto, 17
Sigue enfadado por lo del gato.”

Cada página alimentaba su creciente curiosidad. Pero sin embargo Shel tenía más curiosidad por saber qué tenia que ver Allen con todo eso del Coleccionista. No era un sospechoso. Desde luego, el haber estado encerrado por un año en una celda especial de máxima seguridad vigilada las veinticuatro horas le daba una buena coartada.

Cuanto más leía, menos lo comprendía y más quería comprender. Hubo algo, sin embargo, que le sorprendió y le descolocó todavía más: Allen era un genio. Tenía un doctorado en psicología, otro en biología y había trabajado de médico forense con el FBI. Se parecía un poco a él mismo, pensó. Y cerró el expediente en un acto reflejo.

-¡Hershel! -exclamó una enérgica voz al otro lado de la puerta que casi hizo que Shel saltase de la silla. Dave acaba de entrar de sopetón.- Joder, parecías un fantasma, me he dado un susto. No sabía que ya estabas aquí. -Shel levantó la vista hacia su hermano, que parecía un poco más animado que por teléfono.
-Eh... sí, Alejandro me ha traido. Estaba leyendo lo que me has dejado. -dijo mientras le mostraba los expedientes a su hermano como un niño pequeño que ha estado haciendo los deberes.
-Sí, ya veo. ¿Te has puesto al día?
-Más o menos.
Dave se sentó tras su mesa y apoyó los pies en ésta, dejando escapar un suspiro como de alivio.
Se estiró un poco y miró al techo durante unos segundos. Cuando pareció acordarse de que no estaba solo, se dirigió a su hermano.
-Oye Shel, te agradezco que hayas venido. Es importante tener tu ayuda en este caso.
-Eso me han dicho. De todas formas no me has dado muchas opciones.
-Lo siento, tienes razón. Es que estoy hasta el cuello. Esta mañana me dieron la noticia y... -Shel no le miraba.
Dave bajó los pies de la mesa y se inclinó hacia su hermano.
-Mira, se me han puesto los huevos de corbata. Aún los tengo por la garganta.
-Pero, ¿no cononcías ya este caso?
Con una especie de suspiro-gruñido, Dave volvió a reclinarse hacia atrás en su sillón.
-Sí y no. Teníamos un caso de un capullo que mataba a sus víctimas y les quitaba cosas, en fin, el típico asesino en serie. Pero luego teníamos otro de uno que las secuestraba y ya sabes. Han resultado ser el mismo, y este tipo lleva en activo varios meses. Es decir, hemos estado esos meses tratando el mismo caso como si fuesen dos distintos sin enterarnos. La administración se ha encargado de hacernos ver lo inútiles que somos, sabes.
Shel no respondió. Estaba un poco asustado con todo el asunto, era la primera vez que trabajaba en un caso de verdad y que encima era tan importante. Sentía como si todas sus horas de estudio y sus clases no hubiesen servido absolutamente para nada. Si le hubieran tirado a una piscina con tiburones hubiera estado más preparado.
-Pero no quiero aburrirte con nuestras cagadas. Escucha, ¿has leído el otro expediente?
-¡Ah! Sí, sí. Es interesante, pero... ¿qué tiene que ver?
-Eso es un... asunto.
-Dave, soy muy listo pero no puedo leer tu mente, por mucho que te empeñes en que sí.
-Escucha... -su hermano se levantó, se acercó de pronto y le cogió de los brazos. Shel se sintió extraño, su hermano pocas veces daba esas muestras de... ¿cariño?
-No te lo pediría si no fuese necesario. Era mi último recurso, de verdad.
-Suéltalo ya, y suéltame a mí, me siento raro.
-Ah, lo siento.
-¿No estarás haciendo un mundo de una tontería?
-Mira, mi equipo lleva tras este capullo tres semanas. Tres putas semanas y no sólo no hemos dado con él sino que no tenemos nada. Absolutamente nada. ¿Sabes lo que es nada? Que la administración reconsidere el presupuesto y la utilidad de esta unidad, eso es no tener nada. Estoy casi desesperado. Tienes que ir a hablar con este tío, Shel.
-¿Que qué?
Hershel no daba crédito. Se levantó de su silla y se alejó bruscamente de su hermano.
-Que hables con él. Creo que puede ayudarnos en este caso.
-Es un demente, Dave.
-Lo es, pero es un puto genio como tú y tiene un doctorado en psicología y bastante experiencia, ha trabajado antes con nosotros. Su opinión podría resultarnos útil para perfilar a este maníaco. La tuya también.
-¿Por qué no vas tú?
-Porque no quiere hablar conmigo, lo he intentado. Tú tienes cosas en común con él... tal vez puedas ganarte su confianza y que nos ayude.
-Dave...
-Hershel, no tenemos nada en el perfil, nada, cero, está vacío.
Shel apartó la vista de su hermano. No quería ni mirarlo.
Permaneció en silencio durante al menos un minuto, sopesando la situación o, más bien, asimilándola. Finalmente no pudo más, y estalló.
-¿Por qué nunca me das opciones? ¿por qué siempre tengo que hacer yo el trabajo sucio? Mírate, de jefe de depatamento, firmando papeles y dando órdenes desde tu despacho mientras yo tengo que meterme en un manicomio a tratar de sonsacarle algo racional a un neonazi demente cuyos momentos de lucidez probablemente sean inexistentes. ¡Y además, como me parezco a él, seguro que podemos llegar a ser super amigos para que te resuelva un enigma que eres incapaz de comprender!

Dave nunca había visto a su hermano de esa forma. Hershel le había escupido las palabras con rabia, sin pensarlas. Para cuando terminó de hablar, se dio cuenta de que le faltaba el aire.
Shel miraba a Dave, avergonzado. Pero él no le miraba, porque su hermano tenía razón. Él estaría en su despacho dando órdenes y recibiendo información mientras Shel tendría que pasarse el día cara a cara con un psicótico tratando de descifrar sus palabras. Pero era necesario, no le quedaban opciones.

-De acuerdo, Shel. Comprenderé que no quieras hacerlo. Pero escúchame, ¿a ti te gustan los puzles, no? Pues ese capullo es un puzle en sí mismo. En cualquier caso me gustaría que nos ayudases con la investigación. Llévate el expediente, revísalo y llámame si encuentras algo, por favor.
-Sí, vale. Me voy, Dave. Le echaré un vistazo en casa.
-Claro. Cuídate, renacuajo.

Con una sonrisa y un portazo, Shel se despidió de su hermano. Al principio le había encantado la idea de ayudar en una investigación, pero ahora lo único que quería era irse a casa.

lunes, 29 de julio de 2013

Asfixia

¡Mi primera entrada! Obviando la otra, claro.

Un one-shot (relato corto) de mi personaje Allen. Gracias por leer.

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Observé horrorizado mi silueta al otro lado del cristal. Mientras la estrangulaba pensaba, “debería cortarle la garganta”. Así que quise hacerlo, pero estaba el cristal. No podía llegar.

Sostenía su delgado cuello entre mis manos y apretaba fuerte. Podía oír sus gemidos ahogados, sus manos arañaban las mías en un inútil esfuerzo por librarse de ellas. Lloraba y suplicaba, confusa.

¡Déjala!, grité desde el otro lado. Pero no me detuve. Seguí asfixiándola. Quería hacerlo.

¡Allen, joder, para!, volví a gritar. Pero no paré.

De pronto ya no había cristal, no me acordaba de él. Caminé hacia mí mismo, le cogí de la frente y le eché la cabeza hacia atrás, deslizando el filo del cuchillo por su escuálido pescuezo.

Aflojé mis manos, ya no tenía fuerzas. Sangraba, sangraba muchísimo. Dolía, pero qué más daba.

Joder, ¿por qué ibas a querer matarla?, le dije al capullo sangrante. Estás poniendo el suelo perdido, añadí.

Hostia puta, Allen. Eres imbécil, ¿o qué te pasa?, me dijo.

La estabas matando. Eres un subnormal sin escrúpulos. No la quieres muerta.

No la quieres, espetó escupiendo un revoltijo de sangre y babas.

La amo. ¿por qué matarla? Es absurdo.

Pobre Allen. Pobrecito Allen, pobre pequeño chico psicótico, incapaz de ver más allá de sus propios cojones.

Déjame.

Eso es, déjame morir tranquilo. Desliza un sueño por tu garganta hasta sangrar y hacerte pedazos, y muere, cabrón. Es lo que te mereces.

¡Basta! Muérete de una vez, no tienes tanta sangre en esos apenas cuarenta kilos de peso.

¿Es que no puedes fingirlo otra vez?

Allen..., susurró una suave voz muy conocida. Pero no aquí.

¿Eh?, me giré hacia ella.

Allen, estás sangrando, dijo mientras caminaba hacia mí. En efecto, mi cuello no dejaba de sangrar. Empecé a escupir y toser sangre, a asfixiarme. No podía respirar, no podía verla. La miraba, pero no la veía. La oía, pero no la reconocía, y sabía quién era.
Me llevé las manos a la cabeza y comencé a gritar y a llorar. Caí de rodillas. Quería escapar, quería salir de ahí. Muérete de una vez, grité.



Abrí los ojos despacio. No podía ver mucho, había una luz demasiado fuerte. Pero ella se puso delante, y por fin pude verla.
Shilo estaba ahí, rodeada de pañuelos manchados de sangre y muy preocupada. Me rodeó con sus brazos, pero no llegó a abrazarme. Se me quedó mirando durante unos instantes, secando las lágrimas de mis ojos con un áspero papel higiénico reciclado tintado en rojo. Yo era incapaz de articular palabra. Aún seguía sollozando y tratando de tragar saliva.

Allen, ¿estás ahí?, preguntó. Ni yo lo sabía, si estaba ahí.

No lo sé, le contesté en piloto automático. Por alguna razón había un punto específico en la pared que no podía dejar de mirar. No podía entornar mis ojos. Shilo seguía sacando sangre de algún sitio y no era capaz de moverme para averiguarlo.

Cuánta sangre, ¿de dónde...?, comencé, pero no terminé la frase. Me temblaba la voz. Hacía frío de repente.

Te has cortado. ¿No lo ves?, dijo mostrándome una de mis manos repleta de cristalitos y cortes. Entonces me olvidé del punto en la pared y levanté mi mirada hacia el espejo que estaba encima del lavabo, o mejor, lo que quedaba de él.

E-estás viva y... no te he estrangulado. Mi cuello está bien..., susurré en alto sin darme cuenta.

Claro, ¿por qué ibas a estrangularme?, preguntó como si nada.

Me dedicó una dulce sonrisa y una cálida mirada para después seguir limpiando la sangre de mis manos.

¿Por qué iba a estrangularte, Shilo? No es como si quisiera hacerlo, como si nunca hubiera querido hacerlo, como si no lo estuviese deseando en ese instante.

Contuve mis manos, mis ganas. Seguí mirando el espejo roto mientras trataba de alejar mis manos de su cuello, de borrar el recuerdo de sus gemidos ahogados, sus lloros, sus súplicas. Oh, cómo lo deseaba. Matarla.
Pero no debía hacerlo, ¿por qué iba a hacerlo? Allen, ¿por qué ibas a hacerlo? Deja de pensar en ella y céntrate en tu raquítica figura casi desnuda que descansa sobre las baldosas ensangrentadas del baño. Puto sádico gilipollas, dije en voz alta sin darme cuenta. Shilo se detuvo en seco y me miró, sonriendo falsamente, asustada.

Probando...

Intentando dejar esto bonito.