Intro
Me observaba a mí mismo, como desde
detrás de un cristal. Movía las manos nerviosamente, tecleaba la
nada sobre mis piernas. Estaba mirando por la ventana.
Fuera no había nada. Sólo rojo,
azul, sangre y oscuridad. A veces habían cosas extrañas que no
lograba identificar. Detrás de mí había una cama, y dentro, una
niña.
“Duerme”, le repetía
constantemente. No apartaba la mirada de esa horrible vista, de esa
puta ventana.
“Cuenta ovejitas, y duérmete de
una vez.”
“Tengo miedo”, me decía, con
una vocecita dulce y temblorosa.
Oía gritos y gruñidos de fondo.
Gemidos de dolor y tambores al unísono. Pero no en esa habitación,
allí estábamos solos, allí estábamos... seguros.
1. Dos expedientes
Observó el libro con interés,
acariciando la cubierta. Quería leerlo, pero le daba miedo hacerlo.
No sabía por qué, no había ninguna razón para temerlo, pero las
emociones que le producía ese cúmulo de páginas y, sobretodo, la
dedicatoria en la primera página, que ahora observaba con dulzura,
se sobreponían a su curiosidad. Sonrió cuando volvió a leerla y
tocó la firma con sus dedos.
"Vivir es desviarnos
incesantemente. De tal manera nos desviamos, que la confusión nos
impide saber de qué nos estamos desviando." - Franz Kafka.
Para Hershel, de Val.
Permaneció así durante unos segundos,
ensimismado, navegando por su mente, imaginándose cómo sería la
persona que le había regalado ese libro. Le gustaba la forma en que
“Val” entremezclaba los autores. Una cita de Kafka en un libro de
Nietzsche... Aunque no tuvo tiempo de
imaginarse mucho antes de que el estridente sonido del teléfono le
despertase con un sobresalto. Descolgó y comenzó a ojear la
contraportada y las páginas del libro.
-¿Diga?
-Hershel, soy Dave. -respondió una
seria voz al otro lado.
-Oh. Hola, Dave, ¿ocurre algo? Te noto
muy serio.
-No tengo tiempo para explicártelo
ahora, tienes que venir a la oficina de Chicago. -mientras Dave
hablaba, Hershel podía escuchar algún ruido de fondo. Trastos, una
mujer y niños gritando y correteando.
-¿Qué haces? ¿no estabas de
vacaciones con Juno?
-Estoy recogiendo, Shel, yo también
voy para allá.
-Pero...
-Tengo que coger el avión, te veo allí
en una hora.
Para cuando Hershel quiso despedirse,
su hermano ya había colgado.
Comenzó a recoger sus cosas y a
preparar su bolsa, aunque nunca sabía qué debía llevarse. Había
estado pocas veces en la oficina del FBI de Chicago, principalmente
para entrevistas y exámenes. Desconocía por completo lo que su
hermano quería de él y le preocupaba su actitud. Nunca estaba tan
serio, ni siquiera cuando un caso iba mal.
Se puso los zapatos a toda prisa, cogió
algo de dinero y se dirigió a la estación de metro más cercana.
Estaba entusiasmado por volver a la oficina de Chicago, pero al mismo
tiempo le preocupaba lo que hubiera podido pasar.
Las oficinas de investigación del FBI
se alzaban frente a una pequeña placeta adornada con jardines. Un
par de escaleras que rodeaban un árbol joven y algunas flores subían
hacia el edificio principal.
Por alguna razón se sentía como un
niño entrando a una tienda de golosinas. Caminaba despacio,
observándolo todo con atención. Ya había visto la recepción
varias veces pero era como estar... eso, en una tienda de golosinas.
La chica de recepción lo saludó con
una sonrisa, pero Shel no se dio cuenta. Estaba demasiado distraído
y hasta parecía haberse olvidado de para qué había venido.
La muchacha descolgó el teléfono y
marcó un par de números. No apartó la vista de Hershel mientras
hacía su llamada. Cuando colgó, seguía mirándole. Cuando él por
fin le devolvió la mirada y la saludó, se sonrojó tanto que cogió
el teléfono rápidamente para intentar disimular.
A Shel no le dio tiempo a acercarse
para saludarla pues a medio camino un hombre rechoncho se cruzó en
su camino y le estrechó la mano forzosamente.
-¡Hershel, muchacho! ¡cuánto tiempo
sin verte! -exclamó con un tono titubeante.
El hombretón, ya entrado en sus
cincuenta, vestía una camisa con corbata, unos pantalones con
tirantes y unos zapatos formales. No obstante su aroma y su espantoso
peinado le dieron a entender a Hershel que hacía por lo menos dos
días que no había salido de la oficina. Intentó evitarle, pero
éste le dio un abrazo de cortesía y se lo llevó al ascensor sin
que el chico pudiese hacer nada al respecto. Desde el mostrador, la
recepcionista se despidió con una dulce sonrisa.
-¿Cómo estás? -trató de utilizar un
tono más alegre, pero Hershel atisbó el cinismo desde el saludo
inicial.
-Bien, ¿cómo estás tú?
-Eh, bueno... no me quejo.
Un silencio siguió a sus palabras. De
pronto, el hombre se giró hacia Hershel y casi lo paralizó con la
mirada.
-Escucha renacuajo, vamos a dejarnos de
tonterías, esto es serio. Tenemos algo gordo y necesitamos tu ayuda.
-Sí, claro, ¿pero puedes decirme de
qué se trata, Flynn?
-Vaya, pero si te acuerdas de mí.
-Claro que me acuerdo, tengo buena
memoria.
-Buena memoria dice... podría matarte
y quedarme con ese cerebrito sabelotodo tuyo, eh. Seguro que te
acuerdas hasta de cómo me gusta el café.
-De importación, con un poco de leche
pero que siga siendo oscuro, que arda pero que no te duelan los
dientes y a veces le echas dos terrones de azúcar cuando tienes un
mal día.
-No te jode. Eres un perro verde,
chico.
Shel no pudo evitar una sonrisa ante
las palabras del compañero de su hermano.
Ninguno dijo nada más en lo que quedó
de trayecto. Flynn parecía muy tenso y con ganas de explotar, así
que prefería estar callado. Le gustaba la compañía de Shel por
eso, era poco hablador.
Conforme las puertas del ascensor se
abrieron comenzó a oírse una sinfonía de pasos, papeles, colgar y
descolgar de teléfonos e incluso algún que otro grito. El buró de
investigación psicológica criminal del FBI bullía de actividad. Si
entrar en recepción había sido como entrar a una tienda de
golosinas, esa oficina era el paraíso.
-¡A ver, atención todo el mundo!
-Flynn se adelantó sin que Shel se diera cuenta. Con un tono
enérgico y alto, comenzó a explicarse.
-El hermano de Dave, Hershel, ha venido
para ayudarnos. Dave llegará de un momento a otro, así que quiero
que alguien le explique al renacuajo todo lo que necesite saber con
pelos y señales. Quiero que alguien le enseñe las oficinas y que
las conozca mejor que la palma de su mano y quiero el informe del
último cuerpo para ayer, ¡venga, a trabajar, coño!
Sin siquiera despedirse de Shel, el
hombretón puso rumbo a su despacho a pasos agigantados con prisa y
cogiendo cada papel que sus empleados le daban por el camino.
Sin saber muy bien qué hacer o a dónde
mirar, Shel se dedicó a escudriñar entre el revuelto de mesas y
ordenadores que conformaban la oficina principal de la planta. Aferró
su bolsa inconscientemente, un poco abrumado. Nunca había estado
allí. Ahora el paraíso era un tanto estremecedor.
-Hershel, ¿verdad? -un hombre de
mediana edad y un poco desaliñado aunque bien vestido le tendió la
mano frente a él.
-Eh, sí, yo soy Hershel. -le devolvió
el saludo con una sonrisa un poco forzada.
-Si no te importa te enseñaré las
oficinas y te pondré un poco al corriente de todo. Tu hermano te
contará el resto cuando venga.
-De acuerdo, eh...
-Alejandro. Alex, si lo prefieres.
-Ah, español.
-Chico listo. Sígueme, por favor.
Hershel sintió un gran alivio al
abandonar el revuelo de la oficina principal. Siguió a Alex y lo
escuchó con curiosidad, le gustaba su acento.
-Así que, ¿alguna vez has estado en
España? -preguntó Alex.
-No, no, pero me gustaría visitarla
algún día. Dave dice que es un país precioso.
-Sí, a Dave le entusiasma. Sobretodo
las mujeres. No deja de comentarme la suerte que tengo por haber
nacido en un país con unas mujeres tan hermosas. Ya lo conoces.
Hershel no estaba seguro de querer
seguir la conversación, así que trató de cambiar de tema.
-¿Lleváis mucho trabajando juntos?
-Unos tres años más o menos. Es un
buen jefe de departamento, me alegro de estar a su cargo. Es
brillante. A ver, por aquí están los laboratorios.
Tres años.
Dave llevaba más que eso trabajando
para el FBI como jefe del departamento de investigación psicológica
y aún no sabía gran cosa sobre cómo su hermano trabajaba
exactamente. Se sentía un poco apartado. Tal vez un poco miserable,
incluso.
Él era el genio de la familia, el más
brillante, el mejor en todo, y sin embargo su hermano se las había
arreglado para avanzar rápidamente en su carrera y conseguir en poco
tiempo más de lo que él había conseguido hasta ahora. No era
envidia, sin embargo. A veces pensaba que estaba malgastando su vida,
que no podría alcanzar ni una cuarta parte de lo que su hermano
había conseguido. Su deseo era trabajar para el FBI, y sin embargo
conocía muy pocas cosas de éste. En ocasiones sentía que sus
estudios eran una auténtica bobada.
-Y este es el despacho de tu hermano.
Alejandro le abrió la puerta y le hizo
un gesto para que entrase él primero. Mientras Hershel curioseaba
los libros que su hermano amontonaba de adorno, Alejandro rebuscaba
entre una montaña de expedientes y papeles desordenados.
-Ya, a ver. Toma, este es el expediente
del caso -dijo mientras le tendía una carpeta enorme sin apartar la
vista del montón de ficheros.- y... bueno, no sé qué es esto, tu
hermano dijo que te lo diéramos personalmente, es confidencial,
creo. Quería que lo leyeses y luego él te lo explicaría mejor.
-Vale. Y... ¿entonces estoy aquí para
investigar un caso?
-Es un asesino en serie. -comenzó Alex
mientras apartaba papeles para sentarse encima de la mesa.
-Al principio mataba a sus víctimas al
instante y se llevaba objetos personales. Ha ido evolucionando, ahora
las secuestra, las mantiene vivas durante unos cinco días y luego
las mata. Ha empezado a desollarlas y a algunas les faltan incluso
órganos. Pensamos que los objetos personales son trofeos, pero no
sabemos qué hace con la piel o los órganos.
-Tal vez se los come. Puede ser un
caníbal.
-Puede ser. Pero, ¿para qué las
mantiene cinco días con vida? Además, la última víctima tenía
algo distinto.
-¿Qué?
-Le había arrancado los ojos y en su
lugar había puesto unos ojos falsos de cristal.
-Qué raro.
-Sí, bueno.
-Ha evolucionado mucho.
-Además cada vez hay un margen de
tiempo menor entre los secuestros. Tememos que vaya reduciendo el
tiempo que las mantiene con vida y que las mate antes.
-Pero no creo que suceda. Si pasó de
matarlas al instante a dejarlas con vida cinco días, es por algo.
Tiene una razón para ello.
-Sí, supongo.
Con un suspiro, Alex se dejó caer de
la mesa y dedicó a Shel una sonrisa que se le antojó bastante
falsa.
-Bueno, Hershel... tu hermano debe de
estar al caer. Asegúrate de haberlo leído todo para cuando llegue,
no podemos perder ni un segundo. Hay que atrapar ya a este cabrón.
Si necesitas algo ya sabes donde estamos.
-Gracias, Alex.
Con un gesto de despedida, Alejandro
salió por la puerta.
Shel comenzó a ojear el expediente del
caso. Las fotografías de las víctimas eran estremecedoras y le
revolvían el estómago aun sabiendo que, si algún día trabajaba
ahí, lo más probable es que viera docenas de ellas cada día.
Una en concreto le provocó un
desagradable nudo en la garganta. Miró hacia otro lado y cerró los
ojos con fuerza, apretando un puño contra su boca y tratando de
tragar saliva sin que le dieran arcadas.
La mayoría de las víctimas eran niñas
pequeñas de entre tres y ocho años y presentaban quemaduras, signos
de tortura, extremidades dislocadas...
Decidió apartar los papeles para
tratar de recomponerse un poco cuando el otro expediente se le
resbaló y se le cayó al suelo. Vaya, no se acordaba de él.
“Allen Bane, expediente nº 277”,
rezaba en la portada. ¿Por qué querría Dave que sólo él leyese
ese expediente? ¿otro caso, tal vez?
Shel comenzó a ojearlo. Un perfil
psicológico de un paciente que residía en el Hospital Psiquiátrico
Saint Briggs, en una pequeña isla llamada Honey Breeze, en el lago
Hurón, Michigan. Curioso, muy curioso.
El expediente del Coleccionista podía
esperar. Allen parecía, de lejos, más interesante.
Junto al perfil de la primera página
se adjuntó una foto. Un chico joven, veinticuatro años. Incluso más
joven que él. Shel pasó las páginas con rapidez y leyó algunos
párrafos que parecían interesantes.
Insomnio crónico, terrores y
pesadillas recurrentes. Alucinaciones frecuentes e intensas. Presenta
desórdenes obsesivos graves. El número de brotes ha disminuido
desde la última revisión psiquiátrica. No obstante sigue mostrando
fuertes signos de paranoia. Su consciencia oscila entre lo real y lo
que él piensa que es real.
“... sigue sin poder contar hasta
diez sin romper el cristal del espejo. No ha mejorado su actitud, no
hay ningún cambio en su estabilidad.”
“Pasó tres días bajo la mesa
porque creía que, en cualquier momento, su almohada se abalanzaría
sobre él y lo devoraría. Pasó esos tres días sin comer ni dormir,
únicamente dibujando lo que veía en su cabeza. Tuvimos que
cambiarle la almohada y hacerle una según sus peticiones.”
“ Enero, 22
Pidió un gato por Navidad. Al
negársele, pasó cerca de tres semanas sin mediar palabra con nadie,
ni siquiera consigo mismo. Colgó papeles en blanco por toda la
habitación y, cuando el doctor Steven le preguntó qué eran los
papeles, Allen respondió: son dibujos de mi gato, a lo que el doctor
preguntó, ¿qué gato?, el que no tengo, respondió Allen.”
“ Agosto, 17
Sigue enfadado por lo del gato.”
Cada página
alimentaba su creciente curiosidad. Pero sin embargo Shel tenía más
curiosidad por saber qué tenia que ver Allen con todo eso del
Coleccionista. No era un sospechoso. Desde luego, el haber estado
encerrado por un año en una celda especial de máxima seguridad
vigilada las veinticuatro horas le daba una buena coartada.
Cuanto más leía,
menos lo comprendía y más quería comprender. Hubo algo, sin
embargo, que le sorprendió y le descolocó todavía más: Allen era
un genio. Tenía un doctorado en psicología, otro en biología y
había trabajado de médico forense con el FBI. Se parecía un poco a
él mismo, pensó. Y cerró el expediente en un acto reflejo.
-¡Hershel!
-exclamó una enérgica voz al otro lado de la puerta que casi hizo
que Shel saltase de la silla. Dave acaba de entrar de sopetón.- Joder, parecías un fantasma, me he
dado un susto. No sabía que ya estabas aquí. -Shel levantó la
vista hacia su hermano, que parecía un poco más animado que por
teléfono.
-Eh... sí,
Alejandro me ha traido. Estaba leyendo lo que me has dejado. -dijo
mientras le mostraba los expedientes a su hermano como un niño
pequeño que ha estado haciendo los deberes.
-Sí, ya veo. ¿Te
has puesto al día?
-Más o menos.
Dave se sentó tras
su mesa y apoyó los pies en ésta, dejando escapar un suspiro como
de alivio.
Se estiró un poco
y miró al techo durante unos segundos. Cuando pareció acordarse de
que no estaba solo, se dirigió a su hermano.
-Oye Shel, te
agradezco que hayas venido. Es importante tener tu ayuda en este
caso.
-Eso me han dicho.
De todas formas no me has dado muchas opciones.
-Lo siento, tienes
razón. Es que estoy hasta el cuello. Esta mañana me dieron la
noticia y... -Shel no le miraba.
Dave bajó los pies
de la mesa y se inclinó hacia su hermano.
-Mira, se me han
puesto los huevos de corbata. Aún los tengo por la garganta.
-Pero, ¿no
cononcías ya este caso?
Con una especie de
suspiro-gruñido, Dave volvió a reclinarse hacia atrás en su
sillón.
-Sí y no. Teníamos
un caso de un capullo que mataba a sus víctimas y les quitaba cosas,
en fin, el típico asesino en serie. Pero luego teníamos otro de uno
que las secuestraba y ya sabes. Han resultado ser el mismo, y este
tipo lleva en activo varios meses. Es decir, hemos estado esos meses
tratando el mismo caso como si fuesen dos distintos sin enterarnos.
La administración se ha encargado de hacernos ver lo inútiles que
somos, sabes.
Shel no respondió.
Estaba un poco asustado con todo el asunto, era la primera vez que
trabajaba en un caso de verdad y que encima era tan importante.
Sentía como si todas sus horas de estudio y sus clases no hubiesen
servido absolutamente para nada. Si le hubieran tirado a una piscina
con tiburones hubiera estado más preparado.
-Pero no quiero
aburrirte con nuestras cagadas. Escucha, ¿has leído el otro
expediente?
-¡Ah! Sí, sí. Es
interesante, pero... ¿qué tiene que ver?
-Eso es un...
asunto.
-Dave, soy muy
listo pero no puedo leer tu mente, por mucho que te empeñes en que
sí.
-Escucha... -su
hermano se levantó, se acercó de pronto y le cogió de los brazos.
Shel se sintió extraño, su hermano pocas veces daba esas muestras
de... ¿cariño?
-No te lo pediría
si no fuese necesario. Era mi último recurso, de verdad.
-Suéltalo ya, y
suéltame a mí, me siento raro.
-Ah, lo siento.
-¿No estarás
haciendo un mundo de una tontería?
-Mira, mi equipo
lleva tras este capullo tres semanas. Tres putas semanas y no sólo
no hemos dado con él sino que no tenemos nada. Absolutamente nada.
¿Sabes lo que es nada? Que la administración reconsidere el
presupuesto y la utilidad de esta unidad, eso es no tener nada. Estoy
casi desesperado. Tienes que ir a hablar con este tío, Shel.
-¿Que qué?
Hershel no daba
crédito. Se levantó de su silla y se alejó bruscamente de su
hermano.
-Que hables con él.
Creo que puede ayudarnos en este caso.
-Es un demente,
Dave.
-Lo es, pero es un
puto genio como tú y tiene un doctorado en psicología y bastante
experiencia, ha trabajado antes con nosotros. Su opinión podría
resultarnos útil para perfilar a este maníaco. La tuya también.
-¿Por qué no vas
tú?
-Porque no quiere
hablar conmigo, lo he intentado. Tú tienes cosas en común con él...
tal vez puedas ganarte su confianza y que nos ayude.
-Dave...
-Hershel, no
tenemos nada en el perfil, nada, cero, está vacío.
Shel apartó la
vista de su hermano. No quería ni mirarlo.
Permaneció en
silencio durante al menos un minuto, sopesando la situación o, más
bien, asimilándola. Finalmente no pudo más, y estalló.
-¿Por qué nunca
me das opciones? ¿por qué siempre tengo que hacer yo el trabajo
sucio? Mírate, de jefe de depatamento, firmando papeles y dando
órdenes desde tu despacho mientras yo tengo que meterme en un
manicomio a tratar de sonsacarle algo racional a un neonazi demente
cuyos momentos de lucidez probablemente sean inexistentes. ¡Y
además, como me parezco a él, seguro que podemos llegar a ser super
amigos para que te resuelva un enigma que eres incapaz de comprender!
Dave nunca había
visto a su hermano de esa forma. Hershel le había escupido las
palabras con rabia, sin pensarlas. Para cuando terminó de hablar, se
dio cuenta de que le faltaba el aire.
Shel miraba a Dave,
avergonzado. Pero él no le miraba, porque su hermano tenía razón.
Él estaría en su despacho dando órdenes y recibiendo información
mientras Shel tendría que pasarse el día cara a cara con un
psicótico tratando de descifrar sus palabras. Pero era necesario, no
le quedaban opciones.
-De acuerdo, Shel.
Comprenderé que no quieras hacerlo. Pero escúchame, ¿a ti te
gustan los puzles, no? Pues ese capullo es un puzle en sí mismo. En
cualquier caso me gustaría que nos ayudases con la investigación.
Llévate el expediente, revísalo y llámame si encuentras algo, por
favor.
-Sí, vale. Me voy,
Dave. Le echaré un vistazo en casa.
-Claro. Cuídate,
renacuajo.
Con una sonrisa y
un portazo, Shel se despidió de su hermano. Al principio le había
encantado la idea de ayudar en una investigación, pero ahora lo
único que quería era irse a casa.
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