domingo, 15 de diciembre de 2013

No tengo un buen título para esto, pero +18

ayyyyy


“¡He ganado la apuesta!” exclama Hershel. Trata de meter las llaves de su coche en la cerradura de la puerta, pero sin mucho éxito. Se muerde la lengua, intentando concentrarse. Allen tuerce la cornisa de sus labios en una sonrisa disimulada, espera en la puerta del copiloto y se ríe entre dientes al recordar la escena.

“Eso has hecho, sí,” le responde.

Cuando Hershel por fin abre el coche, Allen se deja caer en el asiento con un suspiro de alivio. Hacía mucho tiempo que no se reía tanto y eso le había drenado toda la energía, aunque seguía sin poder contenerse cada vez que recordaba la cara de los padres de Hershel.

“Qué pasa, ¿no me creías capaz?” pregunta Hershel, intentando meter la llave en el contacto.

“De qué, ¿de abrir la puerta del coche o de robarle el marido a tu tía?”

“Imbécil,” susurra, intentando ahogar una risa algo descontrolada. “Mira esto,” dice mientras se saca una botella de vodka de alguna dimensión entre su cuerpo y su chaqueta, porque no parecía que eso cupiese ahí. Mira a Allen y levanta las cejas con la botella en la mano, sugiriendo un par de tragos.

“¿De dónde la has sacado?” pregunta Allen, refiriéndose más a dónde la ha guardado que de dónde la ha robado. Porque sabe perfectamente que la ha robado, y de dónde.

“¿Por qué te crees que las chaquetas de mis trajes siempre me están un poco grandes? Venga, creo que tengo un par de vasos de bebida del McDonalds por alguna parte,” dice mientras le entrega la botella de Vodka a Allen y se escabulle al asiento trasero.

Allen se gira para encontrarse a Hershel con el cuerpo metido en el hueco entre los asientos traseros y los delanteros, buscando algo bajo el asiento del piloto. Saca un poco la cabeza y sonríe, alzando un vaso de cartón de algún sitio de comida rápida y se pega contra el techo al levantarse de golpe.
Con una mueca de dolor y frotándose la cabeza, se acomoda en su asiento y deja el vaso entre sus piernas.

“Ha sonado,” dice Allen, incapaz de esconder la sonrisa.

“Calla y dame eso,” gruñe Hershel.

Aunque todavía le duele el golpe, se las arregla para olvidarse de ello en cuanto abre la botella de vodka y llena un cuarto de vaso con él. Y todo sin poder evitar una sonrisa inconsciente.
Allen se pregunta si Hershel no ha bebido suficiente, si no tiene que conducir hasta su casa. Porque no piensa pasar la noche en el coche.
Pero por una vez, a pesar de todo ello, no le dice nada. No lo hace, porque sabe que, por una vez, Hershel no está intentando evadir la realidad. Está intentando afrontarla. A su manera, claro.

“Ten,” le dice Hershel, dándole el vaso de cartón con el color rojo desgastado. “Prueba un poco, es vodka azul. Sabe a golosinas.”

“No. No pienso tomármelo así, sin nada.”

“Pues no me queda nada para ponerle. Como no quieras que escupa o me haga una paja...” Allen le mira con el entrecejo fruncido, una mueca entre asco y rechazo y la cabeza ligeramente ladeada. Hershel levanta las cejas y alza un poco el vaso en su típica expresión de no te pierdas esto y se lleva el vodka a los labios, bebiéndoselo de un solo trago. Echa el aire con dificultad y arruga la cara por completo, cerrando y apretando los ojos. Tras recuperarse echa un poco más de alcohol en el vaso y vuelve a bebérselo.

Allen puede ver la mansión de los padres de Hershel desde su ventanilla. Un poco lejos, pero no demasiado. A Hershel no le gusta aparcar el coche dentro de la finca, por varias razones. Una de ellas era que, en una visita anterior, se había tirado al aparcacoches en el patio trasero de la casa. Un polvo rápido pero satisfactorio, había dicho. Por lo visto el muchacho se le insinuaba cada vez que venía y Hershel intentaba quitárselo de la cabeza desde que había descubierto que tenía dieciocho años. A Hershel le daba igual la edad, eso Allen lo sabía, pero se esforzaba por mantener unos principios morales para no descontrolar su vida demasiado. Se tiraría a un niño de quince años si éste se lo pidiese, claro que lo haría. El buen agente del FBI, Hershel Black.
Otra de las razones era que no le gustaba cómo los hijos de sus parientes miraban la tapicería negra recién pintada de su coche. Siempre se lo rayaban o le tiraban algo, lo ensuciaban. Putos críos, había dicho exactamente.
También estaba el tema de cómo odiaba el patio dónde se aparcaban los coches. Odiaba las palomas y los pájaros que se cagaban siempre en el sitio más difícil de limpiar, odiaba las moscas y los insectos y en general esos irritantes árboles que sus padres -bueno, sus jardineros- plantaban cuyas hojas y flores siempre lo dejaban todo perdido. Puta naturaleza, había dicho, exactamente.
Hershel odia la casa de sus padres. Esa era la principal razón de que prefiriese aparcar en el arcén, a algunos metros de la entrada principal. Aunque la del aparcacoches también era una razón de peso.

El coche de su tía Mary y su esposo -probablemente ex-esposo en cuanto llegasen a casa- Aaron, pasó como un rayo en el carril de enfrente. Estaba seguro de que Hershel lo había visto, por el modo en que sonreía.

“Hasta el fondo, Allen. Te juro que toqué su garganta con mi lengua... y otras cosas,” dijo con una voz áspera a causa del alcohol. Volvió a ofrecerle un vaso, y esta vez Allen aceptó.
Acercó el vaso a sus labios y dio un pequeño sorbo, lo suficiente como para que le ardiese toda la boca y la garganta y no parase de toser.

“Joder, eres un blando. Vas a necesitar más que eso, ¿eh?” bromeó Hershel.

La apuesta. Se refería a la apuesta.

Allen torció sus labios en una mueca de decepción. No porque Hershel hubiese ganado la apuesta sino porque tenía razón en lo que acababa de decir: iba a necesitar más que un sorbo para darle lo que había prometido pero era incapaz de tragarse el vaso de un solo golpe sin asfixiarse en el intento.

“A ti ya no te hace falta más, así que deja de beber,” le dice mientras le quita el vaso y la botella de las manos. A lo tonto faltaba casi la mitad, y era capaz de bebérsela entera, Allen lo sabía. Le había visto hacerlo.

Mira la botella y el vaso con una sola idea en su cabeza. Coge aire y exhala despacio, y después echa medio vaso de vodka y se lo bebe, en varios tragos, haciendo muecas y arrugando toda la cara y entre trago y trago un ataque de tos. Pero se lo bebe.

Deja el vodka y el vaso tras su asiento y se frota la frente. Allen nunca bebe, así que se imaginó que aquello de empezar a tener un poco de calor era normal. Pero se lo pregunta a Hershel de todas formas.

“Bueno, has bebido muy poco. Pero no sé, puede ser.”
“¿Por qué te gusta tanto beber? Esto está asqueroso. ¿Gominola? ¿En serio? Y una mierda.”

Hershel ríe entre dientes, mordiéndose el dedo índice y mirando a la carretera. Se estira en su asiento y deja escapar un gemido de alivio.

La apuesta de aquella noche había sido la mejor y peor idea de Allen en mucho tiempo. Pensaba que Hershel no iba a ser capaz de ganarla, pero esperaba que lo hiciera. No por lo que había apostado sino por lo que significaría para él.
La apuesta, según la hicieron -e incluso firmaron en un folio- consistía en que Hershel y Allen irían a la cena de los padres del agente esa misma noche. Allen sugirió que una vez allí, Hershel se liase con el marido de su tía recién casada, un actor, un tipo muy atractivo con el que Hershel llevaba flirteando algunos meses con tal de llevárselo al catre, pero nunca lo consiguió. En cambio se casó con su tía Mary, para dar el pego. Porque claro, ser heterosexual es lo normal, ser gay es otra cosa, pero los bisexuales no están muy bien vistos todavía. Y Hershel sabía, claro que lo sabía, que Aaron era bisexual -sobretodo tras encontrárselo en un sitio de citas on-line-. Y le daba exactamente igual, sólo quería su culo.
Esa era la apuesta. Si Hershel no lo conseguía, debía limpiar la caja de arena de Chester durante dos meses -y el pobre gato tenía diarrea-. Pero si Hershel lo conseguía..., bueno, Hershel era más exigente. Robarle el marido a su tía tenía que tener un buen premio. Uno muy bueno.

“¿Y bien?” preguntó Hershel en un tono impaciente. Y bien. Y qué demonios quería que Allen respondiese. “¿Dónde está mi premio, chico psicótico?”

Era invierno, el coche estaba rodeado de nieve y los cristales empañados de la humedad, pero Hershel había enchufado la calefacción y Allen sentía que su piel ardía bajo la camisa, así que se la desabrocha y se la quita, quedándose con su camiseta interior. La peor idea después de la de la apuesta.

“Eso es, quítatelo todo...” susurra Hershel mordiéndose el labio inferior, probablemente sin darse cuenta de que había pensado en voz alta.

Todavía no está borracho, pero el alcohol empieza a hacerle efecto. Allen se pregunta si podía emborracharse a esas alturas, con la resistencia que tenía. Pero siempre se ponía así cuando bebía más de lo que debía. Flirteaba con todo lo que se moviera. No tanto flirtear como anunciar sus intenciones sin ningún tipo de reparo.

Hubo un silencio incómodo. Un silencio poco común entre ellos, el tipo de silencio que tenía lugar cuando Hershel se quedaba embobado sin darse cuenta y Allen deseaba tener algún lugar en el que esconderse. El tipo de silencio que Allen no odiaba pero prefería evitar. Porque le hacía sentirse incómodo, le ponía nervioso y sobretodo le asustaba. Porque sabía que Hershel nunca haría nada que él no quisiera, pero en ese momento no estaba tan seguro de qué era lo que quería.

“¿Vamos a pasar la noche aquí, en el arcén, enfrente de la mansión de tus padres? Porque si es así me pido el asiento trasero,” replica en un intento por romper su propia burbuja de tensión.

“Oh. No, eeh... no. Nos moveremos en un ratito, cuando deje de ver doble, heh. Es broma.” Aclara, evitando mirar a Allen.

“Oye Hershel, ¿alguna vez has dejado que te den en vez de dar tú?” Dice Allen de pronto, en una retahíla de palabras sin siquiera pararse a coger aliento. Después mira al frente con un gesto de sorpresa, como si acabase de darse cuenta de lo que acababa de soltar, y dice, “¿por qué he dicho eso?”
Hershel trata de responder entre cada risotada, pero solo es capaz de pronunciar un par de sílabas antes de estallar de nuevo.
“Tío, ¿en serio? Te has tomado... como, medio vaso de vodka y creo que no llega a un vaso de ron y ya estás diciendo cosas que no quieres. Oh, tío, tienes que beber más a menudo.” Allen lo mira, todavía con los ojos abiertos de sorpresa. Prefiere callar antes que volver a decir algo que creía haber pensado.
Cuando Hershel por fin deja de reír -aunque le dan espasmos de vez en cuando- rodea a Allen con su brazo y lo trae hacia él, frotando su hombro y mirándole con una sonrisa compasiva.
“No te agobies tanto. Y respecto a la pregunta, sí, me he dejado, pero digamos que no es lo mío. O a lo mejor no he encontrado al tío adecuado todavía.”

“Bueno, ¿y qué has pensado, Hershel? Ya que has ganado la puta apuesta.”

“Vaya, verás... Ahora que lo dices, no lo sé. Tu culito es mío toda la noche, chico psicótico.”

Allen lo sabía, que eso no iba en serio. Aunque también sabía que, en cierta medida, Hershel deseaba poder haberlo dicho completamente en serio. No pudo evitar un ligero escalofrío recorriendo su espalda hasta su nuca, haciendo tiritar un poco sus hombros encogidos. Y se moría de calor.

Hershel mira al frente de la carretera con la boca entreabierta y los ojos estrechados, igual que hace cuando tiene un dossier delante y trata de pensar. Solo que con los dossier no le costaba tanto. Exclama un oh y se gira hacia Allen.

“Quiero un beso,” dice.

El rostro de Allen se tensa de golpe.

“No.”

Hershel se lame los labios.

“Claro que sí. Puedo pedir algo peor, y puedo conseguirlo. Y lo sabes.”

“Me cago en la puta.” Suspira, mirando a través de su ventana, intentando darle la espalda a Hershel. “Eres el agente del FBI más hipócrita que he visto en mi vida.”

Hershel sonríe, conteniendo una risa en su pecho. Allen sigue dándole la espalda. Comienza a acariciarle el cuello por debajo de la oreja muy suavemente. Allen se gira de golpe y le da un manotazo para apartarle de ahí. “¡Deja de tocar-!”

Hershel empuja a Allen hacia él sin dejar que se resista, mordiéndole los labios para obligarle a abrir la boca, saboreando el interior con su lengua. Pone una mano en el cuello del chico psicótico. Se asegura de lamerle los labios antes de dejar que se aparte del todo, y luego vuelve a lamerse los suyos.

Ninguno de los dos dice nada, pero una sonrisa maliciosa juguetea en el rostro de Hershel. Allen está demasiado aturdido para articular palabra. No ha estado tan mal.

Hershel vuelve a empujarle, pero Allen pone una mano en su cara y le aleja.

“Dijiste uno,” replica, mordiendo las palabras.

“¿Eso dije?” Susurra. Acaricia los labios de Allen con el pulgar, se inclina sobre él, forzándole a retroceder hasta lo que el respaldo del asiento le permite y dice, “mentí.”

Vuelve a besar a Allen, empujándole contra el respaldo. Suelta un gemido entre dolor y placer cuando Allen le clava los dientes en el labio inferior. Allen tiene los ojos cerrados y Hershel es incapaz de ignorar la mano que le estira del pelo con ansia en su nuca. Trata de apretar sus labios contra los de Allen, pero él se aparta y muerde, le lame los labios, la mejilla, lo que encuentre, y luego le trae hacia él al tiempo que araña la parte de atrás de su cuello.
“Joder, sí,” musita, trazando con su lengua el labio inferior de su chico psicótico.

Se apartan de nuevo y Hershel suspira. Allen abre los ojos despacio, pero evita mirar a su compañero.

Joder, eso ha estado bien.

Hershel le observa respirar pesada y lentamente. No se lo espera cuando Allen tira de los hombros de su chaqueta y le obliga a cambiar de asiento, poniéndose encima de él. Con una pierna a cada lado de la cintura de Allen y encorvándose para no pegarse contra el techo, busca la palanca de debajo del asiento con la intención de echarlo hacia atrás todo lo posible.

Hershel está tan cerca que Allen puede notar la mezcla de Mentos y alcohol en su aliento. Joder, puede notar su respiración contra su pecho. Hershel se inclina más todavía de forma que su oreja queda a pocos centímetros de la boca de Allen. El perfume que se había echado antes de salir ha perdido fuerza, pero su cuello todavía huele a vainilla.
Casi grita cuando Hershel logra encontrar la palanca y cae contra su cuerpo con un golpe seco a causa del respaldo reclinándose hacia atrás. Hershel pretende decir algo pero Allen le muerde el lóbulo de la oreja y un gemido ahoga la disculpa.

“¡Aahhh...! ¡Cabrón!” gruñe, incorporándose un poco. Allen no le responde, sólo le mira. “Qué pasa,” dice, “¿ahora te pongo?”
Allen sonríe y aparta la mirada.

Hershel apoya sus manos en el respaldo del asiento y trata de ponerse cómodo, pero se lo piensa mejor y aprovecha la postura para frotar su cintura contra la de Allen. Él cierra los ojos y abre la boca, pero ningún sonido sale de ella. Hershel repite el movimiento. Allen echa la cabeza hacia atrás. Hershel sonríe y vuelve a hacerlo, despacio pero fuerte.

Hershel abre la boca decidido a decir algo, pero Allen se asegura de hacerle callar de nuevo apoyando la palma de su mano sobre los labios de Hershel.

“Sigue y cállate,” le dice. “En cuanto esto termine no quiero que hables de ello, nunca... con nadie, o deslizaré un cuchillo por tu preciosa garganta,” le dice, clavando sus uñas en la cara de Hershel.

Hershel sonríe y se muerde el labio inferior, lamiendo los dedos de Allen al tiempo que deja caer su cuerpo, se desliza hacia adelante y se levanta. Frota su erección contra la de Allen, cada vez un poco más rápido, cada vez un poco más fuerte. Hershel sabe que su chico psicótico no quiere oír absolutamente nada, ni siquiera algo que venga de su propia garganta, pero no puede evitar gemir -casi gruñir- cuando Allen le clava las uñas en el pecho bajo su camisa. Sabe que le dejará marca, sabe que le hará sangrar, pero no le importa. Más bien le gusta.
Y le gustaría hacerle lo mismo, a Allen. Pero no se dejará, eso lo sabe. Simplemente sigue meciendo su cadera adelante y atrás.

“Ahh, sí...” gime Allen en poco más que un susurro.

Las hebillas de sus cinturones chocan y tintinean, haciendo todo tipo de sonidos desagradables, pero Hershel está demasiado concentrado en sentir la fricción, en los ruiditos ahogados y quebradizos que surgen de la boca de Allen.

“Hhnn... Hersh-el...” dice en largos silbidos casi inaudibles. Joder, cada vez que Allen pronuncia su nombre le da un escalofrío.

El chico psicótico apoya sus manos alrededor del cuello y los hombros de Hershel, arañando y clavando sus uñas cada vez que lo embiste. Puede notar cómo su cintura se levanta y su espalda se curva, abriendo un poco las piernas. Oh, la de cosas que le haría, a su chico psicótico.
Hershel se inclina hacia adelante, rozando los labios de Allen con los suyos, mordiendo sus gemidos.
Allen exhala en un sonido que casi parece una palabra y Hershel empuja con más fuerza, apenas separándose del cuerpo de Allen, respirando sus jadeos.
El chico se lleva una mano a la boca en un intento por ahogar un interminable aullido que Hershel apaga con un lametón en los labios.
Atrapa las muñecas de Allen con sus manos y las estampa contra el respaldo, apoyándose e impidiendo que pueda tapar esos deliciosos gemidos.
Allen se queja -o parece que se queja-, así que Hershel le castiga empujándole con más fuerza, sin dejarle respirar entre cada movimiento.
“Ss-suéltame... Hershel, suéltame...” replica en una especie de lamento. Hershel sonríe ante ese pedazo de fantasía hecho realidad, pero le suelta. Los dedos de Allen se enredan con el pelo de Hershel hasta bajar por la nuca y frotarlo, sin ningún motivo más que el de sentir a Hershel cerca.

Hnn, Hershel...” Allen gimotea, sin cerrar del todo su boca, empujando a Hershel hacia él y respirando en su mandíbula y dejando escapar un gemido largo y quebradizo, “Nnnnhmmm... ¡aahhh!” Hershel lo contempla, hambriento, sintiendo el cuerpo de su chico psicótico retorcerse bajo él, por él. Gemía, forzando una hilera de palabras incoherentes sin aliento; “Nhnn HershelHershel... nhh-sí... Hhss-s-sí... Aaah!...”
Le clava las uñas con tanta fuerza que Hershel aprieta los dientes para contener un quejido, y se detiene.

Se deshace de las manos de Allen y se reclina hacia atrás, observando cómo intenta recobrar el aliento.
Se masajea el cuello, que tiene un tanto dolorido, y cuando se mira, algunos de sus dedos están tintados de un rojo apagado y seco. Por un momento se pregunta cómo va a ir al trabajo el lunes. Quizá tengan un gato nuevo que araña mucho. Ya se inventará algo.

Ninguno de los dos dice nada durante unos minutos. Allen ni siquiera le mira.
Hershel abrie la puerta y salie, estirando sus brazos y sus piernas, mirando hacia la casa de sus padres, cuyas luces del jardín y del patio siguen encendidas.

“Dave se lo estará pasando bien,” piensa en voz alta. “¿Te lo has pasado bien, Allen?” Dice, mirándole a través de la ventanilla.

Allen baja el cristal y le devuelve la mirada, aunque no es capaz de aguantarla ni un par de segundos. “Ehh, claro. Ha estado bien,” concede con la voz temblorosa. Baja la cabeza y mira sus pantalones, mordiéndose los labios en un gesto de oh, que mierda.

“¿Entonces te ha gustado?” Pregunta Hershel, asomando su cabeza por la ventanilla, con sus brazos metidos hasta la mitad y apoyados en el hueco.

Allen no le responde enseguida, porque no está seguro de qué responder. Sabe a qué se refiere, y no es a la fiesta. Claro que no.
Siendo él, por una vez, el que le había llevado a esa situación, no quiere ser desagradable. Pero, joder, no sabe ni lo que se le pasa por la cabeza en ese momento.

“S-sí, ha estado... bien.”

Hershel alza las cejas en un gesto de sorpresa y satisfacción. Ríe en una amplia sonrisa y abre la guantera para sacar un paquete de pañuelos que Allen agradece torciendo una tímida sonrisa.

“Hershel, eh... creo que podría decir que esto ha sido un caso aislado...” dice mientras se desabrocha el cinturón con torpeza.

“No tienes que decir nada ahora. Bueno, ni nunca. Soy consciente de que ha sido un hecho aislado, Allen. Me costará, pero lo superaré,” explica, revolviendo en la guantera hasta sacar un tubo de plástico y agitarlo para ver si todavía quedan Mentos en él. “Pero, escucha, yo estoy puestísimo y tú estás, obviamente, muy espabilado, así que dejemos esto en un rincón y no dejemos que afecte a nuestra relación. Lo que quiera que haya entre los dos,” y se mete un par de pastillas en la boca, dejando el tubito en la guantera y cerrándola de un golpe.

“Somos amigos,” dice Allen.

No, Allen. Los amigos se abrazan y se van de fiesta y se emborrachan juntos y no se gruñen porque uno se equivocó al hacer la compra. Y, sobretodo, los amigos no follan en el coche aparcado en un arcén de una carretera abandonada y lo llaman un caso aislado. Eso lo hacen los adolescentes cachondos. Bueno, y nosotros.”
Cierra la puerta y da la vuelta al vehículo para entrar por la del piloto. Arranca el coche en cuanto se sienta y mira a Allen, que no ha apartado la mirada de él y parece realmente confuso.
“¿Qué pasa?”

Allen ladea la cabeza y estrecha los ojos, arrugando las cejas. “¿Vas puesto?”

El rostro de Hershel se tensa en un espasmo de sorpresa. Mira a Allen con los ojos muy abiertos, una mueca que pretende ser una sonrisa y levanta las manos en un gesto de, ¿qué? Y dice, “Crack.”

“Crack,” repite Allen en un tono áspero.

“El almacén de pruebas... el caso del camellito abandonado... se me fue la mano... ¡venga ya, son cosas que pasan!”

“¿Vas a conducir con media botella de vodka y una pastilla de crack?”

“Sí. O eso, o aprendes a conducir.”

“Vale. Si nos matas procura que sea en un sitio público, así por lo menos nos llevamos una portada de periódico.”

Hershel rió en una carcajada y apretó el acelerador, “Que hijo de puta.”


No hay comentarios:

Publicar un comentario

Si dejas un comentario puedes ganar uno de los siguientes premios:
-Si el comentario es amistoso, te llevas un poco de swag.
-Si es muy amistoso, te llevas un chococrispi.
-Si eres un hater, abstenerse de comentar, pero si lo haces, entonces morirá un gatito.
-Si eres muy hater, Cocoloco y los giroides te perseguirán hasta convertirte en uno de ellos.
-Si eres un bot: Beep, beep, bip. Boop beeep -- BEEP. Bip.