-Déjalo, no puedo más con esto, me largo de aquí -dije. Aparté a Al de un manotazo y me dispuse a salir por la puerta, pero no conseguía apartar la tabla que había puesto para bloquearla, así que la arranqué directamente y salí. Me pareció oír que Al decía algo, pero preferí no escucharlo.
Fuera estaba nevando. Bueno, todavía no sé si era exactamente nieve, dado que nunca he visto nieve de verdad. Pero era blanca, húmeda y fría, justo como me sentía en ese momento.
Mantuve mis brazos cruzados con tal de aguantar un poco el calor, pero me estaba empapando y no había mucho que hacer, mi chaqueta estaba en el refugio. Contemplé el Ojo. El cielo negro y las nubes rojizas destacaban entre el azul grisáceo que proyectaba la cúpula. Miles de estrellas encendidas como pequeñas briznas de sal en una mancha de tinta. Nada caía por el agujero. Me parecía increíble cómo, después del golpe, la cúpula seguía proyectando su ciclo climático programado, incluso cuando no había nadie para monitorizarla ni mantenerla. Una auténtica maravilla del hombre, pensé.
A veces me apetecía decirle a Al que me llevase volando hasta el borde del Ojo. Deseaba con toda mi curiosidad asomarme a la superficie y contemplar el cielo y las estrellas, el mundo real, que yo nunca había visto. Bueno, no es que nunca hubiera estado fuera de la cúpula; a decir verdad mi ciudad estaba al aire libre, en una zona alejada de todo peligro. Pero el mundo que yo quería ver, el mundo real, era el mundo lejos de la influencia del hombre. El mundo que ya no era suyo, el mundo que dejaron los demonios y los ángeles, el mundo oscuro y frío, el mundo con el cielo negro y las nubes rojas, estrellas parpadeando como bolas de fuego incluso de día, el mundo y sus ciudades enteras abrasadas y cubiertas de ceniza. El mundo, nuestro mundo, al fin y al cabo. Oh, y lo que hubiera dado por verlo.
A veces me apetecía decirle a Al que me llevase volando hasta el borde del Ojo, pero entonces recordaba que Al no puede volar. Recordaba que los únicos ángeles que había conocido capaces de volar eran más perros que ángeles.
Observar el Ojo me fascinaba y me incomodaba. De vez en cuando veías caer una estrella y te preguntabas si era un ángel.
Me froté los brazos, tiritando un poco. El frío me calaba los huesos y mi nariz y mis orejas parecían arder; me daba la sensación de que se me iban a caer en cualquier momento. Mis dientes trataban de castañear pero estaba demasiado congelado como para mover la mandíbula. Exhalé, formando una pequeña nube blanca que se desvaneció al contacto con el aire.
-Jim, ponte esto -dijo una voz áspera a mi espalda. Me giré despacio, intentando no separar mis rodillas para mantener el calor. Por supuesto, era Al. Claro que era Al, sosteniendo mi chaqueta. Me miraba con la cabeza ligeramente ladeada, las cejas fruncidas en una expresión preocupada. Tenía los brazos extendidos hacia mí, levemente flexionados. Mantenía una distancia, era prudente de acercarse, probablemente porque pensaba que todavía estaba enfadado con él.
Hice mi mejor esfuerzo por no parecer un robot borracho y me puse la chaqueta con rapidez y mucha torpeza.
-Gracias -le dije.
-De nada -abrió la boca para decir algo, pero no lo hizo. Apartó la mirada, agachó la cabeza y preguntó, con un tono tímido y un tanto infantil-: ¿Sigues enfadado conmigo?
No pude evitar reírme entre dientes al oírlo. Y la expresión en su rostro...
-No. Claro que no, perdóname. Es que... estoy un poco triste, sabes.
-¿Puedo hacer algo al respecto?
-No, no lo creo.
Me cubrí con una de las mantas que Al había recogido para mi cama hacía un par de semanas y corrí la cortina roída de una de las ventanas, asomando la cabeza por el marco del cristal roto. El Ojo estaba parcialmente tapado por un edificio, pero todavía podía vislumbrar un rastro de nubes rojas.
-Si te gusta tanto el cielo yo puedo hacer uno -dijo Al, sentado junto a la hoguera que habíamos improvisado en el hueco de lo que había sido una bonita chimenea.
-¿Cómo que puedes hacer uno? -pregunté.
Al se levantó y comenzó a cerrar todas las ventanas y a taparlas con las cortinas, mantas y todo lo que encontrase, de forma que lo único que iluminaba la habitación era la hoguera, hasta que sopló un poco y el fuego se atenuó.
Todo estaba casi completamente a oscuras. Sólo podía ver cerca de un metro más allá de mí y porque estaba cerca del fuego. No podía ver bien a Al pero habría jurado que sonreía.
Alastair cerró los ojos (creo que lo hizo) y cogió una brizna de fuego con su dedo índice, que dejó señalando el aire. Me reí un poco porque me recordaba a E.T., y Al me miró con su típica expresión de no entender lo que ocurre a su alrededor. Pero continuó señalando el aire, hasta que apartó el dedo y la brizna de fuego se quedó suspendida en la oscuridad, desprendiendo un brillo tenue y anaranjado. Cogió otra brizna y la suspendió junto a la otra, ésta era un poco más grande. Continuó haciéndolo, llenando el espacio que nos separaba de pequeños brillantes que parecían colgar de un hilo invisible, cada uno con su propio tamaño y brillo. Y mientras lo hacía yo lo contemplaba con los ojos llorosos de tan abiertos que los tenía y sin poder cerrar la boca. Cuando terminó, hizo un par de gestos con la mano y un poco de humo se deslizó entre las diminutas estrellas que había creado, oscureciéndolas y tapándolas, formando unas hermosas nubes grises.
-Bueno, no es exactamente como el cielo pero es todo lo que puedo hacer con lo que tengo -yo no respondí-. En realidad, si tuviese los materiales adecuados, podría crear una estrella de verdad... aunque, claro, eso sería peligroso.
No podía dejar de mirar el pequeño cielo que tenía ante mí.
-¿Jim? ¿Estás bien? ¿Debería desmontar todo esto? ¿te está afectando? -preguntó sin darme tiempo a responder.
-¿Qué? ¡No, no! ¡Ni se te ocurra desmontarlo, Al! Es fascinante. Estoy boquiabierto, nunca había visto nada parecido, no tenía ni idea de que podías hacer esto.
-¿En serio? Es tan sencillo como suspender briznas de fuego en el aire, ya me has visto usar mis poderes antes.
-No se trata de tus poderes, se trata de esto, esto de aquí, esto que has hecho. ¿Entiendes? No son solo briznas suspendidas en el aire, Al.
-No lo comprendo. Lo he hecho porque pensé que te gustaría.
-Y así es. Me encanta. Es una de las más hermosas vistas, si no la que más, que he podido contemplar en toda mi vida. Y la has hecho tú, para mí.
Alastair no respondió. No lo hizo, pero sonrió con la cabeza agachada y sus plumas erizadas. Extendía sus alas con timidez, pero estaba tan feliz que seguramente hubiera querido hacerlo de golpe, como un gesto de emoción. Lo entendió, estoy seguro.
No recuerdo haber dormido tan bien como aquella noche.
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