Marruecos, 19 de Octubre de 2017
Podía oírlo. A pesar de la gruesa
cúpula que cubría la ciudad, podía oír el estruendo de los
truenos que resonaba a través del Ojo, el agujero de la cúpula, y
podía oír los rayos golpeando contra la superficie del falso cielo
de metal.
Parecía que Alastair golpeaba más
fuerte con cada latigazo, con cada grieta eléctrica que rompía las
nubes. Se movía entre destellos al ritmo del rumor de los truenos,
decapitando con un tajo limpio a cada demonio que se abalanzase sobre
él.
Podría jurar que pequeños diamantes
brillaban en sus plumas, podía jurar que cada vez que Alastair
alzaba sus alas al cielo, éste respondía con un fuerte latigazo
eléctrico, deslumbrante.
Podría jurar que Alastair se movía
como la misma tormenta que trataba de perforar la cúpula, con la
misma furia, con la misma belleza. Tan grácil como despiadado.
Alastair no tenía piedad ni paciencia.
Deslizaba su espada a través del aire y la carne con tanta facilidad
que podías creer que los demonios estaban hechos de gelatina. No los
dejaba defenderse, no los dejaba huír.
Era realmente intimidante ver luchar a
Alastair. Era como debe ser un ángel, grácil, elegante y delicado,
pero al mismo tiempo era como aquella misma tormenta, impredecible,
rápido, implacable y brutal.
Brillaba, os juro que brillaba.
Se volvió hacia mí cuando no quedó
ninguno. Comenzó a caminar en mi dirección con pasos largos,
todavía sosteniendo la espada en la mano. Su hoja, de un blanco
plateado, mantenía su brillo bajo la capa negruzca y carmesí que
goteaba a cada paso. Una hilera de sangre salía de cada una de sus
fosas nasales y caía hasta la barbilla, atravesando sus labios. Sus
ojos cristalinos parecían brillar con intensidad en mitad de la
suciedad que cubría su rostro. Siempre me habían fascinado los
anillos blancos que rodeaban sus pupilas.
El ángel me miró con el entrecejo
ligeramente fruncido. Le cedí su pañuelo azul y limpió la sangre
de su espada con él y se lo puso al cuello.
Me quedé mirándole. Se encontraba a
varios metros de mí, con la mirada fijada en algún punto del final
de la calle, estirando sus alas con comodidad.
La tormenta había amainado. Los
truenos se escuchaban lejos y débiles y eran lo único que se oía.
Entonces lo supe.
Alastair está hecho de eso. Alastair
es electricidad y poder. Alastair está hecho de energía, polvo y
supernovas colisionando unas con otras. Alastair podría comerse
nuestro sol e iluminarnos con su sola presencia.
Alastair es una tormenta a la que no le
basta con dejar caer unas pocas gotas.
Los ángeles están hechos de estrellas
y nadie puede convencerme de lo contrario.
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