No se había dado
cuenta de que le temblaban los dedos hasta que comenzó a sacar
varios papeles de su carpeta. Se los miró durante un instante,
pensando en lo absurdo de la situación. Ni siquiera sabía todavía
si Allen iba a cooperar. Pero estaba asustado de que sí lo hiciera.
De repente le
empezó a picar cerca de los ojos, así que levantó una mano para
rascárselos y dejó caer la carpeta con un movimiento torpe.
Miró al chico que
le observaba al otro lado del cristal y se agachó un poco para
alcanzar su carpeta. La recogió sin apartar la mirada del chico y la
dejó sobre sus muslos.
Su respiración era
pesada, estaba tan nervioso que temía no poder pronunciar ni una
palabra.
Estaba dispuesto,
siempre lo estaba, a hacer cualquier locura por su hermano. Otra cosa
es que fuera capaz de ello.
La incertidumbre y
la inseguridad recorrían su espalda cada vez que recordaba el título
que se le había dado en su ficha de agente especial. No podía
dejar de preguntarse qué demonios significaba eso.
Se ajustó las
gafas y ordenó los papeles que había sacado, evitando mirar al otro
lado del cristal.
-Eh... Allen...
¿Bane? -preguntó.
Alzó la mirada
para encontrarse con la de Allen, que no había perdido la sonrisa,
aunque ahora era más disimulada. Allen no contestó. Hershel cogió
aire y dijo:
-Antes de
empezar... me gustaría saber si estás dispuesto a participar en la
investigación de este caso ya que antes has participado en varios y
se ha solicitado tu asistencia -soltó en una hilera de palabras sin
siquiera pararse a coger aliento entre ellas.
Allen se acercó
más al borde de su cama y se sentó con las rodillas pegadas al
pecho. Hizo un amago de hablar, pero ningún sonido salió de su
boca, en cambio soltó una corta y casi inaudible carcajada. Tragó
saliva y se apoyó en la pared con las rodillas flexionadas hacia él
pero sin que llegasen a tocarle el pecho. Sus manos jugueteaban con
los dedos de sus pies.
-¿Crees que voy a
ayudarte? -preguntó, frunciendo un poco las cejas. Hershel se
estremeció en su interior. Cruzó las piernas y se echó hacia
adelante, encorvándose sobre sus papeles. Cogió aire de nuevo.
Parecía que necesitaba carrerilla cada vez que quería hablar. Se
sentía estúpido.
-No lo sé, solo
quiero saberlo -dijo, tratando de utilizar un tono serio aun cuando
su voz se quebró de forma casi imperceptible al final de la frase.
-Dime lo que crees
-insistió Allen.
Hershel cruzó la
otra pierna y se revolvió un poco, como intentando ponerse cómodo.
-Creo que no
-respondió.
Allen levantó un
poco la cabeza y miró a Hershel por encima. Ni siquiera habían
empezado y ya se estaba divirtiendo. Le gustaba.
-¿Y qué esperas
que haga? -preguntó en un tono travieso. Bajó la cabeza y antes de
que Hershel pudiera responder, añadió-: ¿Qué quieres que haga?
No respondió
enseguida.
Se pasó la lengua
por los labios y se mordió el labio inferior mirando al suelo.
Suspiró despacio.
Allen esbozó una
sonrisa de oreja a oreja, sus dientes apenas destacaban entre los
tonos rosados y pálidos de su piel.
-Dilo -susurró el
chico psicótico. El sonido rebotó por las paredes blancas de la
habitación hasta llegar a los oídos de Hershel con un cosquilleo
seguido de un escalofrío.
Hershel alzó la
vista y se encontró con los gélidos ojos de Allen mirándole
fijamente. Durante más de seis segundos, ninguno apartó la mirada.
Allen ni siquiera parpadeó.
El agente
especial del FBI frunció el ceño y estrechó un poco los ojos.
Allen le imitó, ladeando la cabeza.
Quiero irme a mi
casa y beberme una botella entera de vodka para olvidar esa sonrisa
condescendiente y esa mirada inquisitiva. Pensó, pero no lo dijo.
Quiero que digas
que sí para participar en un caso del FBI, para poder demostrarle a
Dave que hace tiempo que dejé de ser pequeño, pero que todavía soy
su hermano. Pensó, pero no lo dijo.
Allen se levantó
de la cama y cogió su silla, situándola frente al cristal reforzado
y sentándose cara a cara con Hershel, como siempre, con sus rodillas
flexionadas contra su pecho y manoseando sus calcetines. Hundió su
cara entre sus rodillas y su pecho, ocultando su rostro desde el
puente de la nariz hasta la barbilla. Empezó a mordisquearse las
uñas.
Esperó
pacientemente. Al fin y al cabo, no se iba a ir a ninguna parte.
La luz que
despedían los focos del techo caía sobre el cemento sin pintar de
las paredes y el suelo, reflejándose en el cristal de la celda de
Allen. No se oía nada salvo el repiqueteo de los dientes de Allen
contra sus uñas.
Clac, clac,
y seguía mirándole fijamente. Se detenía. Ladeaba la cabeza hacia
el otro lado. Clac.
Una gotita de
sangre salió a presión bajo la uña del dedo índice del chico. Se
la miró, desconcertado, pero no sorprendido. Se llevó el dedo a la
boca y lamió la sangre, esperando que dejase de salir.
Hershel se inclinó
más todavía hacia Allen, apoyando sus codos sobre sus muslos, y
dijo en voz baja:
-No voy a jugar a
esto.
Allen abrió los
ojos de pronto, no tan sorprendido como satisfecho. Apoyó sus pies
en el suelo y arrimó su boca al cristal lo suficientemente cerca
como para impregnarlo con su aliento. Antes de que se evaporase,
dibujó con su dedo una S, una barra y una N.
Volvió a su sitio,
levantó las cejas y miró a Hershel con media sonrisa inacabada. Se
lamió los labios.
Hershel ya no
estaba nervioso, había olvidado lo que era esa sensación. Ahora
estaba intrigado, ávido.
Peculiar no era la
mejor de las palabras, pero era la única que se le ocurrió en ese
momento para describir al chico del otro lado del cristal.
Así que trazó un
círculo alrededor de la S con su dedo índice. Y le devolvió la
sonrisa a Allen.
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