Varios coches de
policía cortaban uno de los carriles de la carretera, los oficiales
rodeaban la escena de forma que apenas podía verse algo entre sus
cabezas. El cordón policial era lo único que separaba el cadáver
de la muchedumbre morbosa que trataba de acercarse lo más posible
para conseguir una buena foto con el móvil, un recuerdo más, listo
para ser contado y colgado en cualquier red social. Algo de qué
hablar con la familia y los amigos.
El olor del césped
recién cortado no lograba tapar la mezcla de sangre y gusanos que
despedía el cuerpo, pero al menos le distraía de pensar en ello.
Aunque a Dave ya no le afectaban ese tipo de cosas.
Un par de oficiales
se apartaron para dejarle pasar, indicándole el lugar en el que se
encontraba el cadáver. Caminó hacia él. A tan solo unos metros de
la acera, en mitad de un parque, dentro de una caja de regalo, ahí
estaba el cadáver de una desfortunada niña de apenas seis años. La
caja era demasiado pequeña como para que cupiese, así que sus
extremidades estaban dislocadas. Parecía dormida. Su piel había
cogido un tono azul verdoso muy pálido que la hacía parecer una
muñeca de porcelana.
Dave observó el
cuerpo con un gesto de asco. No por el olor, ni por el cadáver en
sí, él ya estaba acostumbrado. Se agachó junto a la niña y la
observó durante unos segundos. Apartó la mirada, como analizando
posibilidades. Uno de sus ayudantes le tendió un par de guantes de
látex. Estrechó los ojos mientras cogía con el dedo lo que parecía
ser una pequeña gota de sangre que salía de uno de los ojos. Se
levantó, sosteniendo la gotita de sangre roja en su dedo. Sin dejar
que cayera, se dirigió hacia el médico forense, que estaba junto a
la caja, rellenando una ficha en un portapapeles con los ojos caídos
y el ceño fruncido.
-Mark -dijo Dave,
sin apartar la mirada de la gotita de sangre. Mark le miró con
curiosidad-. Esto es sangre. Creo que le ha salido de un ojo.
-Acabo de llegar,
no he tenido tiempo de examinar por completo el cadáver -respondió
sin dejar de garabatear en la ficha.
Dave se quitó los
guantes de látex y arrancó el portapapeles de las manos del
forense. Le miró con las cejas levantadas hasta que Mark resopló
con resignación y se dio la vuelta para mirar al cadáver.
Era una manaña
demasiado tranquila y bonita. Dave se preguntaba cuándo fue la
última vez que disfrutó de una mañana como esa sin ningún cuerpo
contaminando el aire de por medio.
Al principio le
impresionaba. Cada nuevo caso en el que participaba le daba una nueva
perspectiva del mundo, de las personas. Al final, todas esas
perspectivas confluyeron en una sola. La única perspectiva válida
en ese trabajo era que la gente era capaz de cosas que nunca creíste
imaginar por razones que nunca imaginarías ni mucho menos
comprenderías.
Trabajar para el
FBI significaba que ya no verías a la gente de la misma manera. Los
primeros meses, Dave no podía comer carne. Después vinieron las
pesadillas, la falta de sueño. De la falta de sueño surgieron los
delirios, éstos hicieron que se separase de Juno por un tiempo. Al
final se acostumbró.
Se acostumbró a
ver morir a la gente, a esperar a que muriesen. No era inusual ni
desagradable pasar horas frente a un cadáver escudriñando cada
rincón de su cuerpo en busca de pistas. Las víctimas eran algo
normal y hasta bienvenidas en algunos casos. Los asesinatos más
bizarros y los sujetos más extraños se convirtieron en algo
habitual. Las pesadillas cesaron y volvió con Juno.
Los pajaritos
cantaban, las madres pasaban corriendo en la acera de enfrente
tapándoles los ojos a sus niños en brazos y el césped olía a
recién cortado. No hacía mucho frío y el cielo estaba hermosamente
azul y despejado. El cadáver no importaba, era parte del escenario.
Era parte de su vida.
En ocasiones se
preguntaba si sería mejor persona que los asesinos a los que
atrapaba. Cada caso que resolvía parecía llevarse una parte de sí
mismo, un poco de empatía cada vez. Se preguntaba si acabaría
siendo como aquella niña en la caja de regalo, una víctima más,
manipulada y vacía. Dormida.
Mark se le acercó
mientras se quitaba los guantes de látex ensangrentados, cogiendo
aire despacio. Exhaló lentamente y miró a Dave.
-No estoy seguro,
pero creo que estaba viva hasta hace unas horas. Tengo que examinarla
más detenidamente.
-¿Estaba viva
cuando la metió ahí dentro? -preguntó Dave, sin un solo ápice de
empatía en esa frase. Solo curiosidad.
-Pues sí. Y no
sólo eso, por lo visto le sacó los ojos y se los sustituyó con
unos de cristal que, por cierto, eran demasiado grandes como para que
cupiesen en las cuencas, peo los metió de todas formas. No quiero
saber cómo -recuperó su portapapeles de las manos de Dave, se sacó
el bolígrafo del bolsillo de su chaqueta y volvió al papeleo-.
También le cortó el pelo y le implantó una peluca de fibra.
Dave levantó las
cejas y torció los labios. Más que sorprendente, le parecía
elaborado.
-¿Pretende ser una
muñeca? -dijo.
-Eso creo. La ropa
parece un disfraz, pero no tiene etiquetas. ¿Tu hermano se ha ido
ya? -añadió tras unos segundos de silencio, sin apartar la mirada
del papel.
-Hace un par de
horas. Debe de estar en el avión, cagándose en los pantalones.
-Mark esbozó una sonrisa y rió sutilmente.
-¿Le da miedo
volar?
-No, le da miedo
salir de casa. Acompáñame a por un café, no he dormido nada.
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