viernes, 1 de noviembre de 2013

Allen Bane - Capítulo 4

Varios coches de policía cortaban uno de los carriles de la carretera, los oficiales rodeaban la escena de forma que apenas podía verse algo entre sus cabezas. El cordón policial era lo único que separaba el cadáver de la muchedumbre morbosa que trataba de acercarse lo más posible para conseguir una buena foto con el móvil, un recuerdo más, listo para ser contado y colgado en cualquier red social. Algo de qué hablar con la familia y los amigos.
El olor del césped recién cortado no lograba tapar la mezcla de sangre y gusanos que despedía el cuerpo, pero al menos le distraía de pensar en ello. Aunque a Dave ya no le afectaban ese tipo de cosas.
Un par de oficiales se apartaron para dejarle pasar, indicándole el lugar en el que se encontraba el cadáver. Caminó hacia él. A tan solo unos metros de la acera, en mitad de un parque, dentro de una caja de regalo, ahí estaba el cadáver de una desfortunada niña de apenas seis años. La caja era demasiado pequeña como para que cupiese, así que sus extremidades estaban dislocadas. Parecía dormida. Su piel había cogido un tono azul verdoso muy pálido que la hacía parecer una muñeca de porcelana.
Dave observó el cuerpo con un gesto de asco. No por el olor, ni por el cadáver en sí, él ya estaba acostumbrado. Se agachó junto a la niña y la observó durante unos segundos. Apartó la mirada, como analizando posibilidades. Uno de sus ayudantes le tendió un par de guantes de látex. Estrechó los ojos mientras cogía con el dedo lo que parecía ser una pequeña gota de sangre que salía de uno de los ojos. Se levantó, sosteniendo la gotita de sangre roja en su dedo. Sin dejar que cayera, se dirigió hacia el médico forense, que estaba junto a la caja, rellenando una ficha en un portapapeles con los ojos caídos y el ceño fruncido.
-Mark -dijo Dave, sin apartar la mirada de la gotita de sangre. Mark le miró con curiosidad-. Esto es sangre. Creo que le ha salido de un ojo.
-Acabo de llegar, no he tenido tiempo de examinar por completo el cadáver -respondió sin dejar de garabatear en la ficha.
Dave se quitó los guantes de látex y arrancó el portapapeles de las manos del forense. Le miró con las cejas levantadas hasta que Mark resopló con resignación y se dio la vuelta para mirar al cadáver.

Era una manaña demasiado tranquila y bonita. Dave se preguntaba cuándo fue la última vez que disfrutó de una mañana como esa sin ningún cuerpo contaminando el aire de por medio.
Al principio le impresionaba. Cada nuevo caso en el que participaba le daba una nueva perspectiva del mundo, de las personas. Al final, todas esas perspectivas confluyeron en una sola. La única perspectiva válida en ese trabajo era que la gente era capaz de cosas que nunca creíste imaginar por razones que nunca imaginarías ni mucho menos comprenderías.
Trabajar para el FBI significaba que ya no verías a la gente de la misma manera. Los primeros meses, Dave no podía comer carne. Después vinieron las pesadillas, la falta de sueño. De la falta de sueño surgieron los delirios, éstos hicieron que se separase de Juno por un tiempo. Al final se acostumbró.
Se acostumbró a ver morir a la gente, a esperar a que muriesen. No era inusual ni desagradable pasar horas frente a un cadáver escudriñando cada rincón de su cuerpo en busca de pistas. Las víctimas eran algo normal y hasta bienvenidas en algunos casos. Los asesinatos más bizarros y los sujetos más extraños se convirtieron en algo habitual. Las pesadillas cesaron y volvió con Juno.
Los pajaritos cantaban, las madres pasaban corriendo en la acera de enfrente tapándoles los ojos a sus niños en brazos y el césped olía a recién cortado. No hacía mucho frío y el cielo estaba hermosamente azul y despejado. El cadáver no importaba, era parte del escenario. Era parte de su vida.
En ocasiones se preguntaba si sería mejor persona que los asesinos a los que atrapaba. Cada caso que resolvía parecía llevarse una parte de sí mismo, un poco de empatía cada vez. Se preguntaba si acabaría siendo como aquella niña en la caja de regalo, una víctima más, manipulada y vacía. Dormida.

Mark se le acercó mientras se quitaba los guantes de látex ensangrentados, cogiendo aire despacio. Exhaló lentamente y miró a Dave.
-No estoy seguro, pero creo que estaba viva hasta hace unas horas. Tengo que examinarla más detenidamente.
-¿Estaba viva cuando la metió ahí dentro? -preguntó Dave, sin un solo ápice de empatía en esa frase. Solo curiosidad.
-Pues sí. Y no sólo eso, por lo visto le sacó los ojos y se los sustituyó con unos de cristal que, por cierto, eran demasiado grandes como para que cupiesen en las cuencas, peo los metió de todas formas. No quiero saber cómo -recuperó su portapapeles de las manos de Dave, se sacó el bolígrafo del bolsillo de su chaqueta y volvió al papeleo-. También le cortó el pelo y le implantó una peluca de fibra.
Dave levantó las cejas y torció los labios. Más que sorprendente, le parecía elaborado.
-¿Pretende ser una muñeca? -dijo.
-Eso creo. La ropa parece un disfraz, pero no tiene etiquetas. ¿Tu hermano se ha ido ya? -añadió tras unos segundos de silencio, sin apartar la mirada del papel.
-Hace un par de horas. Debe de estar en el avión, cagándose en los pantalones. -Mark esbozó una sonrisa y rió sutilmente.
-¿Le da miedo volar?
-No, le da miedo salir de casa. Acompáñame a por un café, no he dormido nada.

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