El pequeño cabrón me había despertado en mitad de la
noche gritando incoherencias. Corrí hacia su habitación, lo abracé
fuerte y le ayudé a calmarse. Me pidió perdón y se disculpó de
cinco maneras distintas, aunque mentiría si dijera que no me gustaba.
Que se disculpe conmigo me produce un extraño sentimiento de
placer retorcido, como que me lo debe. Le hice un batido de
chocolate a las tres de la mañana, le di sus calmantes, un valium y
lo dejé con sus cosas.
Me volví al sofá con un té frío,
unos pastelitos orientales de fresa y mi portátil. Lo primero que me
vino a la mente fue dedicar el resto de la noche a algo productivo,
ya que Allen probablemente no se despertaría hasta bien entrada la
mañana, empastillado como estaba. Sin embargo y pese a que había
pensado precisamente lo contrario, mis dedos teclearon
automáticamente una T, una U y presionaron Enter.
Abrí el reproductor de música y no se
me ocurrió otra cosa que escuchar que Imagine Dragons, poco acertado
por mi parte para acompañar a una buena sesión de NSFW
(básicamente, porno).
Me gustaban mis noches de NSFW, era
agradable admirar artísticamente (sobretodo artísticamente) las
imágenes y el fan-art de los fandoms en aquella web, compuesta
mayormente por una comunidad de homosexuales solteros, adolescentes
carentes de toda autoestima que volcaban todo su ser en las bandas
que les gustaban y víctimas de sobrepeso cuya existencia podía
resumirse en una constante necesidad de hamburguesas, Oreo y pizza.
También había alguna que otra persona normal y luego estábamos los
pervertidos que sólo entrábamos para una hormonada sesión boy's
love de Sobrenatural.
Casi comencé a llorar con una canción
de The Cure. Ya era triste de por sí llorar con The Cure, pero lo
peor era el vídeo de una cacatúa silbando el soundtrack de Totoro.
Cómo había acabado viendo eso, no tenía ni idea, pero
probablemente el Vodka tuviese algo que ver. Normalmente no bebía,
pero esa noche se había hecho muy insoportable. Me gustaba estar
solo conmigo mismo, pero en ocasiones me sacaba de quicio. Por eso me
gustaba estar con Allen, él me distraía de pensar en mí mismo.
De pronto me di cuenta de que había
olvidado por completo de que él estaba en la habitación. Me asusté
por un momento y ahogué un grito de pánico, pero me calmé al
recordar el valium que le había dado y lo silencioso que yo era con
mis cosas.
Recogí los pañuelos, algunos aún
algo pegajosos, que previamente había desperdigado por todo el sofá
y de paso me asomé un poco a la habitación de Allen, a ver qué tal
iba.
Me quedé mirándole, parecía estar
soñando algo. Mi curiosidad mató a mi sentido común (por enésima
vez esa semana) y se folló a mi conciencia, obligándome a acercarme
contra mi inexistente oposición, así que me senté tras él con
mucho cuidado, y comencé a escucharle.
No decía apenas nada con sentido, pero
de vez en cuando dejaba escapar un gruñido de desaprobación. Estaba
tumbado de lado, mirando hacia la puerta, algo encogido, con sus
piernas flexionadas levemente hacia su pecho y sus manos bajo su
cabeza.
Gimió algo y relajó su expresión,
llevándose una de sus manos entre sus rodillas. Comencé a aburrirme
y me tumbé junto a él, relajándome también un poco.
No pude evitar mirar su espalda. Sus
vértebras destacaban a lo largo de su columna, formando un caminito
accidentado que terminaba un poco antes de donde empezaba su trasero.
Seguí el caminito con mi dedo, que por alguna razón siempre me
había parecido mono. Me giré hacia él y, como si lo hubiera
sabido, él se giró hacia mí. Me sorprendió un poco, mi
respiración se agitó. Pocas veces le había tenido tan cerca, y
mucho menos tan calmado. Respiraba de forma acelerada e interrumpida,
como si estuviese esforzándose en su sueño.
Volví a sorprenderme a mí mismo
cuando me di cuenta de que lo único que estaba haciendo era pensar
en lo bien que olía, como a caramelo, tan delicioso que parecía que
todos los dulces que se había comido a lo largo de su vida ahora
formaban parte de él. Sonreí ante lo absurdo y adorable de ese
estúpido pensamiento. No evité fijarme en sus apetecibles labios,
tampoco en sus adorables clavículas sobresaliendo en su
pálida piel. Por un momento me sentí mal conmigo mismo. Por alguna
razón estaba enfadado conmigo mismo y tal vez fue ese conflicto lo
que me hizo hacer lo que hice.
Parecía divertido, en un principio.
Dejó de serlo cuando el alcohol dejó
de hacer efecto.
Me incorporé sobre él, acerqué mis
labios a su oído y le susurré su nombre. Murmuró algo que no
alcancé a entender, me gruñó y volvió a darse la vuelta. Le
susurré de nuevo con un tono más cercano, más íntimo. Alzó
un poco sus cejas en una expresión... placentera. Gimió un poquito.
Volví a susurrarle, esta vez con mi mejor intento por parecer
erótico. Se encogió un poco más y hundió la cabeza en la
almohada. Parecía que esa voz era lo suficientemente sexy, así que
continué con mi malvado (pervertido) plan.
“Allen...” murmuré de nuevo en su
oído. Había sacado la mano que le quedaba bajo su cabeza y ahora
agarraba la sábana con firmeza. Le regalé un gemido, y él me
respondió con un suave “Ah,” mucho más audible. “Mh, Allen...
¿te gusta?” le susurré, tratando de contener una pequeña risita.
Para mi sorpresa y satisfacción, me respondió con un sugerente
suspiro seguido de un sí.
Apoyé mi mano en su hombro y me
acomodé sobre él. Le acaricié un poco el torso y seguí
provocándole, hasta que mi estupidez hace eso que suele hacer y las
palabras salieron de mi boca sin que yo pudiese hacer nada al
respecto.
“Di mi nombre,” le dije.
“H-Herhsel...” me respondió. Joder.
Apenas contuve un grito de frustración
en mi garganta cuando me di cuenta de que Allen se estaba mordiendo
el labio.
Acerqué mi cintura a la suya,
frotándome contra su espalda. Había decidido ignorar mi propia
erección por el momento pero resultó que aquella no era
precisamente un producto de la continuada ausencia de vida sexual que
había invadido mi vida los últimos meses.
Me permití unos momentos para tratar
de reconsiderar lo que mi instinto no dejaba de pedirme.
No lo hice.
“Eso es, di mi nombre, Allen...”
continué mientras mi mano buscaba su camino bajo las sábanas. Él
me respondía con un gemido tras un suspiro, tomaba aire y lo soltaba
con fuerza. Una de sus manos apretaba la sábana desesperadamente
mientras mordía la otra. Lo acaricié un poco por encima de la tela,
lamiendo y mordiendo su cuello muy suavemente para no despertarle.
Agrupé mi mano a su alrededor y me
moví un poco para observar su reacción. Ya ni siquiera era capaz de
decir mi nombre sin que se le quebrase la voz. Se encogió más
todavía y dejó escapar un sí muy audible cuando deslicé el
pulgar sobre la punta. Casi parecía que jadeaba al ritmo de mi
respiración, tratando de contener cada bocanada de aire o sonido que
escapase a su control.
“Nhh--... Hershel...” el modo en
que intentaba con todas sus fuerzas articular alguna palabra me ponía
todavía más. No necesité ningún aviso, sin embargo, pues en el
momento en que hundió su rostro en la almohada y arañó la cama su
cuerpo ya me lo había dicho todo.
Recogí lo que pude con la mano y me
levanté con cuidado, directo a por papel higienico o pañuelos.
Una gotita de sangre se expandió por
la tela blanca de su almohada. Le levanté un poco la cabeza y le
limpié la sangre de los labios como pude.
Estando ahí, frente a él, no fui
capaz de sentir nada. Aún estaba duro y la idea de despertarle con
una buena razón en su culo era todavía muy atractiva. Eché mi pelo
hacia atrás y me dirigí a la ducha, dejándole completamente solo.
Mi mente pareció ignorar por completo
la indiscriminada agresión sexual que había tenido lugar hacía tan
solo unas horas cuando Allen salió de la habitación y pasó de mi
cara, dirigiéndose al baño con prisa. Bajé un poco el periódico
sólo para volver a la realidad.
“Allen.” dije al verle salir del
baño, completamente callado y con una expresión de desprecio en su
cara todavía dormida. “¿Qué pasa?”
Pero no me respondió enseguida.
Juraría que Allen hubiera podido arrancarme el corazón con esa
mirada, y no me atreví a decir nada más.
“Nada. Me he mordido el labio
durmiendo.” dijo solamente. Siguió mirándome con frialdad,
disfrutando mi silencio. Abrí la boca para decir algo, pero Allen me
señaló con el dedo y volvió a rematarme con una mueca de odio
infinito.
Muy a mi pesar, no me contuve.
“Estás duro.” comenté como quien
no quiere la cosa, señalando su erección con mi cabeza. Una sonrisa
amenazaba con formarse en mi rostro.
“No sigas por ahí, Hershel Black. No
se te ocurra seguir por ahí.” y se fue, tan enfadado como había
venido.
Decidí dejarlo estar. Al menos hasta
que la presión me hiciese ser mejor persona.
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