martes, 13 de agosto de 2013

(✿◕‿◕)~ NSFW

Hershel


El pequeño cabrón me había despertado en mitad de la noche gritando incoherencias. Corrí hacia su habitación, lo abracé fuerte y le ayudé a calmarse. Me pidió perdón y se disculpó de cinco maneras distintas, aunque mentiría si dijera que no me gustaba. Que se disculpe conmigo me produce un extraño sentimiento de placer retorcido, como que me lo debe. Le hice un batido de chocolate a las tres de la mañana, le di sus calmantes, un valium y lo dejé con sus cosas.

Me volví al sofá con un té frío, unos pastelitos orientales de fresa y mi portátil. Lo primero que me vino a la mente fue dedicar el resto de la noche a algo productivo, ya que Allen probablemente no se despertaría hasta bien entrada la mañana, empastillado como estaba. Sin embargo y pese a que había pensado precisamente lo contrario, mis dedos teclearon automáticamente una T, una U y presionaron Enter.
Abrí el reproductor de música y no se me ocurrió otra cosa que escuchar que Imagine Dragons, poco acertado por mi parte para acompañar a una buena sesión de NSFW (básicamente, porno).
Me gustaban mis noches de NSFW, era agradable admirar artísticamente (sobretodo artísticamente) las imágenes y el fan-art de los fandoms en aquella web, compuesta mayormente por una comunidad de homosexuales solteros, adolescentes carentes de toda autoestima que volcaban todo su ser en las bandas que les gustaban y víctimas de sobrepeso cuya existencia podía resumirse en una constante necesidad de hamburguesas, Oreo y pizza. También había alguna que otra persona normal y luego estábamos los pervertidos que sólo entrábamos para una hormonada sesión boy's love de Sobrenatural.

Casi comencé a llorar con una canción de The Cure. Ya era triste de por sí llorar con The Cure, pero lo peor era el vídeo de una cacatúa silbando el soundtrack de Totoro. Cómo había acabado viendo eso, no tenía ni idea, pero probablemente el Vodka tuviese algo que ver. Normalmente no bebía, pero esa noche se había hecho muy insoportable. Me gustaba estar solo conmigo mismo, pero en ocasiones me sacaba de quicio. Por eso me gustaba estar con Allen, él me distraía de pensar en mí mismo.

De pronto me di cuenta de que había olvidado por completo de que él estaba en la habitación. Me asusté por un momento y ahogué un grito de pánico, pero me calmé al recordar el valium que le había dado y lo silencioso que yo era con mis cosas.
Recogí los pañuelos, algunos aún algo pegajosos, que previamente había desperdigado por todo el sofá y de paso me asomé un poco a la habitación de Allen, a ver qué tal iba.

Me quedé mirándole, parecía estar soñando algo. Mi curiosidad mató a mi sentido común (por enésima vez esa semana) y se folló a mi conciencia, obligándome a acercarme contra mi inexistente oposición, así que me senté tras él con mucho cuidado, y comencé a escucharle.

No decía apenas nada con sentido, pero de vez en cuando dejaba escapar un gruñido de desaprobación. Estaba tumbado de lado, mirando hacia la puerta, algo encogido, con sus piernas flexionadas levemente hacia su pecho y sus manos bajo su cabeza.
Gimió algo y relajó su expresión, llevándose una de sus manos entre sus rodillas. Comencé a aburrirme y me tumbé junto a él, relajándome también un poco.
No pude evitar mirar su espalda. Sus vértebras destacaban a lo largo de su columna, formando un caminito accidentado que terminaba un poco antes de donde empezaba su trasero. Seguí el caminito con mi dedo, que por alguna razón siempre me había parecido mono. Me giré hacia él y, como si lo hubiera sabido, él se giró hacia mí. Me sorprendió un poco, mi respiración se agitó. Pocas veces le había tenido tan cerca, y mucho menos tan calmado. Respiraba de forma acelerada e interrumpida, como si estuviese esforzándose en su sueño.
Volví a sorprenderme a mí mismo cuando me di cuenta de que lo único que estaba haciendo era pensar en lo bien que olía, como a caramelo, tan delicioso que parecía que todos los dulces que se había comido a lo largo de su vida ahora formaban parte de él. Sonreí ante lo absurdo y adorable de ese estúpido pensamiento. No evité fijarme en sus apetecibles labios, tampoco en sus adorables clavículas sobresaliendo en su pálida piel. Por un momento me sentí mal conmigo mismo. Por alguna razón estaba enfadado conmigo mismo y tal vez fue ese conflicto lo que me hizo hacer lo que hice.

Parecía divertido, en un principio.

Dejó de serlo cuando el alcohol dejó de hacer efecto.

Me incorporé sobre él, acerqué mis labios a su oído y le susurré su nombre. Murmuró algo que no alcancé a entender, me gruñó y volvió a darse la vuelta. Le susurré de nuevo con un tono más cercano, más íntimo. Alzó un poco sus cejas en una expresión... placentera. Gimió un poquito. Volví a susurrarle, esta vez con mi mejor intento por parecer erótico. Se encogió un poco más y hundió la cabeza en la almohada. Parecía que esa voz era lo suficientemente sexy, así que continué con mi malvado (pervertido) plan.
“Allen...” murmuré de nuevo en su oído. Había sacado la mano que le quedaba bajo su cabeza y ahora agarraba la sábana con firmeza. Le regalé un gemido, y él me respondió con un suave “Ah,” mucho más audible. “Mh, Allen... ¿te gusta?” le susurré, tratando de contener una pequeña risita. Para mi sorpresa y satisfacción, me respondió con un sugerente suspiro seguido de un sí.
Apoyé mi mano en su hombro y me acomodé sobre él. Le acaricié un poco el torso y seguí provocándole, hasta que mi estupidez hace eso que suele hacer y las palabras salieron de mi boca sin que yo pudiese hacer nada al respecto.
“Di mi nombre,” le dije. “H-Herhsel...” me respondió. Joder.
Apenas contuve un grito de frustración en mi garganta cuando me di cuenta de que Allen se estaba mordiendo el labio.
Acerqué mi cintura a la suya, frotándome contra su espalda. Había decidido ignorar mi propia erección por el momento pero resultó que aquella no era precisamente un producto de la continuada ausencia de vida sexual que había invadido mi vida los últimos meses.

Me permití unos momentos para tratar de reconsiderar lo que mi instinto no dejaba de pedirme.

No lo hice.

“Eso es, di mi nombre, Allen...” continué mientras mi mano buscaba su camino bajo las sábanas. Él me respondía con un gemido tras un suspiro, tomaba aire y lo soltaba con fuerza. Una de sus manos apretaba la sábana desesperadamente mientras mordía la otra. Lo acaricié un poco por encima de la tela, lamiendo y mordiendo su cuello muy suavemente para no despertarle.
Agrupé mi mano a su alrededor y me moví un poco para observar su reacción. Ya ni siquiera era capaz de decir mi nombre sin que se le quebrase la voz. Se encogió más todavía y dejó escapar un muy audible cuando deslicé el pulgar sobre la punta. Casi parecía que jadeaba al ritmo de mi respiración, tratando de contener cada bocanada de aire o sonido que escapase a su control.

“Nhh--... Hershel...” el modo en que intentaba con todas sus fuerzas articular alguna palabra me ponía todavía más. No necesité ningún aviso, sin embargo, pues en el momento en que hundió su rostro en la almohada y arañó la cama su cuerpo ya me lo había dicho todo.
Recogí lo que pude con la mano y me levanté con cuidado, directo a por papel higienico o pañuelos.

Una gotita de sangre se expandió por la tela blanca de su almohada. Le levanté un poco la cabeza y le limpié la sangre de los labios como pude.

Estando ahí, frente a él, no fui capaz de sentir nada. Aún estaba duro y la idea de despertarle con una buena razón en su culo era todavía muy atractiva. Eché mi pelo hacia atrás y me dirigí a la ducha, dejándole completamente solo.

Mi mente pareció ignorar por completo la indiscriminada agresión sexual que había tenido lugar hacía tan solo unas horas cuando Allen salió de la habitación y pasó de mi cara, dirigiéndose al baño con prisa. Bajé un poco el periódico sólo para volver a la realidad.

“Allen.” dije al verle salir del baño, completamente callado y con una expresión de desprecio en su cara todavía dormida. “¿Qué pasa?”

Pero no me respondió enseguida. Juraría que Allen hubiera podido arrancarme el corazón con esa mirada, y no me atreví a decir nada más.

“Nada. Me he mordido el labio durmiendo.” dijo solamente. Siguió mirándome con frialdad, disfrutando mi silencio. Abrí la boca para decir algo, pero Allen me señaló con el dedo y volvió a rematarme con una mueca de odio infinito.

Muy a mi pesar, no me contuve.

“Estás duro.” comenté como quien no quiere la cosa, señalando su erección con mi cabeza. Una sonrisa amenazaba con formarse en mi rostro.

“No sigas por ahí, Hershel Black. No se te ocurra seguir por ahí.” y se fue, tan enfadado como había venido.

Decidí dejarlo estar. Al menos hasta que la presión me hiciese ser mejor persona.

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