jueves, 1 de agosto de 2013

27 de Junio - NSFW

+18
Gracias por leer.

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 Querido diario... el otro día salí de casa en busca de alguna gasolinera en la que vendiesen Bunny-Wiz... y me encontré con Shilo.

···

Iba a llegar tarde.

Había tropezado con un bordillo bajo y, aunque no se había caído, su tacón se había roto.
Trató de recogerlo con tantas prisas que el peso de su bolso la hizo tambalearse y caer.

Definitivamente iba a llegar tarde.

“Puto bolso”, susurró mientras se levantaba y guardaba el tacón roto.
Intentó correr lo más deprisa que pudo hacia la parada del autobús, pero llegó justo para verlo desvanecerse en la distancia. Suspiró, se sentó en el bordillo de la carretera y recuperó fuerzas. No se dio cuenta de que estaba nevando hasta que un helado copito de nieve cayó sobre su hombro desnudo, provocándole un escalofrío y haciendo que se diese cuenta del frío que tenía. Entre las prisas y el tacón se había olvidado de coger su abrigo, y ahora estaba demasiado lejos.
Miró hacia la carretera, tratando de mentalizarse para, sin duda, un largo viaje a pie. Por suerte, Shilo era una mujer de recursos y era consciente de que sus tacones no eran muy de fiar, por lo que, en su bolso, había traído un par de zapatillas (por eso pesaba tanto) por si acaso le dolían mucho los pies.

“Mierda de tacones, mierda de nieve, mierda de frío, mierda de abrigo, mierda de todo. Joder, no pienso volver al teatro en mi vida.”

Aunque a Shilo le hubiera gustado cumplir las cien veces que se lo había repetido, no podía evitar volver una y otra vez.
Siempre había querido ser actriz, pero por falta de conocimiento y fondos para estudiar, había decidido dedicarse a la escultura, que era otra forma de arte que, desde bien pequeña, había sabido apreciar.
Tratando de motivarse pensando en lo calentita y cómoda que estaría en su casa abrazando su almohada y viendo cualquier programa barato que pasasen a esas horas de la noche para coger algo de sueño, se puso en marcha y comenzó a caminar calle abajo.

Cubrió sus hombros con su pañuelo de seda negro, aunque no fuese muy efectivo para aliviar el frío.
Se paró en seco. Se ajusto las zapatillas en sus doloridos pies y comenzó a pensar que nunca llegaría. Mientras trataba de recuperar el aliento escuchó un ruido que la hizo sobresaltarse. De pronto se dio cuenta de la oscuridad que la envolvía y, por algún motivo, aunque estaba segura de que no era más que algún gato, le entró el miedo. Decidió que lo mejor era volver tan rápido como fuera posible y comenzó a correr tratando de convencerse a sí misma de que no pasaba nada.

Miró hacia atrás para intentar tranquilizarse al ver que no había nadie, pero cuando volvió a mirar hacia adelante, se chocó y cayó.
No se había hecho mucho daño, pero le costó levantarse. Se había dado un buen susto.
Se disculpó como cincuenta veces mientras se sacudía el vestido y se ajustaba las zapatillas sin ver a quien tenía delante.

-¡Perdona, perdona, perdona! Discúlpame, no estaba mirando, tengo un poco de prisa... -exclamó en un hilo de palabras mientras levantaba la cabeza. Su mente se quedó completamente en blanco cuando vio al chico con el que se había chocado.-Ahm... se me ha olvidado lo que iba a decir. -le miró directamente a los ojos, lo que hizo que éste desviase su mirada. No sabía si debía saludar, disculparse, ignorarle... Él no respondió enseguida. Ladeó un par de veces la cabeza y, cuando se hubo decidido, la saludó.
-Hola, Shilo. -dijo solamente en un susurro casi inaudible, levantando un poco la mano como en un tímido gesto de saludo.
-Allen, uhm... hacía tiempo que no nos veíamos.
-Desde que dejaste de venir a verme al hospital. -notó una punzada en el corazón al oírle decir eso. No había cambiado nada.
-Eh, ya. Bueno, es que, me salió algo y yo... bueno, tuve que dejar la ciudad un tiempo. Debí haberte llamado al menos, lo siento.
-Está bien. ¿Necesitas ayuda? ¿vas a alguna parte?
-Oh, creo que estoy bien. Iba a casa. Es que he perdido el último autobús y... mira, me he tenido que venir andando.
-Te acompañaré a casa.
-No hace falta, en serio. Solo he oído un ruido antes y me he asustado, por eso corría.
-No era una sugerencia.

No respondió. Ya lo sabía, que no era una sugerencia. Pero nunca se acostumbró a que Allen fuese tan directo.

Podría haberle prestado su cazadora, o sus calcetines, o... lo que fuera. Pero no lo hizo. Shilo sabía que, por sí mismo, no lo haría. Tampoco quería pedírselo.

No hablaron mucho durante el resto del trayecto. Shilo se sentía extraña.
Le entraron ganas de preguntarle a Allen qué hacía dando vueltas a altas horas de la noche, pero ya sabía la respuesta, o no quería saberla. La verdad era que no quería estropear el momento. Se sentía feliz de volver a verle, de que le acompañase. Le echaba de menos... ah, como en los viejos tiempos.

No tardaron demasiado en llegar al portal. Shilo le dio un beso en la mejilla a Allen y se propuso despedirse de él cuando éste la cogió de la mano y no la dejó ir.

-Allen, ¿qué pasa? Me gustaría subir a casa, tengo frío.
-Quiero quedarme. -espetó, sin más.
-¿Qué?
-Contigo, es decir, en tu casa.-sacudió la cabeza, un gesto que Shilo nunca le había visto hacer.-Quiero quedarme en tu casa. Estoy lejos de la mía, creo que me he perdido. Te lo digo en serio. Yo también tengo frío. ¿Por favor? Sólo por esta noche.
-Hum. Claro, bueno, vale. Pero no hace falta que te pongas así. Pídemelo y ya está.
-Vale, lo siento.

¿Pedir algo? ¿Allen? Había algo que no encajaba bien y no estaba segura de querer averiguar qué era.
Entraron al portal en silencio, con Allen aún cogiéndola de la mano fuertemente, como si ella fuese a soltarse y a abandonarle para siempre. Delante del ascensor se formó un largo silencio mientras esperaban. A Shilo no le incomodó, no era el típico silencio incómodo, era un silencio acogedor. Ella siempre había disfrutado del silencio y el modo que tenía Allen de provocarlo era encantador. No le hubiera importado continuar en silencio hasta que el ascensor llegase a su piso. No, si, de manera totalmente inesperada, Allen no lo hubiera roto.

-Te echo de menos.
-¿Qué? Pero si no te acordabas de mí.
-Eso no es cierto. Aparecías en mis sueños y mis pesadillas, en mis alucinaciones... aparecías por todas partes y cada vez que te veía me sentía vacío y sentía que te echaba de menos.
-Yo...
-Llegué a odiarte. Me provocaba tanto dolor echar de menos a alguien que no lograba recordar...
-Allen, ¿por qué me cuentas eso ahora?
Pero Allen no respondió. Se quedó mirándola de frente, completamente quieto. Sus ojos analizaban cada parte de su rostro en rápidos movimientos.
Lentamente, sin que Allen se diese cuenta, Shilo deslizó una de sus manos por el rostro del muchacho, acariciando suavemente su mejilla, casi hipnotizada.
De pronto, lo besó.

Shilo sintió un escalofrío recorrer su espalda. Inconscientemente posó sus manos sobre la cintura de Allen y se agarró fuertemente a su cazadora mientras el beso duró. Cuando se dio cuenta, abrió los ojos de golpe (que no recordaba haber cerrado) y empujó a Allen hacia atrás.

-¡Un momento! ¡Yo no debería...! -gritó en voz baja, exasperada. Allen seguía sin responderle. Shilo se sentía realmente confusa. Le había gustado, claro que le había gustado... pero no sabía si quería seguir. Allen ya no era Allen.
Pero él no la dejó ir tan fácilmente y, algunos segundos antes de llegar al sexto, pasó un brazo por sus hombros y otro por su cintura y la atrajo hacia él, besándola de nuevo, esta vez más brusca y profundamente. Se inclinó tanto hacia ella que tuvo que dar un par de pasos hacia adelante, golpeándola contra la pared del ascensor y, cogiéndola de las muñecas para no dejarla hacer nada, siguió besándola.
Recorrió los suaves labios de Shilo con los suyos, saboreándolos a veces con su lengua, enamorándose de su pintalabios con sabor a cerezas.
Disfrutó tanto como pudo de aquellos segundos que le parecieron una eternidad hasta que el ascensor llegó a su destino, deteniéndose con un golpe seco.
Allen también se detuvo, aunque lenta y suavemente. No quería separar sus labios de los de Shilo. Le gustaban demasiado. Curiosamente, no se sentía extraño. Se sentía cómodo, cálido. Quería seguir, y sabía que Shilo también.

Las viejas puertas de metal se abrieron con dificultad dando paso al pequeño rellano que alojaba la puerta del piso de Shilo. Ambos se calmaron un poco mientras salían del cubículo, aunque Shilo no lograba encontrar las llaves en su bolso, cosa que agravó más su creciente ansiedad. El hecho de que Allen no dejase de mirarla también conseguía ponerla más nerviosa todavía, pero ella no dejaría que lo viera. No, ella quería parecer tranquila, estoica. Lo cierto era que por dentro se sentía como un flan, y Allen lo sabía. Se había derretido con cada beso que él le había dado, esa sensación de que todo desaparecía a su alrededor y solo estaban ellos, la nada y sus labios, las manos de Allen acariciando suavemente su cuello y su cintura.

Recordó todos aquellos momentos que habían tenido juntos mientras trataba de encajar la llave en la cerradura. De todos los chicos con los que había estado, Allen había sido siempre su favorito. La delicadeza y la dulzura con la que la trataba le provocaba escalofríos y sensaciones que ningún otro lograría jamás.

El chasquido de la puerta al abrirse la despertó de sus recuerdos. Allen seguía tras ella, observándola de cerca, esperando algún movimiento.
Entraron despacio en casa y, mientras que Shilo comenzó a dejar sus cosas y a ponerse cómoda, Allen simplemente se quedó en la entrada, junto a la puerta, completamente quieto.

Aunque Shilo no estaba segura de querer que se moviera, en realidad.
Mientras dejaba su chaqueta en el dormitorio una fugaz imagen atravesó su ser y sus sentidos al observar su cama, aún deshecha. Un subidón de dopamina, le ardían las tripas y él seguía penetrándola con la mirada, helando su conciencia, y para cuando se quiso dar cuenta, lo estaba besando otra vez.
No tuvo tiempo (ni quiso) pensar en otra cosa que en los labios de su chico tratando de saborearla. Ella no le dejaría, ni un momento. Ella sería la que le saborease a él, como siempre había sido, lo que más le divertía. Una ilusión ciega de control y conciencia, cuando él creía que la tenía y que la tendría siempre que quisiera, que la mataría una y otra vez y la vería volver a nacer, una y otra y otra vez. Por supuesto, era justamente al contrario.
Le encantaban sus cortos gemidos deseando no ser oídos cuando lamía su oído y su cuello con delicadeza y cómo la apretaba contra su pecho en un espasmo de placer al sentir sus dientes clavados contra su cuello. Sus ojos mirándola con miedo y vergüenza al estampar su espalda contra la pared del dormitorio ahora parecían más vivos que nunca.

Era curioso, cuanto menos, cómo él la había seducido y llevado a la perdición tantas veces y cómo ella siempre acababa por tomar el mando. Pero es que le encantaba, no podía evitarlo. Era algo que no podía hacer con nadie más, sólo con él, dejarse llevar de esta manera, frustrarle hasta el punto de que incluso se negase a continuar, a sabiendas de que había caído en la trampa una vez más y sintiéndose el capullo más subnormal del planeta.
Pero ella seguía comiéndole el cuello y la oreja y palpando su raquítica cinturita mientras le quitaba la poca ropa que le quedaba puesta. Cuándo había perdido su pantalón, lo desconocía.
Cada pequeño mordisco travieso era una leve descarga que recorría su espinazo y se instalaba en su pecho y su cabeza, estallando en algún disimulado ruidito que no lograba contener mientras trataba de prestar atención y a la vez ignorar las perfectas manos de Shilo recorriendo su cuerpo, y él no podía hacer nada más que esconderse, aunque sin éxito.

Una punzada de pánico le atravesó el pecho cuando abrió los ojos para encontrársela bajando despacio por su torso, lamiendo cada rincón y dándole besitos cortos y fugaces que disparaban otra pequeña descarga, distrayéndole y alejándole cada vez más de lo poco que le quedaba de voluntad.
Cuando ella por fin llegó exactamente a donde quería, Allen se sintió atrapado. Incapaz de reaccionar o moverse. Un pequeño lametón inocente le hizo estremecerse e imaginarse lo que tanto deseaba en ese momento y que tanto le costaba admitir.
Miró hacia abajo una última vez para intentar detener a Shilo, pero no quería. Ella le miró directamente a los ojos con una sonrisa maliciosa mientras deslizaba su lengua húmeda y caliente a lo largo de su miembro casi provocándole una convulsión. Sin darse cuenta deja escapar un gemido largo y luego suspira, echando la cabeza hacia atrás, como si aquella sensación hubiese robado su aliento. Ella se ríe, divertida. Intenta esconderse, muerto de vergüenza, se lleva sus manos al cuello y trata de encogerse en una pequeña burbuja que le permita alejarse de todo aquello y calmar su ansiedad. Pero ella no le deja, y sigue lamiéndole, de arriba a abajo, de abajo a arriba, suave y despacio, encendiendo aún más su creciente deseo por estar dentro de su boca y sentir el calor y la humedad y su lengua bailando al tiempo que se mueve rítmicamente, hacia adentro, hacia afuera, acariciando el resto de su sexo y él se lleva una de sus manos a la boca y la muerde con fuerza, tratando de ahogar sus gemidos, pero a Shilo no le hace falta oírle para saber cuánto le gusta y en cambio se divierte torturándole un rato, acariciando su cuerpo que se retuerce y grita silenciosamente en una dulce agonía fruto de la saliva, la dopamina y sus labios frotándose contra lo que ahora más desea.

Entre gemidos y espasmos Allen trata de pronunciar su nombre sin que una sola palabra consiga salir de su boca. Nunca ha entendido esa urgencia por nombrarla. ¿Qué hay en su nombre que le guste tanto pronunciar cuando está a punto de llegar? ¿qué tiene hacerlo que le hace arder el pecho y le pone todavía más de lo que ella ya lo hace? Quiere hacerlo, debe hacerlo. Shilo, Shilo, Shilo, resuena sin parar en su cabeza, por toda la habitación, lo oye, como si lo estuviera pronunciando. Oh, Shilo. Ahora está más preocupado por su incapacidad para decir lo que desea que por la chica que se lo está trabajando ahí abajo y se hace notar. Para ella no pasa desapercibido y, viendo otra oportunidad para divertirse más si cabe, detiene su danza lentamente y le quita la mano de la boca, sosteniendo con fuerza su muñeca para que no vuelva a llevársela. Sin que él tenga tiempo de reaccionar, coge también la otra mano y, con una sola, sostiene ambos brazos de la muñeca. Le mira, inquisitiva, y él no le devuelve la mirada. Es incapaz de mirarla. Pero ella no se da por vencida y le reta.

“¿Quieres más?”, dice. Pero él no responde, y repite la pregunta. Tampoco responde. “Si quieres más tendrás que decírmelo. “, y él parece contestar con un pequeño gruñido de desaprobación. Vuelve a lamerle como al principio, de abajo a arriba y se detiene con un pequeño mordisco en la puntita. “¿Sigo?” insiste dulcemente. Allen sigue respondiendo sin hablar, pero ella quiere que hable. Quiere saber lo que tiene que decir, tiene curiosidad y piensa saciarla.
“Eso no me vale, tienes que responderme con palabras. Vamos.”

“Ya sabes lo que voy a decirte...”, consigue articular.
“Pero quiero que me lo digas.”, y ella se muerde los labios mientras mira la cintura de Allen con traviesas intenciones. “Vamos, ¿sigo?”
“S-sí...” responde finalmente, deseando que se lo trague la tierra... o la garganta de Shilo.

Se levanta del suelo y se estira un poco, coge a Allen de la cintura y lo empuja contra la cama, haciéndole perder el equilibrio y caer sobre ella. Él retrocede, no muy seguro de lo que pasará, y ella le guía hasta tumbarle y ponerse cómoda.

Y ella continúa con su danza, moviéndose como sólo ella sabe hacerlo, pero se detiene de vez en cuando obligándole a pedir que siga, y él suplica como puede mientras, sin darse cuenta, repite su nombre en voz alta, creyendo que lo pronuncia en sueños. Entrelaza sus dedos con el pelo de Shilo, masajeándolo y tirando de él cuando un escalofrío recorre su espalda y parece que todo desaparece y su cuerpo se derrite en el calor de sus labios con sabor a cerezas.

Cuando por fin ella se detiene, Allen no puede dejar de mirarla. Sigue sintiéndose incómodo, pero sólo puede pensar en lo mucho que le gustaría estar dentro de ella. Parece que Shilo le lee la mente, porque ella también lo desea.
Se incorpora sobre él y se echa el pelo hacia atrás. Desabrocha su vestido con cuidado y éste cae delicadamente descubriendo sus pechos y su piel. Mientras ella sigue quitándose la poca ropa que le queda, Allen parece hipnotizado. Acaricia su cuello y baja por los hombros, se detiene en los pechos y los masajea con cuidado, como si tuviese miedo de romperlos. Sigue bajando por la cintura y no se atreve a ir más allá.
Mira a Shilo con dulzura. Ella le guía y, mientras vuelve a devorar los labios, la lengua y la garganta de su amante hasta que se deshace de la vergüenza y coge el ritmo.
Le hubiera gustado que ella gimiera, que hiciera algún tipo de ruido que la delatase, pero nunca lo hacía. Siempre suave, Shilo le susurraba al oído. Le frustraba llegar a ser más... escandaloso que ella, pero no podía evitarlo.
Cerró los ojos mientras la besaba y trató de imaginarse si le gustaba en realidad lo que le estaba haciendo. Trató de imaginársela tal y como estaba él hacía un momento, retorciéndose de placer y gritando su nombre entre gemidos, deseosa de llegar hasta el final, suplicándole. Quería hacer que así fuera, lo deseaba tanto... y de pronto, cuando se dio cuenta, había cogido a Shilo de la cadera, se había acomodado y la había penetrado. El choque sin embargo no logró sacarle de su ensimismamiento y siguió haciéndolo, agarrando a Shilo de sus caderas y su culo con fuerza, haciendo que se moviese arriba y abajo, entrando y saliendo. Ese dulce momento en el que Allen perdía el control de sí mismo y se dejaba llevar, sin darse cuenta del sabor metálico en la boca de Shilo cuando la mordió más fuerte de lo debido, clavando sus uñas en su piel y tirando firmemente de ella. Y Shilo trata de aferrarse a él, dejándose llevar y finalmente gritándole al oído y exigiéndole más fuerza, derramando su calor y su placer en la cumbre de su éxtasis. Sólo cuando Shilo separó sus labios de los de su chico y se incorporó un poco, deteniendo la escena en seco, Allen salió de su mundo onírico, apartando las manos de ella y tratando de esconderse nuevamente, como si no supiera lo que acababa de pasar. De nuevo, sin darle ninguna oportunidad de entender, ella tomó el control y, amarrando los brazos de Allen contra la cama con sus propias manos, comenzó a moverse por sí misma, haciendo que él se derritiese en cada embestida y sin darle tiempo a recomponerse entre una y otra, cada vez más fuerte, cada vez más rápido. De alguna forma, justo cuando estaba a punto de llegar, encontró fuerzas para gritar, derribó sus inquietudes y se alzó sobre Shilo, empujándola sobre las sábanas y, quedando él encima, siguió penetrándola hasta, finalmente, con un pequeño y último espasmo, descargar todo el calor de su cuerpo, que se desvanecía para dar paso al cansancio que le inundaba de abajo a arriba, cayendo sobre el cuerpo de Shilo sin remedio, demasiado agotado para sostenerse y falto de sangre para pensar.

Shilo abrazó el cuerpo aún ardiente de Allen. Con cuidado, se lo quitó de encima y le dejó en la cama, jadeando todavía, probablemente consciente aunque no muy lúcido.

Se levantó, cogió su bata y se dirigió a la cocina.
Mientras se abrochaba la bata y buscaba desesperadamente sus zapatillas de andar por casa, entre saltito y saltito volvió a girar la vista hacia su habitación, divisando a Allen a través del resquicio de la puerta. Seguía tal y como se había quedado al caerse, pero sonriente. La miraba con ternura.

“Ah, Shilo... toda tu puta habitación apesta a sexo. Creo que podría oler tus bragas mojadas desde el rellano.”, soltó sin más. Ella se disculpó, temiendo que el ambiente le desagradase como bien sabía que ese tipo de cosas le resultaban repugnantes. Pero Allen contestó con una risita, “no, joder, me encanta. Quiero follarte otra vez”, añadió tras una pequeña pausa. Shilo se sorprendió, “¿cómo, ahora?”, dijo entre risas. “Sí, ahora”, respondió él.

“Quiero bailar contigo en un océano de nada, quiero volver a romperte y a sentirte y a matarte y saborear el frío del otoño en tus nalgas húmedas y quiero quedarme dentro de ti para siempre. Ahora.”

Shilo no respondió enseguida. Allen siempre había sido muy enigmático con toda su prosa y su lírica barata pero, dentro de lo grotesco e incluso depravado, le había parecido... bonito. Le gustó.

“¿Eso lo acabas de pensar ahora tú solito?”, preguntó, divertida.
“Oh, no tengo ni idea, no estoy pensando ahora mismo.”
“No me digas, Sherlock.”
“¿He dicho algo de tu culo, no?”
“Algo has dicho, sí.”
“Mmm... Bunny-Wiz...”

Se le quedó mirando durante unos segundos hasta que por fin lo averiguó: Allen se había dormido. Así, sin más. Menos mal que tenía ganas de follar, pensó mientras se tumbaba en el sofá con una manta y se disponía a ver cualquier telebasura que echasen a esas horas.
 

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