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Gracias por leer.
···
Querido diario... el otro día salí de casa en busca de alguna gasolinera en la que vendiesen Bunny-Wiz... y me encontré con Shilo.
···
Iba a llegar tarde.
Había tropezado con un bordillo bajo
y, aunque no se había caído, su tacón se había roto.
Trató de recogerlo con tantas prisas
que el peso de su bolso la hizo tambalearse y caer.
Definitivamente iba a llegar tarde.
“Puto bolso”, susurró mientras se
levantaba y guardaba el tacón roto.
Intentó correr lo más deprisa que
pudo hacia la parada del autobús, pero llegó justo para verlo
desvanecerse en la distancia. Suspiró, se sentó en el bordillo de
la carretera y recuperó fuerzas. No se dio cuenta de que estaba
nevando hasta que un helado copito de nieve cayó sobre su hombro
desnudo, provocándole un escalofrío y haciendo que se diese cuenta
del frío que tenía. Entre las prisas y el tacón se había olvidado
de coger su abrigo, y ahora estaba demasiado lejos.
Miró hacia la carretera, tratando de
mentalizarse para, sin duda, un largo viaje a pie. Por suerte, Shilo
era una mujer de recursos y era consciente de que sus tacones no eran
muy de fiar, por lo que, en su bolso, había traído un par de
zapatillas (por eso pesaba tanto) por si acaso le dolían mucho los
pies.
“Mierda de tacones, mierda de nieve,
mierda de frío, mierda de abrigo, mierda de todo. Joder, no pienso
volver al teatro en mi vida.”
Aunque a Shilo le hubiera gustado
cumplir las cien veces que se lo había repetido, no podía evitar
volver una y otra vez.
Siempre había querido ser actriz, pero
por falta de conocimiento y fondos para estudiar, había decidido
dedicarse a la escultura, que era otra forma de arte que, desde bien
pequeña, había sabido apreciar.
Tratando de motivarse pensando en lo
calentita y cómoda que estaría en su casa abrazando su almohada y
viendo cualquier programa barato que pasasen a esas horas de la noche
para coger algo de sueño, se puso en marcha y comenzó a caminar
calle abajo.
Cubrió sus hombros con su pañuelo de
seda negro, aunque no fuese muy efectivo para aliviar el frío.
Se paró en seco. Se ajusto las
zapatillas en sus doloridos pies y comenzó a pensar que nunca
llegaría. Mientras trataba de recuperar el aliento escuchó un ruido
que la hizo sobresaltarse. De pronto se dio cuenta de la oscuridad
que la envolvía y, por algún motivo, aunque estaba segura de que no
era más que algún gato, le entró el miedo. Decidió que lo mejor
era volver tan rápido como fuera posible y comenzó a correr
tratando de convencerse a sí misma de que no pasaba nada.
Miró hacia atrás para intentar
tranquilizarse al ver que no había nadie, pero cuando volvió a
mirar hacia adelante, se chocó y cayó.
No se había hecho mucho daño, pero le
costó levantarse. Se había dado un buen susto.
Se disculpó como cincuenta veces
mientras se sacudía el vestido y se ajustaba las zapatillas sin ver
a quien tenía delante.
-¡Perdona, perdona, perdona!
Discúlpame, no estaba mirando, tengo un poco de prisa... -exclamó
en un hilo de palabras mientras levantaba la cabeza. Su mente se
quedó completamente en blanco cuando vio al chico con el que se
había chocado.-Ahm... se me ha olvidado lo que iba a decir. -le miró
directamente a los ojos, lo que hizo que éste desviase su mirada. No
sabía si debía saludar, disculparse, ignorarle... Él no respondió
enseguida. Ladeó un par de veces la cabeza y, cuando se hubo
decidido, la saludó.
-Hola, Shilo. -dijo solamente en un
susurro casi inaudible, levantando un poco la mano como en un tímido
gesto de saludo.
-Allen, uhm... hacía tiempo que no nos
veíamos.
-Desde que dejaste de venir a verme al
hospital. -notó una punzada en el corazón al oírle decir eso. No
había cambiado nada.
-Eh, ya. Bueno, es que, me salió algo
y yo... bueno, tuve que dejar la ciudad un tiempo. Debí haberte
llamado al menos, lo siento.
-Está bien. ¿Necesitas ayuda? ¿vas a
alguna parte?
-Oh, creo que estoy bien. Iba a casa.
Es que he perdido el último autobús y... mira, me he tenido que
venir andando.
-Te acompañaré a casa.
-No hace falta, en serio. Solo he oído
un ruido antes y me he asustado, por eso corría.
-No era una sugerencia.
No respondió. Ya lo sabía, que no era
una sugerencia. Pero nunca se acostumbró a que Allen fuese tan
directo.
Podría haberle prestado su cazadora, o
sus calcetines, o... lo que fuera. Pero no lo hizo. Shilo sabía que,
por sí mismo, no lo haría. Tampoco quería pedírselo.
No hablaron mucho durante el resto del
trayecto. Shilo se sentía extraña.
Le entraron ganas de preguntarle a
Allen qué hacía dando vueltas a altas horas de la noche, pero ya
sabía la respuesta, o no quería saberla. La verdad era que no
quería estropear el momento. Se sentía feliz de volver a verle, de
que le acompañase. Le echaba de menos... ah, como en los viejos
tiempos.
No tardaron demasiado en llegar al
portal. Shilo le dio un beso en la mejilla a Allen y se propuso
despedirse de él cuando éste la cogió de la mano y no la dejó ir.
-Allen, ¿qué pasa? Me gustaría subir
a casa, tengo frío.
-Quiero quedarme. -espetó, sin más.
-¿Qué?
-Contigo, es decir, en tu casa.-sacudió
la cabeza, un gesto que Shilo nunca le había visto hacer.-Quiero
quedarme en tu casa. Estoy lejos de la mía, creo que me he perdido.
Te lo digo en serio. Yo también tengo frío. ¿Por favor? Sólo por
esta noche.
-Hum. Claro, bueno, vale. Pero no hace
falta que te pongas así. Pídemelo y ya está.
-Vale, lo siento.
¿Pedir algo? ¿Allen? Había algo que
no encajaba bien y no estaba segura de querer averiguar qué era.
Entraron al portal en silencio, con
Allen aún cogiéndola de la mano fuertemente, como si ella fuese a
soltarse y a abandonarle para siempre. Delante del ascensor se formó
un largo silencio mientras esperaban. A Shilo no le incomodó, no era
el típico silencio incómodo, era un silencio acogedor. Ella siempre
había disfrutado del silencio y el modo que tenía Allen de
provocarlo era encantador. No le hubiera importado continuar en
silencio hasta que el ascensor llegase a su piso. No, si, de manera
totalmente inesperada, Allen no lo hubiera roto.
-Te echo de menos.
-¿Qué? Pero si no te acordabas de mí.
-Eso no es cierto. Aparecías en mis
sueños y mis pesadillas, en mis alucinaciones... aparecías por
todas partes y cada vez que te veía me sentía vacío y sentía que
te echaba de menos.
-Yo...
-Llegué a odiarte. Me provocaba tanto
dolor echar de menos a alguien que no lograba recordar...
-Allen, ¿por qué me cuentas eso
ahora?
Pero Allen no respondió. Se quedó
mirándola de frente, completamente quieto. Sus ojos analizaban cada
parte de su rostro en rápidos movimientos.
Lentamente, sin que Allen se diese
cuenta, Shilo deslizó una de sus manos por el rostro del muchacho,
acariciando suavemente su mejilla, casi hipnotizada.
De pronto, lo besó.
Shilo sintió un escalofrío recorrer
su espalda. Inconscientemente posó sus manos sobre la cintura de
Allen y se agarró fuertemente a su cazadora mientras el beso duró.
Cuando se dio cuenta, abrió los ojos de golpe (que no recordaba
haber cerrado) y empujó a Allen hacia atrás.
-¡Un momento! ¡Yo no debería...!
-gritó en voz baja, exasperada. Allen seguía sin responderle. Shilo
se sentía realmente confusa. Le había gustado, claro que le había
gustado... pero no sabía si quería seguir. Allen ya no era Allen.
Pero él no la dejó ir tan fácilmente
y, algunos segundos antes de llegar al sexto, pasó un brazo por sus
hombros y otro por su cintura y la atrajo hacia él, besándola de
nuevo, esta vez más brusca y profundamente. Se inclinó tanto hacia
ella que tuvo que dar un par de pasos hacia adelante, golpeándola
contra la pared del ascensor y, cogiéndola de las muñecas para no
dejarla hacer nada, siguió besándola.
Recorrió los suaves labios de Shilo
con los suyos, saboreándolos a veces con su lengua, enamorándose de
su pintalabios con sabor a cerezas.
Disfrutó tanto como pudo de aquellos
segundos que le parecieron una eternidad hasta que el ascensor llegó
a su destino, deteniéndose con un golpe seco.
Allen también se detuvo, aunque lenta
y suavemente. No quería separar sus labios de los de Shilo. Le
gustaban demasiado. Curiosamente, no se sentía extraño. Se sentía
cómodo, cálido. Quería seguir, y sabía que Shilo también.
Las viejas puertas de metal se abrieron
con dificultad dando paso al pequeño rellano que alojaba la puerta
del piso de Shilo. Ambos se calmaron un poco mientras salían del
cubículo, aunque Shilo no lograba encontrar las llaves en su bolso,
cosa que agravó más su creciente ansiedad. El hecho de que Allen no
dejase de mirarla también conseguía ponerla más nerviosa todavía,
pero ella no dejaría que lo viera. No, ella quería parecer
tranquila, estoica. Lo cierto era que por dentro se sentía como un
flan, y Allen lo sabía. Se había derretido con cada beso que él le
había dado, esa sensación de que todo desaparecía a su alrededor y
solo estaban ellos, la nada y sus labios, las manos de Allen
acariciando suavemente su cuello y su cintura.
Recordó todos aquellos momentos que
habían tenido juntos mientras trataba de encajar la llave en la
cerradura. De todos los chicos con los que había estado, Allen había
sido siempre su favorito. La delicadeza y la dulzura con la que la
trataba le provocaba escalofríos y sensaciones que ningún otro
lograría jamás.
El chasquido de la puerta al abrirse la
despertó de sus recuerdos. Allen seguía tras ella, observándola de
cerca, esperando algún movimiento.
Entraron despacio en casa y, mientras
que Shilo comenzó a dejar sus cosas y a ponerse cómoda, Allen
simplemente se quedó en la entrada, junto a la puerta, completamente
quieto.
Aunque Shilo no estaba segura de querer
que se moviera, en realidad.
Mientras dejaba su chaqueta en el
dormitorio una fugaz imagen atravesó su ser y sus sentidos al
observar su cama, aún deshecha. Un subidón de dopamina, le ardían
las tripas y él seguía penetrándola con la mirada, helando su
conciencia, y para cuando se quiso dar cuenta, lo estaba besando otra
vez.
No tuvo tiempo (ni quiso) pensar en
otra cosa que en los labios de su chico tratando de saborearla. Ella
no le dejaría, ni un momento. Ella sería la que le saborease a él,
como siempre había sido, lo que más le divertía. Una ilusión
ciega de control y conciencia, cuando él creía que la tenía y que
la tendría siempre que quisiera, que la mataría una y otra vez y la
vería volver a nacer, una y otra y otra vez. Por supuesto, era
justamente al contrario.
Le encantaban sus cortos gemidos
deseando no ser oídos cuando lamía su oído y su cuello con
delicadeza y cómo la apretaba contra su pecho en un espasmo de
placer al sentir sus dientes clavados contra su cuello. Sus ojos
mirándola con miedo y vergüenza al estampar su espalda contra la
pared del dormitorio ahora parecían más vivos que nunca.
Era curioso, cuanto menos, cómo él la
había seducido y llevado a la perdición tantas veces y cómo ella
siempre acababa por tomar el mando. Pero es que le encantaba, no
podía evitarlo. Era algo que no podía hacer con nadie más, sólo
con él, dejarse llevar de esta manera, frustrarle hasta el punto de
que incluso se negase a continuar, a sabiendas de que había caído
en la trampa una vez más y sintiéndose el capullo más subnormal
del planeta.
Pero ella seguía comiéndole el cuello
y la oreja y palpando su raquítica cinturita mientras le quitaba la
poca ropa que le quedaba puesta. Cuándo había perdido su pantalón,
lo desconocía.
Cada pequeño mordisco travieso era una
leve descarga que recorría su espinazo y se instalaba en su pecho y
su cabeza, estallando en algún disimulado ruidito que no lograba
contener mientras trataba de prestar atención y a la vez ignorar las
perfectas manos de Shilo recorriendo su cuerpo, y él no podía hacer
nada más que esconderse, aunque sin éxito.
Una punzada de pánico le atravesó el
pecho cuando abrió los ojos para encontrársela bajando despacio por
su torso, lamiendo cada rincón y dándole besitos cortos y fugaces
que disparaban otra pequeña descarga, distrayéndole y alejándole
cada vez más de lo poco que le quedaba de voluntad.
Cuando ella por fin llegó exactamente
a donde quería, Allen se sintió atrapado. Incapaz de reaccionar o
moverse. Un pequeño lametón inocente le hizo estremecerse e
imaginarse lo que tanto deseaba en ese momento y que tanto le costaba
admitir.
Miró hacia abajo una última vez para
intentar detener a Shilo, pero no quería. Ella le miró directamente
a los ojos con una sonrisa maliciosa mientras deslizaba su lengua
húmeda y caliente a lo largo de su miembro casi provocándole una
convulsión. Sin darse cuenta deja escapar un gemido largo y luego
suspira, echando la cabeza hacia atrás, como si aquella sensación
hubiese robado su aliento. Ella se ríe, divertida. Intenta
esconderse, muerto de vergüenza, se lleva sus manos al cuello y
trata de encogerse en una pequeña burbuja que le permita alejarse de
todo aquello y calmar su ansiedad. Pero ella no le deja, y sigue
lamiéndole, de arriba a abajo, de abajo a arriba, suave y despacio,
encendiendo aún más su creciente deseo por estar dentro de su boca
y sentir el calor y la humedad y su lengua bailando al tiempo que se
mueve rítmicamente, hacia adentro, hacia afuera, acariciando el
resto de su sexo y él se lleva una de sus manos a la boca y la
muerde con fuerza, tratando de ahogar sus gemidos, pero a Shilo no le
hace falta oírle para saber cuánto le gusta y en cambio se divierte
torturándole un rato, acariciando su cuerpo que se retuerce y grita
silenciosamente en una dulce agonía fruto de la saliva, la dopamina
y sus labios frotándose contra lo que ahora más desea.
Entre gemidos y espasmos Allen trata de
pronunciar su nombre sin que una sola palabra consiga salir de su
boca. Nunca ha entendido esa urgencia por nombrarla. ¿Qué hay en su
nombre que le guste tanto pronunciar cuando está a punto de llegar?
¿qué tiene hacerlo que le hace arder el pecho y le pone todavía
más de lo que ella ya lo hace? Quiere hacerlo, debe hacerlo. Shilo,
Shilo, Shilo, resuena sin parar en su cabeza, por toda la habitación,
lo oye, como si lo estuviera pronunciando. Oh, Shilo. Ahora está más
preocupado por su incapacidad para decir lo que desea que por la
chica que se lo está trabajando ahí abajo y se hace notar. Para
ella no pasa desapercibido y, viendo otra oportunidad para divertirse
más si cabe, detiene su danza lentamente y le quita la mano de la
boca, sosteniendo con fuerza su muñeca para que no vuelva a
llevársela. Sin que él tenga tiempo de reaccionar, coge también la
otra mano y, con una sola, sostiene ambos brazos de la muñeca. Le
mira, inquisitiva, y él no le devuelve la mirada. Es incapaz de
mirarla. Pero ella no se da por vencida y le reta.
“¿Quieres más?”, dice. Pero él
no responde, y repite la pregunta. Tampoco responde. “Si quieres
más tendrás que decírmelo. “, y él parece contestar con un
pequeño gruñido de desaprobación. Vuelve a lamerle como al
principio, de abajo a arriba y se detiene con un pequeño mordisco en
la puntita. “¿Sigo?” insiste dulcemente. Allen sigue
respondiendo sin hablar, pero ella quiere que hable. Quiere saber lo
que tiene que decir, tiene curiosidad y piensa saciarla.
“Eso no me vale, tienes que
responderme con palabras. Vamos.”
“Ya sabes lo que voy a decirte...”,
consigue articular.
“Pero quiero que me lo digas.”, y
ella se muerde los labios mientras mira la cintura de Allen con
traviesas intenciones. “Vamos, ¿sigo?”
“S-sí...” responde finalmente,
deseando que se lo trague la tierra... o la garganta de Shilo.
Se levanta del suelo y se estira un
poco, coge a Allen de la cintura y lo empuja contra la cama,
haciéndole perder el equilibrio y caer sobre ella. Él retrocede, no
muy seguro de lo que pasará, y ella le guía hasta tumbarle y
ponerse cómoda.
Y ella continúa con su danza,
moviéndose como sólo ella sabe hacerlo, pero se detiene de vez en
cuando obligándole a pedir que siga, y él suplica como puede
mientras, sin darse cuenta, repite su nombre en voz alta, creyendo
que lo pronuncia en sueños. Entrelaza sus dedos con el pelo de
Shilo, masajeándolo y tirando de él cuando un escalofrío recorre
su espalda y parece que todo desaparece y su cuerpo se derrite en el
calor de sus labios con sabor a cerezas.
Cuando por fin ella se detiene, Allen
no puede dejar de mirarla. Sigue sintiéndose incómodo, pero sólo
puede pensar en lo mucho que le gustaría estar dentro de ella.
Parece que Shilo le lee la mente, porque ella también lo desea.
Se incorpora sobre él y se echa el
pelo hacia atrás. Desabrocha su vestido con cuidado y éste cae
delicadamente descubriendo sus pechos y su piel. Mientras ella sigue
quitándose la poca ropa que le queda, Allen parece hipnotizado.
Acaricia su cuello y baja por los hombros, se detiene en los pechos y
los masajea con cuidado, como si tuviese miedo de romperlos. Sigue
bajando por la cintura y no se atreve a ir más allá.
Mira a Shilo con dulzura. Ella le guía
y, mientras vuelve a devorar los labios, la lengua y la garganta de
su amante hasta que se deshace de la vergüenza y coge el ritmo.
Le hubiera gustado que ella gimiera,
que hiciera algún tipo de ruido que la delatase, pero nunca lo
hacía. Siempre suave, Shilo le susurraba al oído. Le frustraba
llegar a ser más... escandaloso que ella, pero no podía evitarlo.
Cerró los ojos mientras la besaba y
trató de imaginarse si le gustaba en realidad lo que le estaba
haciendo. Trató de imaginársela tal y como estaba él hacía un
momento, retorciéndose de placer y gritando su nombre entre gemidos,
deseosa de llegar hasta el final, suplicándole. Quería hacer que
así fuera, lo deseaba tanto... y de pronto, cuando se dio cuenta,
había cogido a Shilo de la cadera, se había acomodado y la había
penetrado. El choque sin embargo no logró sacarle de su
ensimismamiento y siguió haciéndolo, agarrando a Shilo de sus
caderas y su culo con fuerza, haciendo que se moviese arriba y abajo,
entrando y saliendo. Ese dulce momento en el que Allen perdía el
control de sí mismo y se dejaba llevar, sin darse cuenta del sabor
metálico en la boca de Shilo cuando la mordió más fuerte de lo
debido, clavando sus uñas en su piel y tirando firmemente de ella. Y
Shilo trata de aferrarse a él, dejándose llevar y finalmente
gritándole al oído y exigiéndole más fuerza, derramando su calor
y su placer en la cumbre de su éxtasis. Sólo cuando Shilo separó
sus labios de los de su chico y se incorporó un poco, deteniendo la
escena en seco, Allen salió de su mundo onírico, apartando las
manos de ella y tratando de esconderse nuevamente, como si no supiera
lo que acababa de pasar. De nuevo, sin darle ninguna oportunidad de
entender, ella tomó el control y, amarrando los brazos de Allen
contra la cama con sus propias manos, comenzó a moverse por sí
misma, haciendo que él se derritiese en cada embestida y sin darle
tiempo a recomponerse entre una y otra, cada vez más fuerte, cada
vez más rápido. De alguna forma, justo cuando estaba a punto de
llegar, encontró fuerzas para gritar, derribó sus inquietudes y se
alzó sobre Shilo, empujándola sobre las sábanas y, quedando él
encima, siguió penetrándola hasta, finalmente, con un pequeño y
último espasmo, descargar todo el calor de su cuerpo, que se
desvanecía para dar paso al cansancio que le inundaba de abajo a
arriba, cayendo sobre el cuerpo de Shilo sin remedio, demasiado
agotado para sostenerse y falto de sangre para pensar.
Shilo abrazó el cuerpo aún ardiente
de Allen. Con cuidado, se lo quitó de encima y le dejó en la cama,
jadeando todavía, probablemente consciente aunque no muy lúcido.
Se levantó, cogió su bata y se
dirigió a la cocina.
Mientras se abrochaba la bata y buscaba
desesperadamente sus zapatillas de andar por casa, entre saltito y
saltito volvió a girar la vista hacia su habitación, divisando a
Allen a través del resquicio de la puerta. Seguía tal y como se
había quedado al caerse, pero sonriente. La miraba con ternura.
“Ah, Shilo... toda tu puta habitación
apesta a sexo. Creo que podría oler tus bragas mojadas desde el
rellano.”, soltó sin más. Ella se disculpó, temiendo que el
ambiente le desagradase como bien sabía que ese tipo de cosas le
resultaban repugnantes. Pero Allen contestó con una risita, “no,
joder, me encanta. Quiero follarte otra vez”, añadió tras una
pequeña pausa. Shilo se sorprendió, “¿cómo, ahora?”, dijo
entre risas. “Sí, ahora”, respondió él.
“Quiero bailar contigo en un océano
de nada, quiero volver a romperte y a sentirte y a matarte y saborear
el frío del otoño en tus nalgas húmedas y quiero quedarme dentro
de ti para siempre. Ahora.”
Shilo no respondió enseguida. Allen
siempre había sido muy enigmático con toda su prosa y su lírica
barata pero, dentro de lo grotesco e incluso depravado, le había
parecido... bonito. Le gustó.
“¿Eso lo acabas de pensar ahora tú
solito?”, preguntó, divertida.
“Oh, no tengo ni idea, no estoy
pensando ahora mismo.”
“No me digas, Sherlock.”
“¿He dicho algo de tu culo, no?”
“Algo has dicho, sí.”
“Mmm... Bunny-Wiz...”
Se le quedó mirando durante unos
segundos hasta que por fin lo averiguó: Allen se había dormido.
Así, sin más. Menos mal que tenía ganas de follar, pensó mientras
se tumbaba en el sofá con una manta y se disponía a ver cualquier
telebasura que echasen a esas horas.
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