Mientras observaba
las fugaces luces del túnel del metro, no dejaba de darle vueltas a
la cabeza. Demasiadas cosas sólo en una tarde. La visita a las
oficinas, el Coleccionista, Allen, el libro de Valerie... aún lo
tenía en la bolsa. No se acordaba de haberlo metido ahí. Aún no
había empezado a leerlo, no se atrevía.
Lo
sacó un poco para mirar la portada una vez más. “Aurora”,
de Friedrich Nietzsche.
A Valerie le gustaba el filósofo. Por alguna razón pensó que a
Hershel podría gustarle también.
Pero él no creía
que fuese así. Ya había leído algo de él, y no le había
llamado demasiado la atención.
Instintivamente,
sacó el expediente de Allen de la bolsa, que descansaba tras el
libro de Val. Allen Bane. El chico psicótico al que Dave quería
entrevistar. Pero, ¿por qué?
Dave no pedía las
cosas a la ligera. Las pensaba, y mucho.
Además, se lo
había pedido a él, a su hermano.
Había algo raro,
pensaba Hershel. Dave había dado con algo que no quería revelar al
resto de su equipo, por eso se lo confiaba a él.
Se recostó en su
asiento, suspirando profundamente. ¿Debería hacerlo? Claro que
debería, pensó. Dave se lo había pedido, en secreto, sólo a él.
De pronto, Hershel
notó un subidón. Su hermano, Dave, al que tanto admiraba y al que
aspiraba a superar, le había encomendado algo de suma importancia,
algo que él consideraba vital para el caso. Algo que había
averiguado, y quería estudiarlo junto a Hershel, porque confiaba en
él.
El tren se detuvo
lentamente, abriendo sus puertas y dejando que unas personas salieran
y otras entrasen. Aunque a esas horas salían más personas de las
que entraban.
Hershel miró la
parada. Se había pasado.
Suspiró para sí
mientras agarraba su bolsa y salía del vagón. Ya cogería un taxi.
O algo.
Dejó la bolsa
encima de la encimera y tiró las llaves al sofá, sin mucha
puntería. Cerró la puerta con desgana y se dispuso a prepararse un
té.
No tenía ganas de
pensar en el día de hoy. Se sentía decepcionado, malhumorado. Pensó
que participar en un caso le haría más ilusión, que sería
emocionante y le ayudaría a aprender... Ni siquiera se planteó que
tendría que vérselas con un asesino de niñas tan sádico.
Ni tampoco con...
No. No quería
pensar en eso, ni en él en particular. Ya lo pensaría mañana.
Quería tomarse la noche libre, toda para él.
Se acomodó en el
sofá con su té de frambuesa y un platito de galletas y enchufó el
disco extraíble, preparado para continuar con su maratón semanal de
Buffy Cazavampiros.
~
Miró a través del
cristal de su celda y apoyó los dedos en los pequeños agujeritos de
ventilación, apretándolos nerviosamente. Llamó al guarda como unas
quince veces sin que éste respondiera. Trató de ser paciente, debía
pasar por su celda... por lo menos. Pero en el fondo sabía que eso no sucedería.
-¡¡ETHAN!!
-Volvió a gritar, pero de nuevo, sin resultado alguno.
A pesar de todo no se
dio por vencido y, durante al menos dos minutos, gritó sin cesar,
cada vez más fuerte, hasta que el susodicho Ethan hizo su aparición, ataviado con un
conjunto blanco, un cinturón de cuero del que colgaban un táser, un
par de esposas y un manojo de llaves y sus aires de superioridad
característicos.
-¿Qué coño
quieres, Allen?
Para delicia de
Allen, el guarda parecía realmente cabreado. Sabía que él no le
gustaba, y eso lo hacía aún mejor. Su cara de amargura logró
esbozar una sonrisa en la cara del preso.
-Es mi noche libre.
-respondió en un tono infantil mientras se balanceaba, aún agarrado
a los agujeritos de ventilación.
-Ya, ¿y qué?
-Quiero mi noche
libre.
-Sí, ya. Ya te he
oído.
Un silencio. La
sonrisa de Allen se desvaneció para dar paso a una expresión fría,
casi de odio.
Frunció el ceño.
Ethan sonrió con desdén.
-No seas cabrón,
me merezco esto. -espetó de mala gana.
-¿Por qué,
exactamente?
-¿Por portarme
bien? -respondió con ojos inocentes.
-¡Já! ¿lo dices
en serio? ¿por portarte bien? -Ethan apoyó su brazo en el cristal.
Cruzó sus piernas y alzó la mirada. A veces parecía que iba a
explotar dentro de esa ropa tan ajustada- Estabas gritando como un
loco hace un momento.
-Porque no me
hacías caso.
-Ah, lo siento,
estoy un poco duro de oído últimamente. -respondió mientras se
rascaba la oreja sin perder la sonrisa.
Allen contuvo su
rabia. Sin ese cristal reforzado, Ethan ya se estaría desangrando en
el suelo, agarrando su grasiento pescuezo en un infructuoso intento
de detener la hemorragia. Puto cristal, pensó.
No quería
resignarse a Ethan. Necesitaba esa noche libre o se le iría la
cabeza, pero tampoco quería suplicarle. Era lo que el gordo quería,
que le suplicase. Se sentía superior detrás de ese cristal. Pero
Allen sabía que cuando estaba fuera, Ethan no se atrevía ni a
acercarse.
Se sentó en la
cama y suspiró con resignación.
-Me he portado bien
estas dos semanas. He ido a todas las sesiones.
Ethan trató de
contener la risa. Allen era como un niño enfurruñado porque se le
ha negado el juguete que ha pedido. Suspiró y desabrochó las
esposas de su cinturón.
-¿Qué quieres
hacer? -Los ojos azules del chico le miraron con un brillo de
ilusión. Bajó la vista al suelo y pensó por un momento.
-Quiero salir al
patio. Quiero dibujar algo en el patio. -El guarda arrugó la nariz
y dudó un instante.
-Dibujas todos los
días aquí, ¿por qué ibas a querer dibujar fuera?
El chico no
respondió. Hubo un corto pero incómodo silencio. Allen miraba a
Ethan con impaciencia, pero éste no estaba muy convencido de si debía
dejarle salir.
-¿Estás seguro de
que sólo quieres hacer eso?
Siguió sin
responder. Simplemente cogió sus cosas, dejó que Ethan le esposara
por la ventanilla y le siguió hacia el patio.
~
Se despertó de un
sobresalto, juraría que el ruido del teléfono le había apuñalado
los oídos.
Trató de
incorporarse despacio, por alguna razón la llamada le parecía
realmente estridente. Se mantuvo inmóvil durante un momento,
asimilando la situación. Cada vez tenía más claro que le dolía la
cabeza.
Dado que el
teléfono no paraba de sonar, se decidió a cogerlo y lo descolgó de
muy mala gana, tropezando de alguna extraña forma en el sofá y
cayéndose de boca. Sus extraordinarios reflejos de recién levantado
ayudaron a que el teléfono no saliese volando.
-¿Diga? -preguntó
con una voz congestionada y áspera, casi parecía que tuviera
resaca. No contestaron enseguida, pero Hershel ya se imaginaba que
sería su hermano.
-¿Hershel?
-respondió una asombrosamente espabilada voz al otro lado.
-Ehm... Hershel...
sí, ¡sí! Soy yo, soy Hershel. -estaba un poco mareado, no estaba
ni muy seguro de cómo se llamaba. Estaba claramente desconcertado
acerca de sí mismo y de todo lo que le rodeaba en ese momento.
-¿Te acabas de
levantar? -preguntaron con una risita socarrona.
-Pues...
obviamente, eso ya lo sabes.
Se levantó con
cuidado y se llevó su taza de té y el platito de galletas a la
cocina, tratando de que no se le cayera nada por el camino.
-Bueno, dentro de
un par de horas hay una reunión sobre el caso, deberías venir, hay
novedades.
-Vale, sí, allí
estaré.
-Te espero
entonces, y ponte guapo.
-Yo siempre voy
guapo.
-Ya, claro. ¡Nos
vemos!
Hershel arrugó la
nariz. Pensó en lo de ponerse guapo por un segundo y después lo
olvidó por completo.
Salió de la ducha
mucho más despejado, aunque el dolor de cabeza no había remitido.
Se quedó frente al espejo, observándose. Tenía la mente en blanco,
no estaba pensando en nada, sólo miraba. Y por alguna razón, tenía
ganas de pasarse el día entero así, sin siquiera moverse. Cuando se
dio cuenta de la mala costumbre que tenía de distraerse
continuamente, dejó escapar un suspiro y apartó la mirada del
espejo.
Trató de darse la
vuelta pero pisó su toalla, perdió el equilibrio y estrelló su
brazo contra el cristal para después caer al suelo.
Se incorporó
despacio, evitando clavarse algún trozo de espejo que hubiera caído
al suelo y recuperó su compostura. No parecía que se hubiera hecho
nada grave en el brazo, sólo se había clavado algunos pequeños
cristales, aunque el baño parecía una auténtica escena del crimen,
pues había cristales y sangre por todas partes.
Maldiciendo para
sí, se limpió las heridas del brazo, se puso un par de tiritas y
corrió a recoger sus cosas para no arriesgarse a perder el tren.
Hershel no lo tenía
muy claro ese día. Su noche libre no le había sentado demasiado
bien y sus preciosos y brillantes ojos verdes ahora eran más bien
tristes, cansados y enrojecidos.
-Creo que te
pasaste viendo Daffy ayer, ¿eh, Hershel? -Saludó Dave con una
fuerte palmada en el hombro que hizo que Hershel se tambalease un
poco. Había llegado casi al mismo tiempo que él, aunque Dave estaba
mucho más fresco.
-Buffy, Dave, es
Buffy. -respondió Hershel en un tono cortante que hizo que Dave
perdiese la sonrisa de su cara. Estaba claro que Shel no tenía ganas
de hablar.
-Bueno, ¿te has
mirado el expediente del caso?
-No, la verdad es
que no. Ayer yo... no tenía ganas. Estaba enfadado, lo siento.
-No, no, lo
comprendo. Tendrás tiempo después de la reunión, ahora vamos para
arriba.
Dave le dedicó un
saludo a la recepcionista antes de subir al ascensor, aunque ésta
estaba más pendiente de Hershel, algo decepcionada porque éste ni la
había mirado.
Ninguno de los dos
dijo nada en lo que duró el trayecto del ascensor, pero Hershel
tenía ganas de hacerlo, aunque era incapaz de rendirse a su hermano.
Había leído el expediente, claro que lo había hecho. Se había
pasado toda la noche estudiando el maldito caso aun cuando había
decidido que no lo haría, qué idiota, pensó para sí.
Analizó los
detalles del caso mientras caminaba hacia la sala de reuniones. Tenía
claras la mayoría de las cosas, tal vez había sacado algunas
conclusiones aunque no estaba seguro de que fuesen a ser de utilidad.
Se chocó con Dave
sin darse cuenta, quien estaba parado frente a la puerta de la sala.
Ninguno de los dos dijo nada durante unos incómodos segundos que
Dave trató de romper con una alegre sonrisa de oreja a oreja que
parecía decir ¡anímate! a lo que Hershel respondió con una
mirada que hubiera podido cortar metal. Dándose por vencido, Dave
perdió su sonrisa y se limitó a abrirle la puerta a su hermano y a
esperar a que éste estuviera dentro para dejar escapar un largo
suspiro.
Sin dudarlo ni un
segundo, Hershel se dirigió a la silla que estaba más al fondo y se
sentó. Dave podría haberle dicho algo de no ser porque sabía que
Shel lo asesinaría con la mirada o, peor, se iría de allí. Le
indicó que debía dirigirse al otro lado de la sala para exponer el
caso con un gesto y se largó tan rápido como pudo.
Hershel, tan
cansado como estaba, apenas tenía ganas de prestar atención a nada
que tuviera que ver con todo aquello. Estaba harto de visualizar las
fotos de las niñas, que le habían perseguido durante toda la noche,
y la falta de información acerca del sujeto era realmente
frustrante. Se tapó los ojos con la mano y apoyó su cabeza en ella,
respirando profundamente. Cuando la exposición comenzó por fin, se
rescostó en la silla y echó su despeinado cabello hacia atrás,
despeinándolo todavía más.
Dave comenzó a
hablar, junto con un director general o una especie de capitán. La
verdad es que no lo sabía, y le daba lo mismo.
Otra vez las fotos.
Apartó la vista y parpadeó unas cuantas veces, frotándose los
ojos, pero pronto volvió a centrar su vista en Dave y en la otra
persona que hablaba, pues cada vez que cerraba los ojos, aquellas
horribles imágenes traspasaban fugazmente su cabeza. Incapaz de
concentrarse, pronto se encontró sumido en una ráfaga de
pensamientos desconectados y sin sentido alguno, concentrado en el
movimiento de los labios de Dave mientras sus oídos ignoraban
cualquier tipo de sonido exterior. Una cancioncilla resonaba en su
cabeza, de vez en cuando fijaba su mirada en un punto fijo y volvía
a observar los -aparentemente hipnóticos- labios de Dave. Sólo
cuando alguien se levantó y disparó las palabras a todo pulmón fue
capaz de volver a la realidad. Frunció el ceño y se acomodó en su
asiento.
No se había dado
cuenta de que, durante toda la charla, Dave le había estado mirando.
Dave sabía que su hermano no se encontraba bien pero, aunque quería
hablar de ello, no quería forzarle más. Continuó parloteando hasta
que él mismo se cansó de la reunión y, con un dramatismo extremo,
se sorprendió al mirar su reloj y ver la hora que era. Fingió tener
algo realmente urgente que hacer y recogió su chaqueta, saliendo a
toda prisa de la sala, no sin antes frotarle el pelo a Hershel en un
indicativo de que éste debía seguirle. Como hermanos que eran,
Hershel adivinó sus intenciones al momento y le siguió por la
oficina.
-¿Mejor así, no?
-dijo Dave al entrar en su despacho, tirando la chaqueta sobre un
sillón y sentándose en el suyo propio, estirándose un poco.
-Desde luego.
-respondió Hershel en un tono serio, aunque podía adivinarse un
ápice de alivio, y eso a Dave le reconfortó.
-Bueno, ¿quieres
hablar de eso? -señaló el brazo de Hershel con la cabeza. Mientras
su hermano buscaba asiento, Dave apartó sus cosas del escritorio y
puso los pies encima, reclinándose cómodamente sobre su asiento.
-No es nada, me he
caído en el baño esta mañana, he roto el espejo. -suspiró
Hershel.
-Por lo menos no te
has roto la cabeza.
-Ya...
-Eh, no digas eso,
tu cabecita es demasiado valiosa como para romperla.
Hershel bajó la
vista en un intento de ocultar sus mejillas ahora enrojecidas. Le
gustaba que Dave le dijese esas cosas, le hacían sentir bien, pero
le daba mucha vergüenza admitirlo.
-¿Qué tal en la
reunión?
-¡Ah, esto...! -le
temblaba un poco la voz, Dave le había pillado completamente
desprevenido. Le hizo recordar sus horribles años de escuela en los
que no prestaría ni pizca de atención a las explicaciones del
profesor, que casualmente siempre le preguntaba a él.- Perdona,
Dave, no tenía ganas de escuchar a nadie.
Dave, sabiendo que
Hershel sí habia estudiado el caso aquella noche -conocía demasiado
a su hermano como para no darse cuenta- le perdonó y se dispuso a
traerle algo de desayunar.
Cuando volvió con
un café, un zumo y un croissant, Hershel se había quedado dormido
en el sillón, con el expediente de Allen Bane sobre él.
Dejó el café y el
resto de cosas sobre la mesa y cogió el expediente. Arrugó la cara
en un gesto de lástima y miró alternativamente la foto de Allen y a
su hermano. Suspiró y se sentó tras el escritorio. Ojeó un poco el
expediente, buscando los datos de la doctora de Allen, la psiquiatra
Rose Smith, también directora del centro.
Dio un sorbo al
café, abanicándose la boca con la mano de lo caliente que estaba y
levantó el auricular del teléfono, marcando el número y
previsualizando las palabras en su cabeza.
-Buenos días,
Hospital Psiquiátrico Saint Briggs, ¿en qué puedo ayudarle?
-Buenos días, me
gustaría hablar con la doctora Rose Smith, llamo del FBI. -dijo en
un tono agrio mientras rebuscaba un papel y un bolígrafo entre los
trastos de la mesa.
-¿Podría darme
sus datos, por favor?
-Jefe del buró de
investigación psicológica Dave Black, oficina de Chicago, número
de placa 2001341. Debo de estar apuntado por ahí. -respondió algo
nervioso al no encontrar nada sobre lo que poder escribir.
-Ah, Dave Black,
sí, está usted en el ordenador. Bien, pues si es tan amable de
esperar un momento en lo que aviso a la doctora...
-Por supuesto.
No había
cancioncillas rancias destroza-oídos en ese tipo de llamadas, por
eso a Dave le encantaban las llamadas burocráticas. Contenidos
aburridos, pero rápidas y productivas si se poseían los
conocimientos suficientes de ingeniería social.
El recepcionista
apenas tardó en traer noticias.
-De acuerdo, la
doctora Rose se encuentra en una sesión ahora mismo...
-Qué casualidad.
-musitó inconscientemente sin dejar que el recepcionista terminase
la frase.
-De todas formas me
ha preguntado si es importante.
-Dígale que es
sobre uno de sus pacientes, número de expediente 277.
-2, 7, 7... Oh.
-Dave pudo oír cómo el muchacho tragaba saliva al otro lado de la
línea.
-¿Puede ponerme
con ella?
-Sí, claro, ahora
mismo se la paso, que tenga un buen día.
-Igualmente.
Dejó el auricular
sobre la mesa y la golpeó no demasiado fuerte con un puño para no
despertar a Hershel. Estaba seguro de que había dejado una pequeña
libreta y una plumilla en algún lugar de la parte derecha del
escritorio.
-¿Agente Dave?
¿está usted ahí? -se oyó a través del teléfono. Lo agarró tan
rápido como pudo y comenzó a abrir cajones como si no hubiera un
mañana.
-¡Doctora Rose!
Buenos días. -contestó con toda la compostura que supo reunir.
-Buenos días, ¿en
qué puedo ayudarle?
-Verá, me gustaría
solicitar la ayuda de su paciente en un caso que... sinceramente,
estamos un poco atragantados. Nos vendría muy bien una ayuda. ¿Cree
que le gustaría colaborar?
-Bueno, es posible.
Pero últimamente no está muy dispuesto a nada.
-¿Cree que podría
hablar personalmente con él?
-Oh, me temo que
no, nos lo dejó muy claro la última vez que vino. -Dave podía
escuchar algunos susurros al otro lado, y no pudo pasar por alto un
ahogado cállate, aunque sabía que no iba para él.
-¿Sigue ahí?
-Sí, sí, estoy
aquí.
-No, me refiero a
su paciente.
-Ah... -y la
doctora pausó por un momento.- sí, aquí está. -añadió, con un
leve ápice de disgusto en su voz.
-¿Puede pasármelo?
-No, no creo que
sea buena idea. -algunos susurros más.-Definitivamente, n...
¡pero...!
-¿Doctora?
-¡DAVE BLACK!
-respondió una alegre voz al otro lado.
-Allen. -reconoció
Dave, que ya había dejado de trastear por su mesa y había adoptado
una postura más alerta.
-¿Vas a venir a
hacerme una visita? -preguntó en un tono infantil, casi ilusionado.
-Creí que no te
gustaba la idea.
-Oh, en efecto, se
me revuelven las tripas sólo de pensarlo. Pero eh, has mencionado un
caso, ¿verdad?
-Sí. -podía oírse
un leve forcejeo y los quejidos de una mujer, presumiblemente porque
Allen le habría arrebatado el teléfono a su psiquiatra y se negaba
a devolvérselo, como un niño pequeño con un juguete. Dave trataba
de mantener un tono firme, aunque debía reconocer que ese chico le
sacaba de quicio.
-Resulta que oí
algo de eso hace un par de días, un caso muy interesante.
-¿Te interesa?
-Hmmm...
-¿Allen? -se
acomodó en su silla y comenzó a respirar hondo sin darse cuenta. El
chico tardó un poco en responder.
-No.
Dave se quedó en
shock durante un momento. Estaba convencido, casi con total seguridad
de que Allen aceptaría, de una manera u otra. Pero no lo hizo.
-Me gusta ver cómo
te tiembla la voz en las ruedas de prensa bajo la mirada de tus
superiores descontentos.-y terminó con una carcajada.
El jefe de
departamento Dave Black no era del tipo que se dejaba arrastrar en un
juego tan sucio. Mantuvo el control y no le respondió. Con
tranquilidad, tomó aire y lo expulsó despacio. Esperó a que la
doctora volviese a ponerse al teléfono mientras revolvía los
papeles de su mesa con impaciencia. Desde el auricular, una voz de
mujer se aclaró la garganta.
-Lo siento mucho,
Dave.
-No se preocupe.
Voy a mandar a alguien para hablar con él. -añadió tras un
incómodo silencio de tres eternos segundos.
-¿Disculpe? Ya le
ha dicho que no le interesa, no debería...
-Pues haré que le
interese.
Y colgó con rabia,
pero todavía despacio, consciente de que Hershel seguía dormido en
el sillón.
Trató de calmar su
respiración, algo acelerada, y bebió otro sorbo de café, cosa que
le provocó una mueca de asco al comprobar lo frío que estaba.
Suspiró y, sin
razón alguna, abrió un cajón de su escritorio al azar. En él
había una pequeña Moleskine negra y una plumilla descansaba sobre
la tapa.
Cerró el cajón
con un puñetazo y apretó los dientes, dejando escapar un gruñido
de frustración.
Hershel dio un
respingo en su sillón, tratando de recomponerse del susto. Miró a
su hermano y se levantó, estirando las piernas.
-¿Dave?
-¿Sí, Hershel?
-respondió, sin siquiera levantar la vista del cajón.
-Lo siento, me he
dormido. ¿Va todo bien?
-Todo va
estupendamente. Desayúnate eso y yo vendré en un rato.
Hershel se quedó
mirando, algo confuso, mientras su hermano salía a grandes zancadas
del despacho y cerraba de un portazo. Observó su desayuno sin mucho
apetito, pero comenzó a comer de todas formas.
No había reparado
en el expediente aún abierto que descansaba sobre la mesa de Dave.
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