miércoles, 14 de agosto de 2013

Allen Bane - Capítulo 2

Mientras observaba las fugaces luces del túnel del metro, no dejaba de darle vueltas a la cabeza. Demasiadas cosas sólo en una tarde. La visita a las oficinas, el Coleccionista, Allen, el libro de Valerie... aún lo tenía en la bolsa. No se acordaba de haberlo metido ahí. Aún no había empezado a leerlo, no se atrevía.
Lo sacó un poco para mirar la portada una vez más. “Aurora”, de Friedrich Nietzsche. A Valerie le gustaba el filósofo. Por alguna razón pensó que a Hershel podría gustarle también.
Pero él no creía que fuese así. Ya había leído algo de él, y no le había llamado demasiado la atención.
Instintivamente, sacó el expediente de Allen de la bolsa, que descansaba tras el libro de Val. Allen Bane. El chico psicótico al que Dave quería entrevistar. Pero, ¿por qué?
Dave no pedía las cosas a la ligera. Las pensaba, y mucho.
Además, se lo había pedido a él, a su hermano.

Había algo raro, pensaba Hershel. Dave había dado con algo que no quería revelar al resto de su equipo, por eso se lo confiaba a él.

Se recostó en su asiento, suspirando profundamente. ¿Debería hacerlo? Claro que debería, pensó. Dave se lo había pedido, en secreto, sólo a él.
De pronto, Hershel notó un subidón. Su hermano, Dave, al que tanto admiraba y al que aspiraba a superar, le había encomendado algo de suma importancia, algo que él consideraba vital para el caso. Algo que había averiguado, y quería estudiarlo junto a Hershel, porque confiaba en él.

El tren se detuvo lentamente, abriendo sus puertas y dejando que unas personas salieran y otras entrasen. Aunque a esas horas salían más personas de las que entraban.
Hershel miró la parada. Se había pasado.
Suspiró para sí mientras agarraba su bolsa y salía del vagón. Ya cogería un taxi. O algo.


Dejó la bolsa encima de la encimera y tiró las llaves al sofá, sin mucha puntería. Cerró la puerta con desgana y se dispuso a prepararse un té.
No tenía ganas de pensar en el día de hoy. Se sentía decepcionado, malhumorado. Pensó que participar en un caso le haría más ilusión, que sería emocionante y le ayudaría a aprender... Ni siquiera se planteó que tendría que vérselas con un asesino de niñas tan sádico.
Ni tampoco con...

No. No quería pensar en eso, ni en él en particular. Ya lo pensaría mañana. Quería tomarse la noche libre, toda para él.
Se acomodó en el sofá con su té de frambuesa y un platito de galletas y enchufó el disco extraíble, preparado para continuar con su maratón semanal de Buffy Cazavampiros.



~



Miró a través del cristal de su celda y apoyó los dedos en los pequeños agujeritos de ventilación, apretándolos nerviosamente. Llamó al guarda como unas quince veces sin que éste respondiera. Trató de ser paciente, debía pasar por su celda... por lo menos. Pero en el fondo sabía que eso no sucedería.

-¡¡ETHAN!! -Volvió a gritar, pero de nuevo, sin resultado alguno.

A pesar de todo no se dio por vencido y, durante al menos dos minutos, gritó sin cesar, cada vez más fuerte, hasta que el susodicho Ethan hizo su aparición, ataviado con un conjunto blanco, un cinturón de cuero del que colgaban un táser, un par de esposas y un manojo de llaves y sus aires de superioridad característicos.

-¿Qué coño quieres, Allen?

Para delicia de Allen, el guarda parecía realmente cabreado. Sabía que él no le gustaba, y eso lo hacía aún mejor. Su cara de amargura logró esbozar una sonrisa en la cara del preso.

-Es mi noche libre. -respondió en un tono infantil mientras se balanceaba, aún agarrado a los agujeritos de ventilación.
-Ya, ¿y qué?
-Quiero mi noche libre.
-Sí, ya. Ya te he oído.

Un silencio. La sonrisa de Allen se desvaneció para dar paso a una expresión fría, casi de odio.
Frunció el ceño. Ethan sonrió con desdén.

-No seas cabrón, me merezco esto. -espetó de mala gana.
-¿Por qué, exactamente?
-¿Por portarme bien? -respondió con ojos inocentes.
-¡Já! ¿lo dices en serio? ¿por portarte bien? -Ethan apoyó su brazo en el cristal. Cruzó sus piernas y alzó la mirada. A veces parecía que iba a explotar dentro de esa ropa tan ajustada- Estabas gritando como un loco hace un momento.
-Porque no me hacías caso.
-Ah, lo siento, estoy un poco duro de oído últimamente. -respondió mientras se rascaba la oreja sin perder la sonrisa.
Allen contuvo su rabia. Sin ese cristal reforzado, Ethan ya se estaría desangrando en el suelo, agarrando su grasiento pescuezo en un infructuoso intento de detener la hemorragia. Puto cristal, pensó.
No quería resignarse a Ethan. Necesitaba esa noche libre o se le iría la cabeza, pero tampoco quería suplicarle. Era lo que el gordo quería, que le suplicase. Se sentía superior detrás de ese cristal. Pero Allen sabía que cuando estaba fuera, Ethan no se atrevía ni a acercarse.
Se sentó en la cama y suspiró con resignación.
-Me he portado bien estas dos semanas. He ido a todas las sesiones.

Ethan trató de contener la risa. Allen era como un niño enfurruñado porque se le ha negado el juguete que ha pedido. Suspiró y desabrochó las esposas de su cinturón.

-¿Qué quieres hacer? -Los ojos azules del chico le miraron con un brillo de ilusión. Bajó la vista al suelo y pensó por un momento.
-Quiero salir al patio. Quiero dibujar algo en el patio. -El guarda arrugó la nariz y dudó un instante.
-Dibujas todos los días aquí, ¿por qué ibas a querer dibujar fuera?
El chico no respondió. Hubo un corto pero incómodo silencio. Allen miraba a Ethan con impaciencia, pero éste no estaba muy convencido de si debía dejarle salir.
-¿Estás seguro de que sólo quieres hacer eso?

Siguió sin responder. Simplemente cogió sus cosas, dejó que Ethan le esposara por la ventanilla y le siguió hacia el patio.

~

Se despertó de un sobresalto, juraría que el ruido del teléfono le había apuñalado los oídos.
Trató de incorporarse despacio, por alguna razón la llamada le parecía realmente estridente. Se mantuvo inmóvil durante un momento, asimilando la situación. Cada vez tenía más claro que le dolía la cabeza.
Dado que el teléfono no paraba de sonar, se decidió a cogerlo y lo descolgó de muy mala gana, tropezando de alguna extraña forma en el sofá y cayéndose de boca. Sus extraordinarios reflejos de recién levantado ayudaron a que el teléfono no saliese volando.

-¿Diga? -preguntó con una voz congestionada y áspera, casi parecía que tuviera resaca. No contestaron enseguida, pero Hershel ya se imaginaba que sería su hermano.
-¿Hershel? -respondió una asombrosamente espabilada voz al otro lado.
-Ehm... Hershel... sí, ¡sí! Soy yo, soy Hershel. -estaba un poco mareado, no estaba ni muy seguro de cómo se llamaba. Estaba claramente desconcertado acerca de sí mismo y de todo lo que le rodeaba en ese momento.
-¿Te acabas de levantar? -preguntaron con una risita socarrona.
-Pues... obviamente, eso ya lo sabes.
Se levantó con cuidado y se llevó su taza de té y el platito de galletas a la cocina, tratando de que no se le cayera nada por el camino.
-Bueno, dentro de un par de horas hay una reunión sobre el caso, deberías venir, hay novedades.
-Vale, sí, allí estaré.
-Te espero entonces, y ponte guapo.
-Yo siempre voy guapo.
-Ya, claro. ¡Nos vemos!

Hershel arrugó la nariz. Pensó en lo de ponerse guapo por un segundo y después lo olvidó por completo.

Salió de la ducha mucho más despejado, aunque el dolor de cabeza no había remitido. Se quedó frente al espejo, observándose. Tenía la mente en blanco, no estaba pensando en nada, sólo miraba. Y por alguna razón, tenía ganas de pasarse el día entero así, sin siquiera moverse. Cuando se dio cuenta de la mala costumbre que tenía de distraerse continuamente, dejó escapar un suspiro y apartó la mirada del espejo.
Trató de darse la vuelta pero pisó su toalla, perdió el equilibrio y estrelló su brazo contra el cristal para después caer al suelo.
Se incorporó despacio, evitando clavarse algún trozo de espejo que hubiera caído al suelo y recuperó su compostura. No parecía que se hubiera hecho nada grave en el brazo, sólo se había clavado algunos pequeños cristales, aunque el baño parecía una auténtica escena del crimen, pues había cristales y sangre por todas partes.
Maldiciendo para sí, se limpió las heridas del brazo, se puso un par de tiritas y corrió a recoger sus cosas para no arriesgarse a perder el tren.

Hershel no lo tenía muy claro ese día. Su noche libre no le había sentado demasiado bien y sus preciosos y brillantes ojos verdes ahora eran más bien tristes, cansados y enrojecidos.

-Creo que te pasaste viendo Daffy ayer, ¿eh, Hershel? -Saludó Dave con una fuerte palmada en el hombro que hizo que Hershel se tambalease un poco. Había llegado casi al mismo tiempo que él, aunque Dave estaba mucho más fresco.
-Buffy, Dave, es Buffy. -respondió Hershel en un tono cortante que hizo que Dave perdiese la sonrisa de su cara. Estaba claro que Shel no tenía ganas de hablar.
-Bueno, ¿te has mirado el expediente del caso?
-No, la verdad es que no. Ayer yo... no tenía ganas. Estaba enfadado, lo siento.
-No, no, lo comprendo. Tendrás tiempo después de la reunión, ahora vamos para arriba.

Dave le dedicó un saludo a la recepcionista antes de subir al ascensor, aunque ésta estaba más pendiente de Hershel, algo decepcionada porque éste ni la había mirado.

Ninguno de los dos dijo nada en lo que duró el trayecto del ascensor, pero Hershel tenía ganas de hacerlo, aunque era incapaz de rendirse a su hermano. Había leído el expediente, claro que lo había hecho. Se había pasado toda la noche estudiando el maldito caso aun cuando había decidido que no lo haría, qué idiota, pensó para sí.
Analizó los detalles del caso mientras caminaba hacia la sala de reuniones. Tenía claras la mayoría de las cosas, tal vez había sacado algunas conclusiones aunque no estaba seguro de que fuesen a ser de utilidad.
Se chocó con Dave sin darse cuenta, quien estaba parado frente a la puerta de la sala. Ninguno de los dos dijo nada durante unos incómodos segundos que Dave trató de romper con una alegre sonrisa de oreja a oreja que parecía decir ¡anímate! a lo que Hershel respondió con una mirada que hubiera podido cortar metal. Dándose por vencido, Dave perdió su sonrisa y se limitó a abrirle la puerta a su hermano y a esperar a que éste estuviera dentro para dejar escapar un largo suspiro.

Sin dudarlo ni un segundo, Hershel se dirigió a la silla que estaba más al fondo y se sentó. Dave podría haberle dicho algo de no ser porque sabía que Shel lo asesinaría con la mirada o, peor, se iría de allí. Le indicó que debía dirigirse al otro lado de la sala para exponer el caso con un gesto y se largó tan rápido como pudo.
Hershel, tan cansado como estaba, apenas tenía ganas de prestar atención a nada que tuviera que ver con todo aquello. Estaba harto de visualizar las fotos de las niñas, que le habían perseguido durante toda la noche, y la falta de información acerca del sujeto era realmente frustrante. Se tapó los ojos con la mano y apoyó su cabeza en ella, respirando profundamente. Cuando la exposición comenzó por fin, se rescostó en la silla y echó su despeinado cabello hacia atrás, despeinándolo todavía más.

Dave comenzó a hablar, junto con un director general o una especie de capitán. La verdad es que no lo sabía, y le daba lo mismo.
Otra vez las fotos. Apartó la vista y parpadeó unas cuantas veces, frotándose los ojos, pero pronto volvió a centrar su vista en Dave y en la otra persona que hablaba, pues cada vez que cerraba los ojos, aquellas horribles imágenes traspasaban fugazmente su cabeza. Incapaz de concentrarse, pronto se encontró sumido en una ráfaga de pensamientos desconectados y sin sentido alguno, concentrado en el movimiento de los labios de Dave mientras sus oídos ignoraban cualquier tipo de sonido exterior. Una cancioncilla resonaba en su cabeza, de vez en cuando fijaba su mirada en un punto fijo y volvía a observar los -aparentemente hipnóticos- labios de Dave. Sólo cuando alguien se levantó y disparó las palabras a todo pulmón fue capaz de volver a la realidad. Frunció el ceño y se acomodó en su asiento.
No se había dado cuenta de que, durante toda la charla, Dave le había estado mirando. Dave sabía que su hermano no se encontraba bien pero, aunque quería hablar de ello, no quería forzarle más. Continuó parloteando hasta que él mismo se cansó de la reunión y, con un dramatismo extremo, se sorprendió al mirar su reloj y ver la hora que era. Fingió tener algo realmente urgente que hacer y recogió su chaqueta, saliendo a toda prisa de la sala, no sin antes frotarle el pelo a Hershel en un indicativo de que éste debía seguirle. Como hermanos que eran, Hershel adivinó sus intenciones al momento y le siguió por la oficina.
-¿Mejor así, no? -dijo Dave al entrar en su despacho, tirando la chaqueta sobre un sillón y sentándose en el suyo propio, estirándose un poco.
-Desde luego. -respondió Hershel en un tono serio, aunque podía adivinarse un ápice de alivio, y eso a Dave le reconfortó.
-Bueno, ¿quieres hablar de eso? -señaló el brazo de Hershel con la cabeza. Mientras su hermano buscaba asiento, Dave apartó sus cosas del escritorio y puso los pies encima, reclinándose cómodamente sobre su asiento.
-No es nada, me he caído en el baño esta mañana, he roto el espejo. -suspiró Hershel.
-Por lo menos no te has roto la cabeza.
-Ya...
-Eh, no digas eso, tu cabecita es demasiado valiosa como para romperla.
Hershel bajó la vista en un intento de ocultar sus mejillas ahora enrojecidas. Le gustaba que Dave le dijese esas cosas, le hacían sentir bien, pero le daba mucha vergüenza admitirlo.
-¿Qué tal en la reunión?
-¡Ah, esto...! -le temblaba un poco la voz, Dave le había pillado completamente desprevenido. Le hizo recordar sus horribles años de escuela en los que no prestaría ni pizca de atención a las explicaciones del profesor, que casualmente siempre le preguntaba a él.- Perdona, Dave, no tenía ganas de escuchar a nadie.
Dave, sabiendo que Hershel sí habia estudiado el caso aquella noche -conocía demasiado a su hermano como para no darse cuenta- le perdonó y se dispuso a traerle algo de desayunar.

Cuando volvió con un café, un zumo y un croissant, Hershel se había quedado dormido en el sillón, con el expediente de Allen Bane sobre él.

Dejó el café y el resto de cosas sobre la mesa y cogió el expediente. Arrugó la cara en un gesto de lástima y miró alternativamente la foto de Allen y a su hermano. Suspiró y se sentó tras el escritorio. Ojeó un poco el expediente, buscando los datos de la doctora de Allen, la psiquiatra Rose Smith, también directora del centro.
Dio un sorbo al café, abanicándose la boca con la mano de lo caliente que estaba y levantó el auricular del teléfono, marcando el número y previsualizando las palabras en su cabeza.

-Buenos días, Hospital Psiquiátrico Saint Briggs, ¿en qué puedo ayudarle?
-Buenos días, me gustaría hablar con la doctora Rose Smith, llamo del FBI. -dijo en un tono agrio mientras rebuscaba un papel y un bolígrafo entre los trastos de la mesa.
-¿Podría darme sus datos, por favor?
-Jefe del buró de investigación psicológica Dave Black, oficina de Chicago, número de placa 2001341. Debo de estar apuntado por ahí. -respondió algo nervioso al no encontrar nada sobre lo que poder escribir.
-Ah, Dave Black, sí, está usted en el ordenador. Bien, pues si es tan amable de esperar un momento en lo que aviso a la doctora...
-Por supuesto.
No había cancioncillas rancias destroza-oídos en ese tipo de llamadas, por eso a Dave le encantaban las llamadas burocráticas. Contenidos aburridos, pero rápidas y productivas si se poseían los conocimientos suficientes de ingeniería social.
El recepcionista apenas tardó en traer noticias.
-De acuerdo, la doctora Rose se encuentra en una sesión ahora mismo...
-Qué casualidad. -musitó inconscientemente sin dejar que el recepcionista terminase la frase.
-De todas formas me ha preguntado si es importante.
-Dígale que es sobre uno de sus pacientes, número de expediente 277.
-2, 7, 7... Oh. -Dave pudo oír cómo el muchacho tragaba saliva al otro lado de la línea.
-¿Puede ponerme con ella?
-Sí, claro, ahora mismo se la paso, que tenga un buen día.
-Igualmente.

Dejó el auricular sobre la mesa y la golpeó no demasiado fuerte con un puño para no despertar a Hershel. Estaba seguro de que había dejado una pequeña libreta y una plumilla en algún lugar de la parte derecha del escritorio.

-¿Agente Dave? ¿está usted ahí? -se oyó a través del teléfono. Lo agarró tan rápido como pudo y comenzó a abrir cajones como si no hubiera un mañana.
-¡Doctora Rose! Buenos días. -contestó con toda la compostura que supo reunir.
-Buenos días, ¿en qué puedo ayudarle?
-Verá, me gustaría solicitar la ayuda de su paciente en un caso que... sinceramente, estamos un poco atragantados. Nos vendría muy bien una ayuda. ¿Cree que le gustaría colaborar?
-Bueno, es posible. Pero últimamente no está muy dispuesto a nada.
-¿Cree que podría hablar personalmente con él?
-Oh, me temo que no, nos lo dejó muy claro la última vez que vino. -Dave podía escuchar algunos susurros al otro lado, y no pudo pasar por alto un ahogado cállate, aunque sabía que no iba para él.
-¿Sigue ahí?
-Sí, sí, estoy aquí.
-No, me refiero a su paciente.
-Ah... -y la doctora pausó por un momento.- sí, aquí está. -añadió, con un leve ápice de disgusto en su voz.
-¿Puede pasármelo?
-No, no creo que sea buena idea. -algunos susurros más.-Definitivamente, n... ¡pero...!
-¿Doctora?
-¡DAVE BLACK! -respondió una alegre voz al otro lado.
-Allen. -reconoció Dave, que ya había dejado de trastear por su mesa y había adoptado una postura más alerta.
-¿Vas a venir a hacerme una visita? -preguntó en un tono infantil, casi ilusionado.
-Creí que no te gustaba la idea.
-Oh, en efecto, se me revuelven las tripas sólo de pensarlo. Pero eh, has mencionado un caso, ¿verdad?
-Sí. -podía oírse un leve forcejeo y los quejidos de una mujer, presumiblemente porque Allen le habría arrebatado el teléfono a su psiquiatra y se negaba a devolvérselo, como un niño pequeño con un juguete. Dave trataba de mantener un tono firme, aunque debía reconocer que ese chico le sacaba de quicio.
-Resulta que oí algo de eso hace un par de días, un caso muy interesante.
-¿Te interesa?
-Hmmm...
-¿Allen? -se acomodó en su silla y comenzó a respirar hondo sin darse cuenta. El chico tardó un poco en responder.
-No.
Dave se quedó en shock durante un momento. Estaba convencido, casi con total seguridad de que Allen aceptaría, de una manera u otra. Pero no lo hizo.
-Me gusta ver cómo te tiembla la voz en las ruedas de prensa bajo la mirada de tus superiores descontentos.-y terminó con una carcajada.
El jefe de departamento Dave Black no era del tipo que se dejaba arrastrar en un juego tan sucio. Mantuvo el control y no le respondió. Con tranquilidad, tomó aire y lo expulsó despacio. Esperó a que la doctora volviese a ponerse al teléfono mientras revolvía los papeles de su mesa con impaciencia. Desde el auricular, una voz de mujer se aclaró la garganta.
-Lo siento mucho, Dave.
-No se preocupe. Voy a mandar a alguien para hablar con él. -añadió tras un incómodo silencio de tres eternos segundos.
-¿Disculpe? Ya le ha dicho que no le interesa, no debería...
-Pues haré que le interese.

Y colgó con rabia, pero todavía despacio, consciente de que Hershel seguía dormido en el sillón.
Trató de calmar su respiración, algo acelerada, y bebió otro sorbo de café, cosa que le provocó una mueca de asco al comprobar lo frío que estaba.
Suspiró y, sin razón alguna, abrió un cajón de su escritorio al azar. En él había una pequeña Moleskine negra y una plumilla descansaba sobre la tapa.
Cerró el cajón con un puñetazo y apretó los dientes, dejando escapar un gruñido de frustración.

Hershel dio un respingo en su sillón, tratando de recomponerse del susto. Miró a su hermano y se levantó, estirando las piernas.
-¿Dave?
-¿Sí, Hershel? -respondió, sin siquiera levantar la vista del cajón.
-Lo siento, me he dormido. ¿Va todo bien?
-Todo va estupendamente. Desayúnate eso y yo vendré en un rato.

Hershel se quedó mirando, algo confuso, mientras su hermano salía a grandes zancadas del despacho y cerraba de un portazo. Observó su desayuno sin mucho apetito, pero comenzó a comer de todas formas.
No había reparado en el expediente aún abierto que descansaba sobre la mesa de Dave.

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