viernes, 13 de septiembre de 2013

Allen Bane - Capítulo 3

Se ajustó la bufanda ante el espejo y trató de ponerse serio. Definitivamente no se le daba nada bien. A veces se preguntaba cómo demonios había llegado a jefe de departamento.
Suspiró profundamente y bajó la vista hacia la identificación plastificada que yacía sobre la mesa del tocador, junto a un billete de avión y un montón de papeles desordenados. La identificación le había llegado esa misma mañana. Se le hacía muy extraño mirarla, la foto de su hermano pequeño, todavía estudiando, con el título de “agente especial”, como si de verdad trabajase allí. Al mirar su fotografía no pudo evitar esbozar una sonrisa: Hershel había tratado de arreglarse para parecer más profesional, pero no había conseguido gran cosa, su pelo estaba forzosamente peinado en ciertas áreas y muy revuelto en otras, sus ojos todavía estaban cansados y su cara denotaba una indiferencia y una seriedad tan falsas como las gafas de montura plateada que llevaba puestas. Por alguna razón a Hershel no le gustaba llevar sus gafas de pasta (las de verdad) para las cosas importantes.
Cogió la identificación, los papeles, el billete de avión y los metió en su bolsa, parándose a pensar durante un segundo si realmente aquello era una buena idea. Decidió que no lo era, pero no tenía más remedio que intentarlo pues, al fin y al cabo, lo más probable era que Hershel volviese al día siguiente con una gran decepción al ser rechazado por aquel lunático pretencioso.

Ese día no hacía demasiado frío, pero por la mañana siempre era recomendable ir bien abrigado porque la brisa, aunque suave, era casi gélida.

Hershel vivía en un pequeño piso lejos del centro de Chicago, en un barrio quizá demasiado dejado y oscuro. Pero era lo que su sueldo de estudiante le daba para pagar.
Realmente a Dave le daba lo mismo ir en coche que en metro, en las dos corría el mismo riesgo: podían destrozarle el coche en el barrio de Hershel o podían atracarle en el metro. Por el momento sólo había acumulado un par de anécdotas de esta clase al ir a casa de su hermano, quien sorprendenemente no tenía ninguna, a pesar de llevar años viviendo allí. Decidió coger el coche esa vez.

El barrio del piso de Hershel parecía sacado de Blade Runner. Siempre oscuro, sucio y hasta en ocasiones parecía que abandonado. Las aceras estaban sucias y llenas de latas, botellines y basura en general, los callejones no eran muy profundos y normalmente los ocupaban contenedores grandes, pero no dejaban de dar escalofríos por la noche. La mayoría de las farolas estaban rotas y las viviendas consistían en parcelas de pequeñas casas rodeadas por vallas de alambre y césped muerto con los edificios de pisos y apartamentos ocupando la parte más profunda de la avenida, cuyas aceras estaban repletas de restaurantes chinos y turcos, pequeños comercios y algún que otro supermercado de una gran empresa. Hershel decía que era muy acogedor, pero Dave no las tenía todas consigo.

El edificio de apartamentos de Shel era bastante pequeño, bajito y viejo, cubierto por una capa de cemento ennegrecido. Tenía una altura de seis pisos, y Hershel vivía en el ático. A Dave se le escapaba una mueca de asco y lástima cada vez que lo veía. Siempre le proponía irse a vivir con él o pagarle una pequeña pero acogedora casita cerca del centro, pero su hermano siempre rechazaba. Le gustaban los espacios pequeños, decía. Claro, como si no le conociese lo suficiente como para saber que sólo se trataba de orgullo personal.
Decidió aparcar justo enfrente de la puerta, un hueco que curiosamente casi siempre estaba vacío. No habían muchos coches aparcados por aquella zona y no era de extrañar.

Las luces del apartamento de Hershel estaban apagadas así que Dave supuso que aún estaría durmiendo, a pesar de que sabía que iba a llegar. Resopló mientras negaba con la cabeza y apretó el botón del telefonillo como si no hubiera un mañana.
Una voz áspera y ronca respondió de mala gana.

-¿Sí? ¿Quién es?
-Soy Dave, Hershel. Sabías que venía.
-¿Qué? ¿qué hora es?
-Las nueve y media pasadas.
-Pasa.

El ascensor era tan viejo que todavía tenía una de esas puertas de metal correderas. Además parecía que iba a soltarse del cable en cualquier momento, si es que el suelo o las paredes no se desprendían antes. La máquina rugía y temblaba casi con esfuerzo a la hora de subir. A Dave le parecía que iba siendo año de jubilarla, pero quien quiera que estuviese a cargo se lo tomaba con tranquilidad.

Hershel abrió la puerta, todavía en pijama, aunque un poco más despejado.
Dave se sentó en la mesita de la cocina (en realidad era una mesita que había tras el sofá, pues la cocina era abierta) y apoyó su bolsa, quitándose la bufanda y el abrigo mientras observaba cómo su hermano trataba de recordar los pasos para el té que se hacía cada mañana.

-Entonces tienes el billete, ¿verdad? -preguntó.
-Sí. Te vas a mediodía. Llegarás en un par de horas. Tienes una reserva en un hotel. Te he traído todos los papeles, están encima de la mesa.
-Bien.

Ninguno dijo nada durante algunos minutos. Dave estaba nervioso, Hershel ni siquiera le había mirado. Quiso disculparse pero no tenía sentido hacerlo.

-¿Crees que puedes preparar un informe para esta noche? Quiero ver como ha ido todo. -trató de romper el hielo, aunque de una manera poco acertada.
-Estás impaciente por averiguarlo. -espetó Hershel en un tono más seco de lo que Dave esperaba.
-Sólo quiero saber si tengo que sacar o no el billete para mañana. -mintió.
-¿Quieres un poco de panceta?
-¿Vas a desayunar panceta?
-Sí. O no. No sé. No me quedan cereales, estoy confuso. Voy a vestirme.

Hershel dejó la panceta encima de la sartén sin siquiera echar aceite o encenderla y se fue directo a su habitación. Dave no pudo evitar una risita.
Apenas unos minutos después, Hershel apareció vestido y con sus maletas preparadas.

-Te he dicho que te vas al mediodía, ¿no? -preguntó Dave, divertido.
-Sí, pero quiero pasar a por McDonalds. Ve contándome las cosas por el camino. Los expedientes están sobre la mesita del sofá. -respondió mientras se ponía la chaqueta y mordisqueaba una tostada. Dave se preguntaba cuándo la había cogido.

Ambos hermanos se metieron en el coche tras acomodar las maletas en la parte trasera y se pusieron el cinturón.
-Al McDonalds entonces, ¿no?
-Fí, fí.
Hershel todavía tenía la tostada en la boca. Dave apretó los dientes y rezó en su interior para que la tostada con mermelada no cayese sobre la impecable tapicería de su coche.


Cuando regresó a casa de su hermano, las cosas seguían tal y como las había dejado. Era un tanto extraño verlo todo tan vacío, incluso podía sentir que Hershel todavía se estaba vistiendo en la habitación. Pero ya no estaba allí.
Su móvil sonó de pronto y logró sacarle de su ensimismamiento.

-Dave, hemos encontrado a otra.
-Voy para allá.


El libro de Val era, cuanto menos, interesante. Siempre era agradable leer a algún filósofo, aunque no le llamasen demasiado la atención. Todo fuera por observar un espacio fijo y olvidarse de que Chicago se alejaba lentamente por la ventanilla del avión. En un par de horas estaría en Michigan, cogería un taxi hacia el puerto y un barco le llevaría hasta Honey Breeze.
Nunca había oído hablar de Honey Breeze.

Al parecer Honey Breeze era una isla desierta hasta que fue ocupada en la Primera Guerra Mundial, donde se construyeron viviendas rurales y algún que otro comercio. Pero su principal propósito era el de alojar una penitenciaría para criminales muy peligrosos. Dicha penitenciaría sin embargo fue abandonada y sellada tras un motín que acabó con muchos convictos fugados y otros fallecidos. Sin embargo no se reportó ninguna muerte entre los guardias o los pobladores de la isla. La gente de Honey Breeze siempre sostiene que el motín lo provocaron los propios guardias, quienes abusaban severamente de sus presos, que no eran tan peligrosos como hacían creer. Se rumorea que el gobierno necesitaba una razón para clausurar la prisión debido a la polémica de ésta y por ello se organizó un motín.
En 2004 una doctora, con la ayuda de algunos de sus compañeros y la gente de la isla, logró reunir las firmas suficientes para evitar la demolición y la venta de la prisión y la reformó, convirtiéndola en un instituto de investigación de salud mental. La doctora Rose Smith era una joven psiquiatra que abogaba por unos derechos y un trato justo para los pacientes de enfermedades mentales. Desde entonces y hasta ese momento no se había registrado ningún incidente mayor en el nuevo Instituto Saint Briggs, salvo por un pequeño fuego que se originó en la sala de archivos cuando una recepcionista incompetente olvidó apagar un cigarrillo.
Casi llevaba más papeles que ropa, pensó Hershel.
Así que Honey Breeze era un pequeño asentamiento en mitad de una isla cuyo proyecto principal era una institución mental. Se relajó un poco al leer la descripción que le había dado su hermano, él siempre lo exageraba todo y utilizaba un lenguaje muy formal, así que podía hacerse una idea de cómo era el verdadero Honey Breeze. Un nombre empalagoso, pensó.
Su identificación como agente del FBI sobresalió al revolver las hojas del informe. La cogió y se detuvo a observarla durante al menos dos minutos. Casi no podía asumirlo. “Agente especial”, ¿y qué demonios significaba eso? Estaba trabajando casi gratis, aunque al menos su hermano asumía los gastos del viaje y el alojamiento. En realidad esperaba que no hubiese ningún alojamiento y que pudiera irse al día siguiente, viajar siempre le daba pánico.

El hotel era bastante acogedor, a decir verdad. Era una gran casa rural situada cerca del centro del pueblo, fácilmente accesible.
Su habitación le sorprendió gratamente: espaciosa pero no demasiado grande, con una decoración simple y familiar, papel de pared y una gran cama de matrimonio para él solito. Televisión, un sofá y un sillón, una mesita de café y un par de cómodas. También había un radiador junto a la ventana. Casi parecía la casa de su abuelo, pero con un toque más “moderno”.
Se tumbó en la cama y sacó su móvil, sonriendo inconscientemente y tratando de alcanzar el techo con sus dedos. Su hermano tardó un poco en responder.

-¿Hershel? ¿Ya has llegado?
-Sí, ya estoy aquí. Oye, esto es muy bonito.
-He pensado un poco en ti. Dices que te gustan los espacios pequeños y las casas de campo. Las fotos de ese pintaban bien en internet.
-Parece la casa del abuelo.
-Oh. Espero que no huela igual. -ninguno de los dos pudo contener la risa. Pero cuando Dave terminó de reír, Hershel todavía tenía para rato. -Te noto nervioso.
-¿Nervioso? No, sólo estoy más perdido que tú en un club de maricones.
-No te preocupes tanto, habrá un cristal reforzado entre vosotros. La doctora Rose no quiere exponerte a él tan pronto.
-Exponerme. Suena como si Allen fuese contagioso o algo así.
-Ten cuidado con él, le gusta jugar. No le des nada que pueda mascar, porque no te soltará.
-A ti te soltó.
-No lo hizo. -un incómodo silencio siguió a sus palabras. Dave había dejado de escribir y recordaba la última conversación que había tenido con el paciente 277 el día anterior.
-Estaré bien.
-Claro. -suspiró. -La doctora Rose iba a pasar a recogerte personalmente por la tarde pero me acaba de llamar diciendo que vas a tener que coger un taxi e ir tú mismo. Ella te estará esperando allí, así que no te preoupes, por lo visto tenía que atender algunos asuntos de urgencia.
-Bien, de acuerdo. Lo haré lo mejor que pueda.
-Estoy seguro.

Hershel y Dave tenían la costumbre de no despedirse antes de colgar. Era mucho más cómodo terminar la conversación sin más que despedirse y preguntarse quién debía colgar primero. Además, a ninguno de los dos les gustaban las despedidas.

Eran las seis y media de la tarde y, pese a que ya había comido, Hershel deseaba que hubieran instalado un McDonalds en algún sitio de esa isla remota. Los McPollo nunca fallaban a la hora de levantarle el ánimo. Parecía que se tendría que conformar con cualquier snack que pudiese comprar en Saint Briggs, si es que la tecnología de las máquinas expendedoras había llegado hasta allí.
Tuvo la impresión de salir de una clase de historia con su antiguo profesor de instituto cuando bajó del taxi, pues se había enterado de toda la historia de la isla y parte de la vida personal de los vecinos más polémicos. Un buen maestro ese taxista, pensó. Aunque algo solitario.
La doctora Rose esperaba en la puerta de la clínica, vestida con una blusa blanca, una falda beige, unos tacones negros y una expresión de incredulidad. No sabía por qué esa mujer le resultaba tan familiar. Rose le acompañó hasta la recepción y le dejó esperando unos minutos mientras “preparaba la vista”.
Hershel no dejaba de pensar que aquel sitio era muy alegre para lo siniestro que Dave se lo había hecho ver. No tenía pinta de penitenciaría antigua por ningún sitio, el lugar estaba completamente reformado y lo mejor de todo era que no olía a hospital.
Cuando Rose volvió junto a Hershel, éste se dio cuenta de que ya no llevaba sus tacones negros sino unas deportivas rosas y blancas que pensó que intentaban ser discretas. Se avergonzó un poco al darse cuenta de que la doctora había tratado de recibirle de forma profesional, como si él fuese realmente un agente del FBI, a pesar de que él se había presentado con un aspecto completamente desaliñado. Bajó la cabeza en un intento de ocultar sus mofletes rojizos.

-Estará frente a frente con él, pero habrá un cristal reforzado entre los dos. No suele ser violento, de hecho sólo hemos tenido un... incidente relacionado con la violencia física por su parte en todo el tiempo que lleva aquí.
-Entonces, ¿por qué el cristal?
-Es sólo por si acaso.

Sólo por si acaso. No era muy tranquilizador.

-Ya hemos llegado, al final de este pasillo está su celda. -dijo la doctora mientras le pedía las llaves a un guardia. La puerta estaba justo al lado de la cabina de vigilancia y un par de enfermeros tomaban café mientras monitoreaban las pantallas.
-Parece agobiante.
-Ah, es que son antiguas celdas reforzadas. En un futuro nos gustaría tenerlas por separado pero por ahora es lo mejor que hemos podido conseguir. -parecía que la doctora trataba de disculparse por cada imperfección, aunque a Hershel le traía sin cuidado. Sólo deseaba llegar y que el número 277 le mandase a paseo para poder volver a casa.
Justo antes de que la doctora Smith abriese la puerta del pasillo, algo hizo “click” en la cabeza del “agente especial”.
-¡Ah, doctora! ¿Usted conoce a mi hermano Dave, verdad? Dave Black, yo la recuerdo, usted le visitó un par de veces en el FBI cuando todavía no era el jefe del departamento.
Soltó todo un hilo de palabras mientras relacionaba cada recuerdo y a medida que terminaba la frase, la doctora se ponía más y más blanca. Hasta que no acabó, Hershel no se dio cuenta de hasta dónde había metido la pata.
Dave no había revelado su identidad hasta ahora, y era por algo.
-¿El chico me espera, no? -soltó de repente, cambiando de tema como si no acabase de decir nada.
-¡S-sí! Ya sabe, agente Black, al final del pasillo.
-Bien, bien.

Aferrándose a su carpeta con fuerza, comenzó a caminar hacia el final del pasillo. Las celdas se situaban en el lado izquierdo, todas separadas del pasillo por un cristal reforzado. Algunas estaban ocupadas, sus habitantes miraban a Hershel concuriosidad y temor al pasar por delante de ellos.
Cuanto más se acercaba al final, más le pesaban los pies. Casi podía oír el ruido de sus pisadas sobre el suelo de cemento. Justo antes de llegar, se detuvo en seco. Se dio cuenta de que no era el ambiente ni el viaje lo que le estaba dando pánico, era él mismo.
Era su primer interrogatorio. Frente a frente. Con un psicótico separado por un cristal reforzado. De alguna forma sentía que Dave estaba tras él, juzgando cada uno de sus pasos, cada una de sus palabras, y eso le estaba matando.
Cerró los ojos y se armó de valor. Dio un paso hacia el frente y se sentó en la silla que el guardia le había preparado frente a la celda.

En ella, un chico joven y muy delgado, con el pelo negro revuelto, rapado por los lados, unos ojos de un azul pálido, casi gélido, unas disimuladas pecas que adornaban el puente de su nariz y sus pómulos y una sonrisa macabra de oreja a oreja le observaba, divertido y casi entusiasmado, sentado en su propia cama y prestando atención a la expresión de ansiedad y pánico interno de Hershel.
El agente especial del FBI hizo el gesto de hablarle un par de veces, pero no conseguía formar sonido alguno. No entendía por qué ese chico le ponía tan nervioso, casi le daba miedo. Finalmente, tras deshacerse de una parte de su ansiedad respirando despacio durante unos segundos, logró articular algunas palabras.

-Mi nombre es...
-Hershel Black. Te pareces mucho a tu hermano. Yo me llamo Allen, pero eso ya lo sabes. Encantado de conocerte, agente especial del FBI Hershel Black.

La sonrisa de Allen se intensificó, mostrando sus dientes.
Hershel tragó saliva y Allen se mordió el labio inferior.
Como un niño que está a punto de disfrutar de un pastelito dulce.

-¿Empezamos? -preguntó nervioso, tratando de mantener la compostura.
-Cuando quieras. -respondió el chico psicótico.

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