Suspiró
profundamente y bajó la vista hacia la identificación plastificada
que yacía sobre la mesa del tocador, junto a un billete de avión y
un montón de papeles desordenados. La identificación le había
llegado esa misma mañana. Se le hacía muy extraño mirarla, la foto
de su hermano pequeño, todavía estudiando, con el título de
“agente especial”, como si de verdad trabajase allí. Al mirar su
fotografía no pudo evitar esbozar una sonrisa: Hershel había
tratado de arreglarse para parecer más profesional, pero no había
conseguido gran cosa, su pelo estaba forzosamente peinado en ciertas
áreas y muy revuelto en otras, sus ojos todavía estaban cansados y
su cara denotaba una indiferencia y una seriedad tan falsas como las
gafas de montura plateada que llevaba puestas. Por alguna razón a
Hershel no le gustaba llevar sus gafas de pasta (las de verdad) para
las cosas importantes.
Cogió la
identificación, los papeles, el billete de avión y los metió en su
bolsa, parándose a pensar durante un segundo si realmente aquello
era una buena idea. Decidió que no lo era, pero no tenía más
remedio que intentarlo pues, al fin y al cabo, lo más probable era
que Hershel volviese al día siguiente con una gran decepción al ser
rechazado por aquel lunático pretencioso.
Ese día no hacía
demasiado frío, pero por la mañana siempre era recomendable ir bien
abrigado porque la brisa, aunque suave, era casi gélida.
Hershel vivía en
un pequeño piso lejos del centro de Chicago, en un barrio quizá
demasiado dejado y oscuro. Pero era lo que su sueldo de estudiante le
daba para pagar.
Realmente a Dave le
daba lo mismo ir en coche que en metro, en las dos corría el mismo
riesgo: podían destrozarle el coche en el barrio de Hershel o podían
atracarle en el metro. Por el momento sólo había acumulado un par
de anécdotas de esta clase al ir a casa de su hermano, quien
sorprendenemente no tenía ninguna, a pesar de llevar años viviendo
allí. Decidió coger el coche esa vez.
El barrio del piso
de Hershel parecía sacado de Blade Runner. Siempre oscuro, sucio y
hasta en ocasiones parecía que abandonado. Las aceras estaban sucias
y llenas de latas, botellines y basura en general, los callejones no
eran muy profundos y normalmente los ocupaban contenedores grandes,
pero no dejaban de dar escalofríos por la noche. La mayoría de las
farolas estaban rotas y las viviendas consistían en parcelas de
pequeñas casas rodeadas por vallas de alambre y césped muerto con
los edificios de pisos y apartamentos ocupando la parte más profunda
de la avenida, cuyas aceras estaban repletas de restaurantes chinos y
turcos, pequeños comercios y algún que otro supermercado de una
gran empresa. Hershel decía que era muy acogedor, pero Dave no las
tenía todas consigo.
El edificio de
apartamentos de Shel era bastante pequeño, bajito y viejo, cubierto
por una capa de cemento ennegrecido. Tenía una altura de seis pisos,
y Hershel vivía en el ático. A Dave se le escapaba una mueca de
asco y lástima cada vez que lo veía. Siempre le proponía irse a
vivir con él o pagarle una pequeña pero acogedora casita cerca del
centro, pero su hermano siempre rechazaba. Le gustaban los espacios
pequeños, decía. Claro, como si no le conociese lo suficiente como
para saber que sólo se trataba de orgullo personal.
Decidió aparcar
justo enfrente de la puerta, un hueco que curiosamente casi siempre
estaba vacío. No habían muchos coches aparcados por aquella zona y
no era de extrañar.
Las luces del
apartamento de Hershel estaban apagadas así que Dave supuso que aún
estaría durmiendo, a pesar de que sabía que iba a llegar. Resopló
mientras negaba con la cabeza y apretó el botón del telefonillo
como si no hubiera un mañana.
Una voz áspera y
ronca respondió de mala gana.
-¿Sí? ¿Quién
es?
-Soy Dave, Hershel.
Sabías que venía.
-¿Qué? ¿qué
hora es?
-Las nueve y media
pasadas.
-Pasa.
El ascensor era tan
viejo que todavía tenía una de esas puertas de metal correderas.
Además parecía que iba a soltarse del cable en cualquier momento,
si es que el suelo o las paredes no se desprendían antes. La máquina
rugía y temblaba casi con esfuerzo a la hora de subir. A Dave le
parecía que iba siendo año de jubilarla, pero quien quiera que
estuviese a cargo se lo tomaba con tranquilidad.
Hershel abrió la
puerta, todavía en pijama, aunque un poco más despejado.
Dave se sentó en
la mesita de la cocina (en realidad era una mesita que había tras el
sofá, pues la cocina era abierta) y apoyó su bolsa, quitándose la
bufanda y el abrigo mientras observaba cómo su hermano trataba de
recordar los pasos para el té que se hacía cada mañana.
-Entonces tienes el
billete, ¿verdad? -preguntó.
-Sí. Te vas a
mediodía. Llegarás en un par de horas. Tienes una reserva en un
hotel. Te he traído todos los papeles, están encima de la mesa.
-Bien.
Ninguno dijo nada
durante algunos minutos. Dave estaba nervioso, Hershel ni siquiera le
había mirado. Quiso disculparse pero no tenía sentido hacerlo.
-¿Crees que puedes
preparar un informe para esta noche? Quiero ver como ha ido todo.
-trató de romper el hielo, aunque de una manera poco acertada.
-Estás impaciente
por averiguarlo. -espetó Hershel en un tono más seco de lo que Dave
esperaba.
-Sólo quiero saber
si tengo que sacar o no el billete para mañana. -mintió.
-¿Quieres un poco
de panceta?
-¿Vas a desayunar
panceta?
-Sí. O no. No sé.
No me quedan cereales, estoy confuso. Voy a vestirme.
Hershel dejó la
panceta encima de la sartén sin siquiera echar aceite o encenderla y
se fue directo a su habitación. Dave no pudo evitar una risita.
Apenas unos minutos
después, Hershel apareció vestido y con sus maletas preparadas.
-Te he dicho que te
vas al mediodía, ¿no? -preguntó Dave, divertido.
-Sí, pero quiero
pasar a por McDonalds. Ve contándome las cosas por el camino. Los
expedientes están sobre la mesita del sofá. -respondió mientras se
ponía la chaqueta y mordisqueaba una tostada. Dave se preguntaba
cuándo la había cogido.
Ambos hermanos se
metieron en el coche tras acomodar las maletas en la parte trasera y
se pusieron el cinturón.
-Al McDonalds
entonces, ¿no?
-Fí, fí.
Hershel todavía
tenía la tostada en la boca. Dave apretó los dientes y rezó en su
interior para que la tostada con mermelada no cayese sobre la
impecable tapicería de su coche.
Cuando regresó a
casa de su hermano, las cosas seguían tal y como las había dejado.
Era un tanto extraño verlo todo tan vacío, incluso podía sentir
que Hershel todavía se estaba vistiendo en la habitación. Pero ya
no estaba allí.
Su móvil sonó de
pronto y logró sacarle de su ensimismamiento.
-Dave, hemos
encontrado a otra.
-Voy para allá.
El libro de Val
era, cuanto menos, interesante. Siempre era agradable leer a algún
filósofo, aunque no le llamasen demasiado la atención. Todo fuera
por observar un espacio fijo y olvidarse de que Chicago se alejaba
lentamente por la ventanilla del avión. En un par de horas estaría
en Michigan, cogería un taxi hacia el puerto y un barco le llevaría
hasta Honey Breeze.
Nunca había oído
hablar de Honey Breeze.
Al parecer Honey
Breeze era una isla desierta hasta que fue ocupada en la Primera
Guerra Mundial, donde se construyeron viviendas rurales y algún que
otro comercio. Pero su principal propósito era el de alojar una
penitenciaría para criminales muy peligrosos. Dicha penitenciaría
sin embargo fue abandonada y sellada tras un motín que acabó con
muchos convictos fugados y otros fallecidos. Sin embargo no se
reportó ninguna muerte entre los guardias o los pobladores de la
isla. La gente de Honey Breeze siempre sostiene que el motín lo
provocaron los propios guardias, quienes abusaban severamente de sus
presos, que no eran tan peligrosos como hacían creer. Se rumorea que
el gobierno necesitaba una razón para clausurar la prisión debido a
la polémica de ésta y por ello se organizó un motín.
En 2004 una
doctora, con la ayuda de algunos de sus compañeros y la gente de la
isla, logró reunir las firmas suficientes para evitar la demolición
y la venta de la prisión y la reformó, convirtiéndola en un
instituto de investigación de salud mental. La doctora Rose Smith
era una joven psiquiatra que abogaba por unos derechos y un trato
justo para los pacientes de enfermedades mentales. Desde entonces y
hasta ese momento no se había registrado ningún incidente mayor en
el nuevo Instituto Saint Briggs, salvo por un pequeño fuego que se
originó en la sala de archivos cuando una recepcionista incompetente
olvidó apagar un cigarrillo.
Casi llevaba más
papeles que ropa, pensó Hershel.
Así que Honey
Breeze era un pequeño asentamiento en mitad de una isla cuyo
proyecto principal era una institución mental. Se relajó un poco al
leer la descripción que le había dado su hermano, él siempre lo
exageraba todo y utilizaba un lenguaje muy formal, así que podía
hacerse una idea de cómo era el verdadero Honey Breeze. Un nombre
empalagoso, pensó.
Su identificación
como agente del FBI sobresalió al revolver las hojas del informe. La
cogió y se detuvo a observarla durante al menos dos minutos. Casi no
podía asumirlo. “Agente especial”, ¿y qué demonios significaba
eso? Estaba trabajando casi gratis, aunque al menos su hermano asumía
los gastos del viaje y el alojamiento. En realidad esperaba que no
hubiese ningún alojamiento y que pudiera irse al día siguiente,
viajar siempre le daba pánico.
El hotel era
bastante acogedor, a decir verdad. Era una gran casa rural situada
cerca del centro del pueblo, fácilmente accesible.
Su habitación le
sorprendió gratamente: espaciosa pero no demasiado grande, con una
decoración simple y familiar, papel de pared y una gran cama de
matrimonio para él solito. Televisión, un sofá y un sillón, una
mesita de café y un par de cómodas. También había un radiador
junto a la ventana. Casi parecía la casa de su abuelo, pero con un
toque más “moderno”.
Se tumbó en la
cama y sacó su móvil, sonriendo inconscientemente y tratando de
alcanzar el techo con sus dedos. Su hermano tardó un poco en
responder.
-¿Hershel? ¿Ya
has llegado?
-Sí, ya estoy
aquí. Oye, esto es muy bonito.
-He pensado un poco
en ti. Dices que te gustan los espacios pequeños y las casas de
campo. Las fotos de ese pintaban bien en internet.
-Parece la casa del
abuelo.
-Oh. Espero que no
huela igual. -ninguno de los dos pudo contener la risa. Pero cuando
Dave terminó de reír, Hershel todavía tenía para rato. -Te noto
nervioso.
-¿Nervioso? No,
sólo estoy más perdido que tú en un club de maricones.
-No te preocupes
tanto, habrá un cristal reforzado entre vosotros. La doctora Rose no
quiere exponerte a él tan pronto.
-Exponerme. Suena
como si Allen fuese contagioso o algo así.
-Ten cuidado con
él, le gusta jugar. No le des nada que pueda mascar, porque no te
soltará.
-A ti te soltó.
-No lo hizo. -un
incómodo silencio siguió a sus palabras. Dave había dejado de
escribir y recordaba la última conversación que había tenido con
el paciente 277 el día anterior.
-Estaré bien.
-Claro. -suspiró.
-La doctora Rose iba a pasar a recogerte personalmente por la tarde
pero me acaba de llamar diciendo que vas a tener que coger un taxi e
ir tú mismo. Ella te estará esperando allí, así que no te
preoupes, por lo visto tenía que atender algunos asuntos de
urgencia.
-Bien, de acuerdo.
Lo haré lo mejor que pueda.
-Estoy seguro.
Hershel y Dave
tenían la costumbre de no despedirse antes de colgar. Era mucho más
cómodo terminar la conversación sin más que despedirse y
preguntarse quién debía colgar primero. Además, a ninguno de los
dos les gustaban las despedidas.
Eran las seis y
media de la tarde y, pese a que ya había comido, Hershel deseaba que
hubieran instalado un McDonalds en algún sitio de esa isla remota.
Los McPollo nunca fallaban a la hora de levantarle el ánimo. Parecía
que se tendría que conformar con cualquier snack que pudiese comprar
en Saint Briggs, si es que la tecnología de las máquinas
expendedoras había llegado hasta allí.
Tuvo la impresión
de salir de una clase de historia con su antiguo profesor de
instituto cuando bajó del taxi, pues se había enterado de toda la
historia de la isla y parte de la vida personal de los vecinos más
polémicos. Un buen maestro ese taxista, pensó. Aunque algo
solitario.
La doctora Rose
esperaba en la puerta de la clínica, vestida con una blusa blanca,
una falda beige, unos tacones negros y una expresión de
incredulidad. No sabía por qué esa mujer le resultaba tan familiar.
Rose le acompañó hasta la recepción y le dejó esperando unos
minutos mientras “preparaba la vista”.
Hershel no dejaba
de pensar que aquel sitio era muy alegre para lo siniestro que Dave
se lo había hecho ver. No tenía pinta de penitenciaría antigua por
ningún sitio, el lugar estaba completamente reformado y lo mejor de
todo era que no olía a hospital.
Cuando Rose volvió
junto a Hershel, éste se dio cuenta de que ya no llevaba sus tacones
negros sino unas deportivas rosas y blancas que pensó que intentaban
ser discretas. Se avergonzó un poco al darse cuenta de que la
doctora había tratado de recibirle de forma profesional, como si él
fuese realmente un agente del FBI, a pesar de que él se había
presentado con un aspecto completamente desaliñado. Bajó la cabeza
en un intento de ocultar sus mofletes rojizos.
-Estará frente a
frente con él, pero habrá un cristal reforzado entre los dos. No
suele ser violento, de hecho sólo hemos tenido un... incidente
relacionado con la violencia física por su parte en todo el tiempo
que lleva aquí.
-Entonces, ¿por
qué el cristal?
-Es sólo por si
acaso.
Sólo por si acaso.
No era muy tranquilizador.
-Ya hemos llegado,
al final de este pasillo está su celda. -dijo la doctora mientras le
pedía las llaves a un guardia. La puerta estaba justo al lado de la
cabina de vigilancia y un par de enfermeros tomaban café mientras
monitoreaban las pantallas.
-Parece agobiante.
-Ah, es que son
antiguas celdas reforzadas. En un futuro nos gustaría tenerlas por
separado pero por ahora es lo mejor que hemos podido conseguir.
-parecía que la doctora trataba de disculparse por cada
imperfección, aunque a Hershel le traía sin cuidado. Sólo deseaba
llegar y que el número 277 le mandase a paseo para poder volver a
casa.
Justo antes de que
la doctora Smith abriese la puerta del pasillo, algo hizo “click”
en la cabeza del “agente especial”.
-¡Ah, doctora!
¿Usted conoce a mi hermano Dave, verdad? Dave Black, yo la recuerdo,
usted le visitó un par de veces en el FBI cuando todavía no era el
jefe del departamento.
Soltó todo un hilo
de palabras mientras relacionaba cada recuerdo y a medida que
terminaba la frase, la doctora se ponía más y más blanca. Hasta
que no acabó, Hershel no se dio cuenta de hasta dónde había metido
la pata.
Dave no había
revelado su identidad hasta ahora, y era por algo.
-¿El chico me
espera, no? -soltó de repente, cambiando de tema como si no acabase
de decir nada.
-¡S-sí! Ya sabe,
agente Black, al final del pasillo.
-Bien, bien.
Aferrándose a su
carpeta con fuerza, comenzó a caminar hacia el final del pasillo.
Las celdas se situaban en el lado izquierdo, todas separadas del
pasillo por un cristal reforzado. Algunas estaban ocupadas, sus
habitantes miraban a Hershel concuriosidad y temor al pasar por
delante de ellos.
Cuanto más se
acercaba al final, más le pesaban los pies. Casi podía oír el
ruido de sus pisadas sobre el suelo de cemento. Justo antes de
llegar, se detuvo en seco. Se dio cuenta de que no era el ambiente ni
el viaje lo que le estaba dando pánico, era él mismo.
Era su primer
interrogatorio. Frente a frente. Con un psicótico separado por un
cristal reforzado. De alguna forma sentía que Dave estaba tras él,
juzgando cada uno de sus pasos, cada una de sus palabras, y eso le
estaba matando.
Cerró los ojos y
se armó de valor. Dio un paso hacia el frente y se sentó en la
silla que el guardia le había preparado frente a la celda.
En ella, un chico
joven y muy delgado, con el pelo negro revuelto, rapado por los
lados, unos ojos de un azul pálido, casi gélido, unas disimuladas
pecas que adornaban el puente de su nariz y sus pómulos y una
sonrisa macabra de oreja a oreja le observaba, divertido y casi
entusiasmado, sentado en su propia cama y prestando atención a la
expresión de ansiedad y pánico interno de Hershel.
El agente especial
del FBI hizo el gesto de hablarle un par de veces, pero no conseguía
formar sonido alguno. No entendía por qué ese chico le ponía tan
nervioso, casi le daba miedo. Finalmente, tras deshacerse de una
parte de su ansiedad respirando despacio durante unos segundos, logró
articular algunas palabras.
-Mi nombre es...
-Hershel Black. Te
pareces mucho a tu hermano. Yo me llamo Allen, pero eso ya lo sabes.
Encantado de conocerte, agente especial del FBI Hershel Black.
La sonrisa de Allen
se intensificó, mostrando sus dientes.
Hershel tragó
saliva y Allen se mordió el labio inferior.
Como un niño que
está a punto de disfrutar de un pastelito dulce.
-¿Empezamos?
-preguntó nervioso, tratando de mantener la compostura.
-Cuando quieras.
-respondió el chico psicótico.
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