¿Conoces el río que hay al otro lado
de la ciudad? Es un río sin nombre, muy violento. Hay un puente que
pasa sobre él, uno antiguo. Me gustaba pasear por allí cuando no
podía dormir, era relajante, sobretodo con la luna llena. Me
encantaba sentarme bajo el puente y observar su brillo. Sentía que
todo desaparecía, que sólo estaba yo. Esos paseos eran el único
momento en el que podía disfrutar de un tiempo a solas conmigo
mismo. Conmigo de verdad, digo. Sin demonios, sin arañas ni
serpientes de sangre, sin espejos rotos. Era maravilloso.
Recuerdo que uno de esos días, sobre
las dos de la mañana, salí de casa a tomar el aire y mis pasos me
llevaron una vez más hasta aquel puente. Pero esta vez no estaba
solo, había una chica conmigo. Era una chica muy delgada, su pelo
era largo y rubio, muy claro, como su piel. Estaba vestida con un
jersey ancho de punto y unos pantalones cortos. Me hacía gracia el
contraste entre el jersey ancho y sus piernecitas esqueléticas, era
preciosa. Caminaba frente a mí. Por alguna razón, empecé a
seguirla. No quería matarla, no, esa no era mi intención. Supongo
que pensé que era parte de mi imaginación, como casi todo lo que
rodea mi mundo, así que quería ver hasta donde me llevaba.
Una vez estuvimos bajo el puente, ella
se detuvo. Miró hacia todas partes, perdida, y de pronto me miró a
mí. No me lo esperaba.
“Quiero irme a casa”, me dijo.
Estaba muy pálida, sus ojos estaban muy cansados y habían perdido
su brillo. Algún día habían sido de un azul profundo, pero ya no.
No supe responderle. Pero ella siguió insistiendo.
“Es Diciembre, ¿verdad? Ya no me
acuerdo... quiero ir a casa”.
Diciembre. Sí, era diciembre, una
noche bastante fría, a decir verdad. Me preguntaba cómo no se había
helado, con la poca ropa que llevaba puesta. Comenzó a caminar de
nuevo y se sentó bajo el puente, acurrucada abrazándose las
rodillas contra su pecho. Me senté junto a ella, me quité la
chaqueta y nos envolví con ella.
“Quiero ir a casa”, volvió a
decirme.
La miré con cariño. Parecía que la
conocía desde hacía mucho tiempo. Podría haberle preguntado todo
tipo de cosas... qué estaba haciendo allí, si estaba bien, si
quería que realmente la llevase a casa. Pero no lo hice, no quise
hacerlo. Conocía las respuestas, en mi cabeza las conocía. Ella ya
estaba en casa.
La chica miró a su alrededor con
entusiasmo. Ahora esbozaba una alegre sonrisa en su cara. Me miró,
acarició una de mis mejillas con su mano y me besó la otra. Se
acurrucó en mi hombro y cerró los ojos.
Contemplé los reflejos en el agua
durante un tiempo. Era como si no estuviese allí, como si fuese un
sueño. Solo que sabía que no lo era.
Apoyé mi cabeza en la pared, suspiré
y me dormí junto a ella.
Cuando me desperté esa mañana, ella
ya no estaba allí.
Observé su cuerpo siendo arrastrado
por la corriente, lentamente, hacia el centro de la ciudad. No sentí
pena ni lástima, de algún modo u otro sabía que ella acabaría
muerta. Pero por una vez me sentí aliviado. Aliviado de no haber
sido la causa de su muerte.
No, porque ella ya estaba muerta cuando
me la encontré. Decidió pasar sus últimos momentos allí abajo, en
un lugar extraño. Siempre he pensado que bajo ese puente la luna y
las estrellas conviven juntas, que puedes estar allí sin estar
realmente. Era un lugar tan... familiar.
Decidí que era hora de irme a casa
cuando empecé a oír las sirenas de policía.
“Sí que es Diciembre. Un Diciembre
muerto”. Dije en voz alta mientras metía mi chaqueta por una
tubería de las que salían hacia el río y me alejaba, abrazándome
y tiritando un poco a causa del frío.
Cuando volví a ese lugar me
pareció que había una estrella más. Una cuyo brillo destacaba
entre las otras. Quién sabe.
Puede haber sido cualquier cosa. Pero
era real. Era lo más real que he vivido nunca.
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