martes, 10 de septiembre de 2013

A Dead December

¿Conoces el río que hay al otro lado de la ciudad? Es un río sin nombre, muy violento. Hay un puente que pasa sobre él, uno antiguo. Me gustaba pasear por allí cuando no podía dormir, era relajante, sobretodo con la luna llena. Me encantaba sentarme bajo el puente y observar su brillo. Sentía que todo desaparecía, que sólo estaba yo. Esos paseos eran el único momento en el que podía disfrutar de un tiempo a solas conmigo mismo. Conmigo de verdad, digo. Sin demonios, sin arañas ni serpientes de sangre, sin espejos rotos. Era maravilloso.

Recuerdo que uno de esos días, sobre las dos de la mañana, salí de casa a tomar el aire y mis pasos me llevaron una vez más hasta aquel puente. Pero esta vez no estaba solo, había una chica conmigo. Era una chica muy delgada, su pelo era largo y rubio, muy claro, como su piel. Estaba vestida con un jersey ancho de punto y unos pantalones cortos. Me hacía gracia el contraste entre el jersey ancho y sus piernecitas esqueléticas, era preciosa. Caminaba frente a mí. Por alguna razón, empecé a seguirla. No quería matarla, no, esa no era mi intención. Supongo que pensé que era parte de mi imaginación, como casi todo lo que rodea mi mundo, así que quería ver hasta donde me llevaba.
Una vez estuvimos bajo el puente, ella se detuvo. Miró hacia todas partes, perdida, y de pronto me miró a mí. No me lo esperaba.

Quiero irme a casa”, me dijo. Estaba muy pálida, sus ojos estaban muy cansados y habían perdido su brillo. Algún día habían sido de un azul profundo, pero ya no. No supe responderle. Pero ella siguió insistiendo.

Es Diciembre, ¿verdad? Ya no me acuerdo... quiero ir a casa”.

Diciembre. Sí, era diciembre, una noche bastante fría, a decir verdad. Me preguntaba cómo no se había helado, con la poca ropa que llevaba puesta. Comenzó a caminar de nuevo y se sentó bajo el puente, acurrucada abrazándose las rodillas contra su pecho. Me senté junto a ella, me quité la chaqueta y nos envolví con ella.

Quiero ir a casa”, volvió a decirme.

La miré con cariño. Parecía que la conocía desde hacía mucho tiempo. Podría haberle preguntado todo tipo de cosas... qué estaba haciendo allí, si estaba bien, si quería que realmente la llevase a casa. Pero no lo hice, no quise hacerlo. Conocía las respuestas, en mi cabeza las conocía. Ella ya estaba en casa.

La chica miró a su alrededor con entusiasmo. Ahora esbozaba una alegre sonrisa en su cara. Me miró, acarició una de mis mejillas con su mano y me besó la otra. Se acurrucó en mi hombro y cerró los ojos.
Contemplé los reflejos en el agua durante un tiempo. Era como si no estuviese allí, como si fuese un sueño. Solo que sabía que no lo era.
Apoyé mi cabeza en la pared, suspiré y me dormí junto a ella.

Cuando me desperté esa mañana, ella ya no estaba allí.

Observé su cuerpo siendo arrastrado por la corriente, lentamente, hacia el centro de la ciudad. No sentí pena ni lástima, de algún modo u otro sabía que ella acabaría muerta. Pero por una vez me sentí aliviado. Aliviado de no haber sido la causa de su muerte.
No, porque ella ya estaba muerta cuando me la encontré. Decidió pasar sus últimos momentos allí abajo, en un lugar extraño. Siempre he pensado que bajo ese puente la luna y las estrellas conviven juntas, que puedes estar allí sin estar realmente. Era un lugar tan... familiar.
Decidí que era hora de irme a casa cuando empecé a oír las sirenas de policía.

Sí que es Diciembre. Un Diciembre muerto”. Dije en voz alta mientras metía mi chaqueta por una tubería de las que salían hacia el río y me alejaba, abrazándome y tiritando un poco a causa del frío.

Cuando volví a ese lugar me pareció que había una estrella más. Una cuyo brillo destacaba entre las otras. Quién sabe.

Puede haber sido cualquier cosa. Pero era real. Era lo más real que he vivido nunca.

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