Apenas podía ver algo entre tanta
niebla, y de todas formas no sabía si era real o una pesadilla.
Cuando terminó de arrastrarlo, se desmayó.
Unos ojos azules y pálidos le miraban
a pocos metros de él. Quiso frotarse los ojos, pero estaba
maniatado. Hacía frío. Las piernas no le respondían y se sentía
agotado, frustrado. Cuando por fin pudo ver con claridad tras
parpadear con fuerza un par de veces más, observó al chico. Aquel
chico. El muchacho de la oficina, el que le había estado mirando y
curioseando durante toda la mañana. Ese chico huesudo y delgado que
no dejaba de seguir al de pelo revuelto y mirada arrogante.
-Por fin te has despertado. Joder, te
has tomado tu tiempo. -oyó su voz por primera vez. Ni siquiera
estaba seguro de que pudiese hablar.
Optó por no decir nada.
El chico no dejaba de mirarle, ladeaba
la cabeza hacia un lado y al otro y entrecerraba los ojos de vez en
cuando, como inspeccionándole. Al cabo de un rato se cansó y se
levantó.
El muchacho suspiró y gruñó. Pensó
que tal vez podría salir de aquella, así que hizo lo único que
creía que debía hacer.
-¿Qué te pasa? -le preguntó.
-Estoy triste. -respondió el chico,
con una voz más amistosa de lo que esperaba. -Pero no te interesa.
-¿Por qué no me iba a interesar?
-Porque voy a matarte. -respondió con
desdén sin siquiera mirarle. Casi no supo qué responder.
-¿No quieres hablar de ello? -trató
de hacer como que no había oído lo último a pesar de que resonaba
en su cabeza.
-¿Te interesa, de verdad? -de pronto
le miró.
-Claro.
-Bueno... es que últimamente todo es
muy monótono. Tengo aquí una lista con distintas formas divertidas
de matarte, pero... -se sacó una pequeña libreta del bolsillo de su
pantalón y comenzó a ojearla con desgana. -Me gustaría poder ser
tan imaginativo como antes. No me sentiría bien si tomase una de las
ideas de esta lista.
-Si la has escrito tú no deberías
sentirte así.
-¡Ah! Tienes razón, claro, pero no es
tan sencillo. Últimamente me han doblado la medicación y hasta que
me acostumbre estaré cansado durante todo el día, no podré ni
pensar. Y por supuesto no puedo dormir. Apenas puedo comer sin
vomitarlo luego.
Ni siquiera prestó atención a sus
palabras. Hizo como que escuchaba mientras forcejeaba con la correa
de cuero que ataba sus muñecas a la barandilla de hierro que
sobresalía del suelo hasta que se fijó en una visible cicatriz que
su captor tenía en el cuello. Frunció el ceño, y él se dio
cuenta.
Sonrió y se sentó junto a él.
-Intenté suicidarme. -dijo señalando
la cicatriz. -No lo conseguí.
Seguía forcejeando disimuladamente, no
respondió.
-¿Desearías que lo hubiera
conseguido, verdad? -sonrió de forma macabra. Disfrutaba de la mueca
de cada bocanada de aire que su víctima trataba de atrapar.
-Sí. -respondió automáticamente.
Cuando se dio cuenta, una mueca de auténtico pánico se formó en su
rostro, ante la que Allen sólo reía.
-Es decir, ¡no! Yo no querría que...
-Cállate. Eres incapaz de contener
toda la mierda que escupes por la boca. Tu incontinencia verbal te va
a costar cara.
-¿Por qué haces esto? -sollozó.
-Eres un incordio. Eres pesado,
arrogante y estúpido. Sobretodo estúpido. Esta mañana me has
mirado raro, como con desprecio. ¿Qué pasa, piensas que por ser
delgado soy gay?
-¿Eres gay?
-¡No, joder, no soy gay!
-Ah, b-bien, ¿no?
-¿Bien? ¿tienes algo en contra de los
gays?
-¡N-no! ¡por Dios, no!
-Entonces sólo eres estúpido, eso que
te llevas. Bien, veamos, ¿te gustan las arañas?
-No...
-¡Estupendástico! Porque he traído
un bote con unas cuantas de ellas dentro.
-¿Q-qué? ¿qué dices?
-¿Te ha gustado lo de estupendástico?
Me lo he inventado yo, ¿sabes? Es una mezcla entre estupendo y
fantástico. -explicó con emoción mientras sacaba un enorme tarro
lleno de innumerables arañas que yacían sobre el cristal, alertas.
-¡No! ¡No, por favor! ¡no tienes por
qué hacerlo!
-¿Por qué siempre repetís la misma
frase? Quiero decir, estoy haciéndolo, ¿sabes? No voy a pararme
ahora. -cogió un par de guantes de látex y se los puso.
-Por favor, te lo ruego, ¡tengo esposa
e hijos!
-Bien, yo tengo dos serpientes y un
pececito. Espero poder adoptar un gato el próximo mes.
-¡Lo digo en serio!
-Yo también... -Ajustó una goma
elástica alrededor del bote de arañas y se aseguró de que fuese lo
suficientemente larga y elástica como para adaptarse alrededor de la
cabeza de su víctima también.
-¡Te daré lo que sea, lo prometo!
-Vaya, ahora eso es tentador. -se paró
de pronto.- ¿Lo prometes?
-¡Por supuesto!
-Bien, entonces me gustaría que te
callases. ¿Puedes hacer eso? Callarte. Cállate.
Evitó responder, aunque casi se le
escapa un sí.
Allen se sentó frente al supuesto
padre y marido, con una mano sobre el bote de arañas y otra en la
barbilla, sonriendo divertido.
-Intenté suicidarme el mes pasado.
-comenzó.- Pero me llevaron al hospital demasiado rápido. Y la
herida no era muy profunda. Nunca había querido morirme tanto en mi
vida.
-¿P-por qué ibas a-a...?
-Sshhhh. Mientras estés callado no
habrá arañas.
Asintió con la cabeza.
-Ser yo es... difícil. Vivo en un
estado de incertidumbre perpetua. La mayor parte del tiempo no puedo
estar seguro de si lo que veo, digo o oigo es real. Hay cosas
absurdas que calan muy dentro, por ejemplo, el otro día alguien me
dijo que si caminaba por las líneas rectas de la acera podría
romperme la espalda. Sé que no es cierto pero, ¿y si ocurre? Joder
odio las líneas rectas. ¿Y qué me dices de los círculos? Esos
pequeños cabrones, siempre tan redondos, tan perfectos. ¿Por dónde
empiezas a dibujar uno? ¡no lo sabes! No tienen principio ni fin,
son infinitos pero están acabados, ¿entiendes lo que te digo? Son
un absurdo y paradójico bucle de infinidad finita. Los círculos me
ponen de mala hostia.
En este punto, ya no sabía ni qué
decir. Escuchaba de forma automática, tratando de procesar aquella
información sin sentido. Sin mucho éxito.
-Vaya, lo siento, ¿te he aburrido?
Sabía que no debía responder.
-Puedes hablar. Dime algo. Vamos.
Venga, tratar de ser mi amigo no te servirá de nada conmigo, pero me
divierte que lo intentes.
-Huh... algo.
-¡Bien! ¡Es la hora de mi película
favorita, Arac Attack!
-¡¿EH?! ¡dijiste que no lo harías,
me he callado! ¡dijiste que podía hablar!
-¡Claro, pero olvidaste que el
silencio mantiene a las arañas a raya! ¡Has picado!
-¡No! ¡NO!
Ajustó el elástico alrededor de la
cabeza de su víctima y, al ver que no lograba mantener el bote
pegado a su rostro, decidió pegarlo él mismo.
Quitó la tapa y colocó el bote justo
en su boca aprovechando uno de sus gritos.
Rió a carcajadas durante unos minutos
mientras sujetaba el bote contra la cabeza de su víctima. Casi
lloraba de la risa cuando no pudo más y cayó al suelo, dejando caer
el bote y golpeando el suelo con sus puños en un ataque de risa. El
hombre seguía vivo y, por supuesto, no dejaba de gritar. Las
arañitas correteaban por todo su rostro y algunas salían y entraban
de sus orificios, para deleite del chico psicótico. Pero los gritos
lo estropeaban todo.
Cogió una barra de metal que yacía en
el suelo, la sujetó con fuerza, apuntó y arremetió contra la
cabeza/nido de arañas, reventándola contra el suelo y desperdigando
trozos de carne y hueso por toda la sala. Algunas arañas también
salieron volando.
-Joder, eres molesto hasta para sufrir.
Suspiró hondo, cargó la barra de
metal ensangrentada sobre su hombro y se alejó, estirando las
piernas a cada paso que daba.
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