lunes, 29 de julio de 2013

Asfixia

¡Mi primera entrada! Obviando la otra, claro.

Un one-shot (relato corto) de mi personaje Allen. Gracias por leer.

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Observé horrorizado mi silueta al otro lado del cristal. Mientras la estrangulaba pensaba, “debería cortarle la garganta”. Así que quise hacerlo, pero estaba el cristal. No podía llegar.

Sostenía su delgado cuello entre mis manos y apretaba fuerte. Podía oír sus gemidos ahogados, sus manos arañaban las mías en un inútil esfuerzo por librarse de ellas. Lloraba y suplicaba, confusa.

¡Déjala!, grité desde el otro lado. Pero no me detuve. Seguí asfixiándola. Quería hacerlo.

¡Allen, joder, para!, volví a gritar. Pero no paré.

De pronto ya no había cristal, no me acordaba de él. Caminé hacia mí mismo, le cogí de la frente y le eché la cabeza hacia atrás, deslizando el filo del cuchillo por su escuálido pescuezo.

Aflojé mis manos, ya no tenía fuerzas. Sangraba, sangraba muchísimo. Dolía, pero qué más daba.

Joder, ¿por qué ibas a querer matarla?, le dije al capullo sangrante. Estás poniendo el suelo perdido, añadí.

Hostia puta, Allen. Eres imbécil, ¿o qué te pasa?, me dijo.

La estabas matando. Eres un subnormal sin escrúpulos. No la quieres muerta.

No la quieres, espetó escupiendo un revoltijo de sangre y babas.

La amo. ¿por qué matarla? Es absurdo.

Pobre Allen. Pobrecito Allen, pobre pequeño chico psicótico, incapaz de ver más allá de sus propios cojones.

Déjame.

Eso es, déjame morir tranquilo. Desliza un sueño por tu garganta hasta sangrar y hacerte pedazos, y muere, cabrón. Es lo que te mereces.

¡Basta! Muérete de una vez, no tienes tanta sangre en esos apenas cuarenta kilos de peso.

¿Es que no puedes fingirlo otra vez?

Allen..., susurró una suave voz muy conocida. Pero no aquí.

¿Eh?, me giré hacia ella.

Allen, estás sangrando, dijo mientras caminaba hacia mí. En efecto, mi cuello no dejaba de sangrar. Empecé a escupir y toser sangre, a asfixiarme. No podía respirar, no podía verla. La miraba, pero no la veía. La oía, pero no la reconocía, y sabía quién era.
Me llevé las manos a la cabeza y comencé a gritar y a llorar. Caí de rodillas. Quería escapar, quería salir de ahí. Muérete de una vez, grité.



Abrí los ojos despacio. No podía ver mucho, había una luz demasiado fuerte. Pero ella se puso delante, y por fin pude verla.
Shilo estaba ahí, rodeada de pañuelos manchados de sangre y muy preocupada. Me rodeó con sus brazos, pero no llegó a abrazarme. Se me quedó mirando durante unos instantes, secando las lágrimas de mis ojos con un áspero papel higiénico reciclado tintado en rojo. Yo era incapaz de articular palabra. Aún seguía sollozando y tratando de tragar saliva.

Allen, ¿estás ahí?, preguntó. Ni yo lo sabía, si estaba ahí.

No lo sé, le contesté en piloto automático. Por alguna razón había un punto específico en la pared que no podía dejar de mirar. No podía entornar mis ojos. Shilo seguía sacando sangre de algún sitio y no era capaz de moverme para averiguarlo.

Cuánta sangre, ¿de dónde...?, comencé, pero no terminé la frase. Me temblaba la voz. Hacía frío de repente.

Te has cortado. ¿No lo ves?, dijo mostrándome una de mis manos repleta de cristalitos y cortes. Entonces me olvidé del punto en la pared y levanté mi mirada hacia el espejo que estaba encima del lavabo, o mejor, lo que quedaba de él.

E-estás viva y... no te he estrangulado. Mi cuello está bien..., susurré en alto sin darme cuenta.

Claro, ¿por qué ibas a estrangularme?, preguntó como si nada.

Me dedicó una dulce sonrisa y una cálida mirada para después seguir limpiando la sangre de mis manos.

¿Por qué iba a estrangularte, Shilo? No es como si quisiera hacerlo, como si nunca hubiera querido hacerlo, como si no lo estuviese deseando en ese instante.

Contuve mis manos, mis ganas. Seguí mirando el espejo roto mientras trataba de alejar mis manos de su cuello, de borrar el recuerdo de sus gemidos ahogados, sus lloros, sus súplicas. Oh, cómo lo deseaba. Matarla.
Pero no debía hacerlo, ¿por qué iba a hacerlo? Allen, ¿por qué ibas a hacerlo? Deja de pensar en ella y céntrate en tu raquítica figura casi desnuda que descansa sobre las baldosas ensangrentadas del baño. Puto sádico gilipollas, dije en voz alta sin darme cuenta. Shilo se detuvo en seco y me miró, sonriendo falsamente, asustada.

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