lunes, 7 de octubre de 2013

Ajem.

Recordatorio amistoso de aquella vez que petó un barco lleno de petróleo y las costas se llenaron del famoso chapapote.
Yo todavía era muy peque y en carnavales en mi colegio decidieron que debíamos hacer honor a esa tragedia, así que nos "disfrazaron" de chapapote. Yo estaba muy triste porque quería ir de D'Artagnan, con mi espada, mi pluma gigante en el sombrero y etcétera, y en cambio mi disfraz ese día consistía en una bolsa de basura negra con algas y peces de papel pegados a ella.
Pero cuando di un par de vueltas por el patio, lo comprendí.

Aquella bolsa de basura representaba la marea negra. Las aguas negras. Todo lo que caía en ellas moría. Mis peces y algas de papel estaban muertos.

Yo era la muerte.

Cuando lo averigué, fui la niña macabra más feliz del mundo. Todo el que cayese en mis aguas negras (o bolsa de basura) podía morir. Así que corrí por el patio feliz y gritando "¡voy a matar a todas las gaviotas!". Desconozco mis razones de entonces para querer extinguir a todas las gaviotas, pero no me culpo. Sentía que tenía poder, más poder que cuando lograba esconderme en el armario y comerme un bote entero de Nesquick en polvo. Era como Davy Jones en su Holandés, como Ganondorf en su caballo.

Cuando los monitores me quitaron mi traje, mi sensación de poder se esfumó, igual que cuando me descubrían en el armario. Pero no pasaba nada, yo ya estaba feliz, había representado a la muerte y estaba orgullosa de ello.

Yo de pequeñita era muy dulce.

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